2. ¡Aquí estuvo Andrés Eloy!
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«El Páramo, un lugar vecino al cielo y una alcabala allí, donde el espía desmoronó tu pan de biscochuelo» (Andrés Eloy Blanco. «A un año de tu luz», México, octubre de 1950).
Cuenta la tradición oral que Andrés Eloy Blanco llegó a Timotes en noviembre de 1931, siendo muy joven, dispuesto a cumplir con el confinamiento del Dictador Juan Vicente Gómez. Aquel hombre de aspecto sufrido y enfermizo, «tendría entre treinta o treinta y cinco años». Casi nadie en aquella sociedad rural, se percató de su situación política, porque llegó a Timotes «como un extraño cualquiera buscando cobijo en alguna posada» u hotel pueblerino. «Algún vecino le recomendó el Hotel Méndez que había sido propiedad del general don Evaristo Méndez, para entonces administrado por la viuda doña María del Carmen de Méndez». Dicen que llegó con sus familiares: su mamá y dos hermanas, que de vez en cuando viajaban hasta Valera a traer frutas y alimentos para el joven confinado. En ese lugar se alojó durante corto tiempo, adaptándose al silencio y melancolía de pueblo.
Por razones económicas, Andrés Eloy cambió de residencia, «ubicándose en la vieja pensión ‘Miranda’ de don Miguel La Riva», es el antiguo Hotel Los Andes. Al paso de los días, se integró tanto a los habitantes del hotel como a la sociedad timotense, a sus costumbres y tradiciones, conociendo o entendiendo la idiosincrasia de la época. Por cierto se relacionó con algunos hombres claves en las luchas políticas andinas.
En un principio, tal como lo evoca don Pedro Pablo Paredes y como lo confirman algunos sobrevivientes, Andrés Eloy Blanco se limitó a su cuarto en el Hotel Méndez, siendo servido por un niño de nombre Ramón La Cruz. También aparecía en las calles y plaza central, observaba y regresaba rápidamente. Casi nadie se atrevía a tratarlo porque su contrariedad al régimen había sido bien publicada. Era peligroso y hasta comprometedor tratarlo. Era bien vigilado por las autoridades, que por lo general, eran personas de la Ciudad de Mérida.
Cuenta la tradición que en ocasiones cuando se enteraban del paso de alguna tropa o La Benemérita como le decían a los esbirros gomecistas del centro, Mérida o Trujillo, nuestro personaje era advertido y se ocultaba en una casa para no ser molestado. Esta casa estuvo ubicada algo más arriba, justo al frente de la otrora Escuela de Niñas «Dorlista Guerra Campo Elías». Dicha casa de depósito era propiedad de don Samuel Carrillo, padre de Pedro María Carrillo, uno de los principales líderes políticos timotenses, quien influyó para que se la alquilaran al poeta. En esa casa ubicada «media cuadra de la plaza central, Calle Real abajo continuó su confinamiento, por tal se habla de que la casa estuvo habitada por forasteros, nada más que por la familia Blanco Meaño del oriente del país.
Por cierto doña Ramona Vielma y otros entrevistados, coinciden en señalar que era en el «negocio de don Samuel Carrillo, donde se reunían los partidarios de la ansiada democracia» opositores abiertos al régimen conocidos en nuestra sociedad como los «cabeza caliente por su actuación clandestina, sus ideales revolucionarios y su escasa participación en los actos religiosos». A esas tertulias, promovidas sigilosamente por el hijo de don Samuel, acudió Andrés Eloy Blanco, de ahí nació la sentida amistad con Pedro María Carrillo, con quien se recuerda «largas cabalgatas por las tierras de su padre, amenas charlas sobre política y jurisprudencia y mucha poesía cargada de rabia y ternura». A raíz de esa amistad fue que Andrés Eloy y su familia se mudaron a la casa mencionada de los Carrillo, donde llevó una vida más cómoda, bajo las atenciones de sus hermanas.
También cuentan de la amistad surgida entre Andrés Eloy y Monseñor Buenaventura Vivas, incluso existe fotografía de ambos personajes que en alguna ocasión del año 1932, jineteaban en una cabalgata con motivo de la visita del Gobernador Encargado del Estado, doctor José R. Sanz, recibido en el Alto Páramo donde está un recién construido Monumento a Bolívar». Aunque nadie logra explicar aquella extraña amistad entre el famoso policía del gomecismo en los Andes y uno de los más claros opositores al régimen.
Lo más cierto que «nuestra sociedad, no se percató de la significación del personaje» para entonces nadie vislumbraba su trayectoria, por lo que resulta extraño que hoy muchas personas especulan sin conocimiento de causa. También destaca que para la época, al decir de Rafael Ramón Castellanos a base de entrevista que le hiciera al polémico Edecio La Riva Araujo, su padre don Miguel La Riva, consintió en que su hijo Edecio de 11 años, sirviera de guía al poeta, mostrándole diversos sitios, personajes y costumbres del pueblo. Dicen que sus mejores oyentes de política y poesía fueron Edecio, Pedro Pablo Paredes, Libio Mazzey y Homero Rivas, quienes a pesar de su niñez se deleitaban con escuchar las palabras del poeta. Aunque sus ideas políticas las discutía con el joven Pedro María Carrillo, quien asimiló muchas de sus enseñanzas resultando uno de los grandes defensores de los principios democráticos en esta zona.
Un día de julio del año 1932, no se vio más. Dicen que «Pedro María Carrillo lo embarcó en su carro para Valera, donde continuó su confinamiento». A ese hombre, lleno de ideas y sufrimiento, nuestro terruño le puso poca atención, resulta que después fue uno de los grandes fundadores de la democracia. Nada menos que Andrés Eloy Blanco a quien la Dictadura le fijó a Timotes por cárcel. Muchos paisanos lo conocieron pero tuvieron escasa comunicación con él.
También debemos destacar el regreso del Poeta. Porque pasó la dictadura, llegando a dirigir nuestro país, el partido que Andrés Eloy ayudara a formar. A raíz del golpe de octubre de 1945, se forma un Gobierno Cívico-Militar, donde Andrés Eloy ocupa desde septiembre de 1946 la Presidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. Pero muchos meses antes de ocupar tan alta representación, sintió la necesidad de regresar a Timotes a tributar su agradecimiento a quienes lo comprendieron solidariamente en los difíciles años del confinamiento. Es así como en marzo de 1946, llegó la comitiva desde la Mérida serrana gobernada por Alberto Carnevali, realizando a la inversa el célebre recorrido de Luz Caraballo. Destacaban entre los visitantes: doña Lilina Iturbe de Blanco (su esposa), el doctor Francisco «Paco» Soto Rosa, el ex embajador doctor Edilberto Moreno y el insigne poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, quienes arribaron por la calle de la Iglesia, deteniéndose frente al Templo de Santa Lucía. Allí fue recibido con entusiasmo indescriptible por don Pedro María Carrillo, don Ignacio Paredes, Chepita Espinoza, Luciano Vergara, don Ricardo Newman, Ismael Villarreal, Ernesto Araujo, don Jesús María Espinoza, Pablito Pizzani, Jesús Lobo, Ramón González, Pío Rondón, Sixto Paredes, Régulo Rivas, Antonio Lobo, Chemiguel Santiago, Elio Amable Rivas, Carlitos Rivas, Pedro Santiago, Antonio Flores, Narciso Picón y otros tantos jóvenes de la época. Desde allí se dirigieron al centro de la Plaza Bolívar, donde se realizó el célebre «mitín, celebrado en esta Ciudad de Timotes, el día 31 de marzo de 1946 del partido A.D.», donde el orador principal fue el inolvidable poeta cumanés, quien recordó su confinamiento en esta ciudad, sus luchas por la democracia, el futuro político del país y unas cuantas lecciones de derecho municipal. Aquella jornada se recuerda con júbilo, sobre todo la nostálgica despedida cuando se dispuso a regresar para continuar con sus funciones de hombre público. Se despidió Andrés Eloy de estas tierras que le oyeron. Pasó la democracia y nuevamente sufrió la amargura del destierro, muriendo en México el 21 de mayo de 1955. Pero es tal su grandeza como poeta, político y ciudadano que su pensamiento sigue entre nosotros arrancándonos lágrimas y sonrisas. Y esa frase agradecida que un día dejó en estos lares aún resuena entre nosotros; les decía a nuestros paisanos timoteros: “’
«…ustedes, supieron ganarse el corazón de los que pasamos allí un día sin fortuna. Entonces, cuando todo parecía adverso, ustedes aparecieron haciendo dulce lo amargo y quedando para siempre en nuestro cariño».
(Artículo realizado a base de testimonios de doña Ramona Vielma, 70 años; Margarita Lobo, fallecida el 25 de diciembre de 1996 a la edad de 94 años; Rafael Araujo, 75 años; Ramón La Cruz, más de 70 años de edad y escritos publicados de Rafael Ramón Castellanos y Pedro Pablo Paredes).
Licenciado Jesús María Espinoza Marín
