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Anécdota

Las «Flores» de la Plaza

Jesús María Espinoza Marín

Relato oral del poeta Pedro Pablo Paredes, adaptado por el cronista — la atribución debe aparecer en el sitio.

Escuchar el relatoNarración sintetizada, es-VE · Música: «Vals de la Memoria» · 2:46

El relato surgió en amena conversación, de labios del Poeta Don Pedro Pablo Paredes. Me tocó adaptarlo como parte del Anecdotario Popular Timotense y lo presento de la siguiente manera: Tiempos del Gomecismo Timotes, ubiquemos mentalmente la vieja Plaza Bolívar, con sus jardines repletos de: claveles, rosas, pensamientos, azucenas, dalias y tantas otras flores parameras, cuidadas con esmero por un veterano jardinero de nombre Julio Urbina. Este cada día, dedicaba largas horas al embellecimiento de los jardines de la Plaza. Regaba cariñosamente las plantas, les quitaba sus malezas, representando aquel trajín un apasionante ritual. Aunque, este jardinero pasaba malos ratos con todos aquellos que pisaban y maltrataban tan prodigiosos vergeles. Mas aún con algunos visitantes que osaban “robarse” las flores mas hermosas, como quien dice también “ganchitos para sembrarlos en casa”. Frente a la plaza, estuvieron ubicadas bellas casa coloniales, habitadas desde antaño por familias de renombre, entre ellas: la de Don Ramón Espinoza, aun flamante con sus dos plantas a la antigua, al frente la de Don Manuel Araujo, donde funciono la pulpería el Siglo XX, al lado la casona de la familia Flores, donde al decir de Don Pedro Pablo: vivían graciosas, simpáticas y angelicales señoritas que despertaban todo tipo de elogios por su belleza. En la esquina superior izquierda, destacaba la vieja casona de Don Florencio Uzcátegui y su negocio “La Melodía”, algo mas abajo, estaba la casa de las Meliani y la Casa Cural, imponente y conservada, aposentos donde se mantenían aromáticos y policromados jardines, que hacían de esos sitios paraísos envidiables. Volviendo a la Plaza Bolívar, sucedió que Julio Urbina se obstinó de que le robaran y maltrataran sus plantas ornamentales, por lo cual un día cualquiera, escribió un aviso muy particular y lo colocó en sitio visible. Aviso que despertó comentarios y curiosidad por su contenido. En letra dificultosamente moldeada, se leía textualmente: “PROHIBIDO COGERSE LAS FLORES SIN PERMISO DE JULIO URBINA”. Aquella frase, tal vez ingenua, confundió a los vecinos, a tal punto, que hasta para conversar con alguna de las señoritas de apellido Flores, le pedían permiso muy respetuosamente al famoso jardinero, quien corrió con la gran suerte que el padre de las jóvenes nunca relaciono el doble sentido del inocente aviso.