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Cronicario Cultural · 7Crónica

La Laca: dueña de los páramos

Escolástica Rondón, «La Laca», nació en Pueblo Llano en 1880, fue desterrada por el prefecto que la acusaba de tenerlo hechizado y vivió cuarenta y ocho años sola en una cueva del páramo de Las Candelas, entre ovejas, perros, plantas medicinales y devoción a San Expedito. La historia real detrás de la leyenda.

Jesús María Espinoza MarínCronista Oficial del Municipio Miranda

La Laca, Escolástica Rondón (Pueblo Llano, 1880 – La Mitisús, 1963), la dueña de los páramos de Las Candelas.
La Laca, Escolástica Rondón (Pueblo Llano, 1880 – La Mitisús, 1963), la dueña de los páramos de Las Candelas.

Escuchar la crónicaNarrada con la voz de Jesús María Espinoza recreada con IA, con su autorización · 19:33

El destino de la excursión fue el páramo de Las Candelas, situado en plena cordillera andina, entre Pueblo Llano, Santo Domingo y Chachopo, jurisdicción del estado Mérida. Mucho antes de coronar la meta, recorriendo a pie, caminos de Piedra y desechos entre montañas, hubo un descanso y allí pasaron la noche. En un abrigo rocoso conocido como la cueva de Los Quitasoles, a más de 3.700 m.s.n.m, a orillas de la quebrada El Cacho que vierte sus aguas, claras y frías, al río Motatán. En horas de la noche, cuando uno de los andinistas custodiaba, en las afueras de la cueva, para ahuyentar cualquier animal que a esas horas acostumbran deambular en busca de alimentos, escuchó ruidos extraños por las riberas de la quebrada. Alumbró con su linterna, miró y se asustó mucho cuando detalló la imagen impresionante de una mujer anciana, vestida de blanco, pelo largo y suelto que levitando parecía llamarlo. Cuenta que a pesar del miedo que lo embargaba, se llenó de aliento y empuñó el rifle para disparar. Pero precisó que aquella mujer se alejaba por las orillas de la quebrada, en sentido Sur, por lo que decidió seguirla aprovechando la luminosidad plateada de la luna. Corrió tras ella y veía que la mujer se alejaba más y su figura se perdía por entre los matorrales hasta llegar al sitio donde no hay más camino, donde se esparcen en lecho de piedras, en amplio pozo, las aguas blancas de un gran chorrerón. Sin duda que ahí debían encontrarse, pero su sorpresa fue tal que un escalofrió helaba su cuerpo cuando la mujer desapareció y él por instinto, disparó el arma, con la única alternativa de regresar corriendo, rápidamente, a la cueva donde pernoctaban sus compañeros. Tardó segundos y balbuceando frases asustado contó lo ocurrido al mismo tenor de lo leído, cuando terminó la narración el silencio dominaba todo y las incógnitas hicieron de las suyas en la mentalidad de los presentes. Solo el tiempo inclemente se encargó de ocultar dichas vivencias. Aunque cada vez era más frecuente las anécdotas similares que convertían en leyenda la presencia de aquella mujer que se adueñó de los páramos y aparecía en esos dominios.

Revisamos las notas escritas, consultamos a historiadores y cronistas reconocidos y nos aclaran, señalando: el día 05 de julio de 1979, cuando escuchamos contar la historia a la que dedicó tiempo y esfuerzos para lograr investigar la versión objetiva que a continuación vamos a presentar bajo el título señalado. Baquiano de los páramos, señalamos: hace mucho tiempo, entre 1880 y 1963, vivió en Pueblo Llano: “había nacido en esa tierra el 11 de febrero de 1880” (Rafael Ramón Santiago, 2024), una mujer atractiva y de belleza sin igual, inteligente que haciendo gala de algunos conocimientos sobre brujería y la aplicación de plantas medicinales para curar enfermedades, perfiló su personalidad y proyectó su fama en el pueblo de aquella época donde vivió tranquilamente. Morena de ojos verdes y rasgos indígenas que la hacían muy misteriosa pero atractiva. Pueblo Llano registra en sus crónicas un lapso de inestabilidad política durante los primeros años del período gomecista, donde un grupo de pueblollaneros se alzaron tomando partido a favor del General Juan Bautista Araujo, adversando claramente la autoridad del General Gómez, jefe absoluto de la revolución rehabilitadora nacional. Pueblo Llano dependía del distrito Miranda, es decir, administrativamente recibía órdenes políticas de Timotes, por lo que decidieron enviar un nuevo jefe civil para instaurar la paz entre los ciudadanos. Al respecto el Prof. Rafael Ramón Santiago, Cronista Municipal, nos aportó la siguiente información:

“El prefecto… se llamaba Ramón Alfonso Parra Espinoza y era de Timotes. Llega a Pueblo Llano, desde Timotes, a ejercer el cargo de Jefe Civil porque la gente de Pueblo Llano se había alzado contra el General Gómez. Se alzó junto con los Burelli de Trujillo, con el General Mazzini de Mérida. Para el año catorce ya los habían apresado, pero escondieron unas armas, no lograron decomisarlas parece que no hablaron y Pueblo Llano se consideraba un pueblo alzado contra el gobierno, contra Gómez. Apresaron a los Paredes que eran los representantes de Pueblo Llano, antigomecistas y mandan de Timotes al Prefecto Ramón Alfonso Parra Espinoza para que (impusiera) el orden, aunque ya los líderes estaban presos, pero por si había algún intento de respaldo a estos líderes presos pues entonces tenían que imponer a una autoridad muy férrea. Esa es la parte histórica, donde se mezcla la historia con la leyenda. Es cierto que estuvo ahí de prefecto y desde Pueblo Llano lo trasladan hasta Boconó, pasa a ser prefecto de Boconó y ahí, históricamente, le perdemos la huella, seguramente regresó a Timotes” (Rafael Ramón Santiago. Audio sobre La Laca. 20 de febrero de 2024)

Dicho funcionario ejerció su responsabilidad entre 1915 y 1924. En el desempeño de sus actividades, con el pueblo dividido entre los partidarios del general Gómez y quienes estaban en contra, enfrentó diversidad de situaciones y ganó adeptos a la defensa del gobierno gomecista. Pero al parecer, aquella mujer, que transitaba la madurez de la soltería, se enamoró del prefecto del pueblo, de nombre Ramón Alfonso Parra Espinoza, quien con ciertas incomodidades y desacuerdos la señaló públicamente que lo tenía embrujado y le hacía cosas malas: “alguien a él le infundió / que ella lo tenía hechizado” (Rafael Valero. Canción). Un buen día el funcionario no aguantó más, junto a una turba enardecida le quemaron el rancho de pajas y arma en mano la encaró en una esquina del poblado, diciéndole en voz alta que abandonara el poblado de inmediato mientras disparaba al aire: “fue tan grave la cuestión / tanto rencor que su rancho habían quemado / y no tan solo con eso se conformó / del pueblo la desterraron…”. Insultos iban e insultos venían, ambos se ofendieron profundamente delante de unos cuantos curiosos que certifican los hechos que narramos: “El prefecto que expulsó a La Laca del pueblo, se llamaba Ramón Alfonso Parra Espinoza y era de Timotes…” (Rafael Ramón Santiago, 2024) Escolástica Rondón era el nombre de la dama que ostentaba la plenitud de sus días, contaba unos treinta y cinco años, pero que huérfana y desamparada no tuvo apoyo de nadie porque fue excomulgada y la única opción fue abandonar el pueblo e internarse en las montañas cercanas repletas de misterios: “Ella con mucha tristeza / a su pueblo ha abandonado / no quedaba más remedio / que marcharse de esos lados. / Solo por una creencia…”. El prefecto se encargó de vigilar y garantizar su expulsión como habitante de aquella época donde se imponía la autoridad de los caudillos locales por encima de los derechos de la gente. Bastó con amedrentar a los vecinos inmediatos, habitantes de los campos, para que nadie apoyara a La Laca, sumando el miedo que infundía como practicante de la brujería. Convencidos señalamos que algún desequilibrio la llevó a cumplir tal destierro, si tomamos en cuenta que las autoridades Gomecistas respetaron más que nadie los derechos de las mujeres y que en su recorrido hacia lo desconocido e incierto de su destino, algunos la socorrieron con provisiones para comenzar aquella nueva vida. Su refugió fue el solitario, agreste y misterioso páramo de Las Candelas, rodeada de frailejones, neblinas y humedales, donde alguna cueva le sirvió de refugio y donde pasó largos años hasta el punto que nadie daba razón de la mujer, comenzando la hermosa leyenda de La Laca, la Dueña del Páramo: “Al paramo se marchó / y en una cueva ella se siguió amparando / donde llaman Las Candelas / ahí vivió algo más de cuarenta años…”. Todos la dieron por pérdida mientras hizo de aquellos parajes la esencia de su existir transformando los malos momentos en oportunos instantes para vivirlos a plenitud: “empezó a criar ovejas / también crianza de ganado / la visitaba la gente / a mandarle a hacer trabajos / unos para brujería…” Al respecto, Don Eduardo Villarreal Araujo, Escritor y Cronista Honorario de Timotes, escribió en cierta oportunidad: “fue una mujer que decidió llevar una vida totalmente aislada. Era una ermitaña. Se internó sobre las cumbres que median entre Pueblo Llano y Timotes. Íngrima y misteriosa se refugió en una cueva” (Eduardo Villarreal Araujo. Timotes Hoy)

Mientras la vida del poblado transcurría con normalidad en medio del trabajo agrícola, el comercio y diversidad de actividades propias de los parajes andinos, La Laca se adueñó del Páramo Las Candelas y estableció su imperio que solo tenía una reina y muchos animales entre perros, gatos, ganado, gallinas, águilas, pollos y ovejas que fue obteniendo de viajeros que transitaban sus dominios con destino a Pueblo Llano, Santo Domingo y Chachopo: “algunos de esos viejos caminantes, que transitaban caminos con arreos de mula, repletos de productos, con rumbo a Pueblo Llano o Santo Domingo, saliendo desde Chachopo, en diversas ocasiones fueron víctimas del mal tiempo y sus granizadas, obligados a buscar refugio en esos páramos, corrieron con la suerte de llegar a la cueva de La Laca, donde eran atendidos por la dueña, sin temor a nada. Pasaban la noche junto a ella y sus perros y al día siguiente de despedían entusiasmados” (Ezequiel Rete Andrade, 1980). Su dinámica de vida le permitió vivir la felicidad plena, descubrió las maravillas del frailejón casco de burro para curar enfermedades bronquiales, del díctamo real para mantener la plenitud de la juventud: “y otro de un vino inventado / que preparaba de plantas / de ese páramo encantado. / Eran plantas misteriosas / que para muchos es raro / le dicen díctamo real / solo se ve con el sol de los venados. / Ella nomás lo encontraba / siempre en las tardes en lagunas orillado / aquel excelente vino lo tenía recomendado / para nunca envejecer y vivir gordo y rosado / y la gente comentaba / que era un pacto reservado” y otras tantas tan efectivas para la buena salud que desde diversos puntos acudían a buscar los brebajes y jarabes que preparaba. Pero además cultivaba papas negras y ordeñaba vacas y ovejas que le proporcionaban productos lácteos indispensables para vivir. Mascaba y fumaba tabaco, igualmente comía chimó y se deleitaba con miche claro aliñado con plantas propias del páramo que la mantenían activa en sus quehaceres. De vez en cuando una gallina o pollo le permitían un buen sancocho y de sus novillos o terneros preparaba la carne seca y las diversas unturas con manteca que usaba para calmar dolores musculares y demás. Veranos e inviernos los pasó en total soledad hasta que decidió regresar al pueblo en busca de aquellos artículos tan necesarios como panela, sal, miche y paremos de contar. Ese día fue todo un espectáculo para los habitantes de Pueblo Llano que estupefactos contemplaban la presencia de La Laca y sus acompañantes de diversos tamaños y colores que ladraban al pasar, llegando ataviada y cargada de productos para el intercambio: quesos criollos, mantequilla envuelta en hojas de frailejón, jarabes y manojos de plantas del páramo. Abastecida con productos diversos y entonada por los sorbos de aguardiente, con humo de tabaco por todos lados y diversos movimientos, un tanto exagerados, les recordaba a sus paisanos, en voz alta, los motivos de su expulsión, mentadas de madre, carcajadas, vulgaridades y maldiciones iban y venían sin ruborizarse y pronunciaba con asco el nombre del prefecto que consideraba su enemigo a muerte. Lentamente se alejaba con sus perros rumbo al páramo donde todo la esperaba después de largas horas de recorrido. Hizo de esa costumbre algo curioso y rutinario que se repetía cuatro o cinco veces al año con la frase popularizada por el colectivo: “viene La Laca” o “Allá va La Laca con sus perros”. También señaló: “Pocas personas lograban ubicarla. Se decía de ella, que poseía poderes sobrenaturales, que gobernaba a los Momoyes, a quienes daba órdenes para merodear por las crestas de los páramos. Que, en las noches, adoraba dioses de arcilla y oraba ante los astros y las estrellas. Que en las madrugadas visitaba las lagunas vecinas para recibir mensajes secretos de seres etéreos” (Eduardo Villarreal Araujo. Ob. Cit.)

Largos años de vida le concedió nuestro Dios y le realizaba las fiestas más solemnes a San Expedito, cada 19 de abril, donde comenzaron a visitarla diversidad de personas que dormían y compartían sus alimentos en medio de la devoción al santo y en la misma cueva que ocupaba. Otros tantos solicitaban exclusivamente sus facultades para la adivinación de su futuro o las predicciones del tiempo, mientras otros le confesaban que habían perdido sus vacas, novillos o toros con la convicción que gracias a sus rituales serían conseguidas a tiempo. Incluimos, repica Mucuchacayhay, el testimonio de Gervasio, el de la pólvora, refiriéndose a José Gervasio Ramírez, el capitán de pólvora de Mucutujote, parroquia Andrés Eloy Blanco, municipio Miranda, agregando:

“De sus andanzas de muchacho, escribió Monseñor Baltazar Porras, Arzobispo metropolitano y Cronista de Mérida, arriando vacas y ovejas, recuerda que había una mujer llamada Escolástica, a la que le decían La Laca, que vivía en una cueva, sola, en el páramo de Las Candelas de Pueblo Llano. A ella se recurría cuando se extraviaba el ganado y lo hacía aparecer. Se le pedían pruebas y ella las daba. No sabían qué hacía la buena mujer. Nombraba a San Expedito, no cobraba, aunque recibía lo que le dieran. Había que llevarle velitas. No se vayan sin saber la razón. Luego salía, les daba alguna pista y les decía: váyanse tranquilos pa ’su casa, que dentro de una semana verán al torito en tal sitio. Y así era. Era duro ir hasta allá, por lo lejos y porque no teníamos botas ni alpargatas, sino cotizas de tres puntos, hechas de cuero de res, que se amarraban trenzadas en las piernas. Los talones se toteaban y salía sangre. (Baltazar Enrique Porras Cardozo. Crónicas menores merideñas. 1992-2015. Arquidiócesis de Mérida. Archivo Arquidiócesano de Mérida – Venezuela, colección Crónicas 9. 01.02.2011)

La Laca se apropió de los paisajes, conocía los caminos, disfrutaba de la brisa paramera, conversaba con las plantas, descubrió los secretos de los dioses Arco y Arca, le hablaba a las piedras y los animales mientras ofrecía rituales extraordinarios y ofrendas en las lagunas hasta que mermada en salud, sintió los padecimientos de una enfermedad que la mantuvo acostada en su aposento y le impidió realizar todo lo que marcó su dinámica de vida en los últimos cincuenta años. Ante la sentida ausencia y sus nulas visitas al pueblo, cuentan que un sobrino subió a visitarla constatando su estado de salud mermada, lo cual lo obligó a buscar ayuda y proceder a bajarla hasta la población de La Mitisús, jurisdicción de Santo Domingo, municipio Cardenal Quintero, a comienzos de los años sesenta del siglo XX. La anciana recibió atenciones médicas pero su destino estaba sentenciado, por lo que falleció en ese lugar: “el 19 de mayo de 1963” (Rafael Ramón Santiago. 2024). Es decir: “después de mucho tiempo / La Laca se había enfermado. / Un sobrino que tenía / a La Mitisús la trajo / dicen que ahí se murió / como de noventa años”, dejando toda una historia que se convirtió en leyenda gracias a las diversas e increíbles anécdotas de excursionistas, viajeros y pobladores cercanos del lugar que la albergó cuando le negaron el derecho al disfrute de su geografía física y espiritual de Pueblo Llano. “La Laca, fue personaje de la vida real, con parientes y paisanos, que dan fe su existencia y del drama de su vida misteriosa. Su nombre de pila era: Escolástica Rondón. Nacida en Pueblo Llano, el 11 de febrero de 1880. Hija de María Gerarda Rondón” (Eduardo Villarreal Araujo, Id).

Finalizamos convencidos, que muchas de las visiones que forman parte de la tradición oral que sobrevive en nuestra cultura andino paramera, son atribuidas a La Laca como dueña absoluta de los páramos de Las Candelas, donde su historia se hizo leyenda y poesía. Es el personaje que ha vivido más tiempo en la soledad del páramo andino, de paso en solitario, porque Juan Félix Sánchez, vivió largo tiempo pero acompañado de su esposa y sobrinos. La Laca tiene el mérito absoluto de haber sobrevivido en el páramo Las Candelas, durante cuarenta y ocho años. Honor y gloria a esta Mujer.

(Texto original de Jesús María Espinoza Marín. EN: “Paramerías. Mucuchacayhay cuenta la historia”. Editorial Trinchera, Caracas, 2025)

Esta historia también está en Paramerías Infantil, contada en historieta: Lucía y La Laca, dueña del páramo

La Laca y su santo

Imágenes del cronista y cortesía de las redes sociales (RRSS).

  • La Laca en una figura artesanal con el letrero «La Laca · Pueblo Llano»: su bastón, su botella y sus animales del páramo.
    La LacaLa Laca en una figura artesanal con el letrero «La Laca · Pueblo Llano»: su bastón, su botella y sus animales del páramo.
  • San Expedito, el santo al que La Laca le realizaba «las fiestas más solemnes» cada 19 de abril en su cueva.
    San ExpeditoSan Expedito, el santo al que La Laca le realizaba «las fiestas más solemnes» cada 19 de abril en su cueva.

Escucha la canción y el poema: «Canto y poesía a La Laca»