Prólogo
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Este libro de Eduardo, bien documentado y mejor escrito, es una pieza invalorable no solo para los que nacimos, crecimos y hemos vivido en esa tierra prodigiosa y bella, sino para toda persona que aspire conocer a fondo y en detalle la NACION TIMOTOCUICA, sus características, su lengua, sus costumbres, su comida y sus siembras, y por supuesto sus padeceres e infortunios; pero además es una compilación de historia grande y menuda, anécdotas, vivencias, chistes y personajes que por esos valles y montañas alguna vez transitaron, y lo mas, de nativos de nuestro terruño.
Al empezar a leer las páginas de este documento excepcional, da la grata e imperceptible sensación, y es que parece una realidad incuestionable que sentimos, que Eduardo nos invita con particular alegría a traspasar un imaginario umbral de un pedazo de tierra paramera, empezando desde antiquísimo siglos, recorriendo por esos lindos parajes y paisajes, presenciando en un principio la vida cotidiana de nuestros antepasados Aborígenes los Timotes; la presencia del Conquistador español y la expropiación violenta del suelo que desde mas allá del tiempo aquellos venían ocupando, sembrando y sobreviviendo; los métodos crueles, inhumanos y terribles que se utilizaron para ejecutar tales desmanes, atropellos e injusticias.
Siguiendo el recorrido nos encontramos, de pronto, en medio de luchas y batallas protagonizadas por Aborígenes agresivos como los Mucuchies y Skukes, y los Giriyaros y Esnujaques, que no solo ofrecen sus vidas, sino que queman y destruyen lo que encontraban, como justa represalia a los ataques del intruso. Según el autor, los Timotes eran pacíficos.
Y el escritor, con ojos humedecidos – que nos contagia – nos da cuenta como iba desapareciendo la NACION, a medida que pasaban los años angustiosos, por las batallas desiguales y por los efectos de epidemias y enfermedades desconocidas, que al final originaron el prodigioso canto y plegaria de los KUIKAS.
Dando un salto de leguas sobre el tiempo, Eduardo nos ofrece las peripecias del Fundador de Timotes y nos sitúa en un frío de diciembre del 1619 junto a Fray Francisco Camejo, y de inmediato nos hace una pormenorizada y reverencial crónica de la vida de nuestra Patrona SANTA LUCIA, virgen venerada, Amada y Querida por todos, propios y extraños.
La jornada ha sido larga y alucinante, que obliga un merecido descanso reparador y al concluir éste, en 1711, el Guía nos esta presentando a un Quijote, Don Cristóbal Villarreal, su esposa Doña María de la Concepción Araujo de Villarreal y a su numerosa prole. De aquí en adelante, por supuesto de la grata compañía del Escritor y cuidándonos de no pasar “ LA RAYA”, límite entre Mérida y Trujillo, empezamos a padecer la “GUERRA MAGNA”, con la insigne compañía de SIMON BOLIVAR y sus soldados, que paso en tres oportunidades por tierras timotenses, unas veces triunfante otras derrotado, pero siempre adelante, y despedimos a 66 vecinos y paisanos del pueblo, que se fueron a luchar por la Patria al lado de “ EL LIBERTADOR”.
Con lujo de detalles, como si realmente Eduardo hubiere estado testigo en tan magnos acontecimientos, nos ubicamos en 1881, cuando en Timotes nació el GRAN ESTADO LOS ANDES, sintiendo que estrechábamos la mano del nada menos legendario “GENERAL JUAN BAUTISTA ARAUJO”, el “LEON DE LA CORDILLERA”, actor de primera línea en aquella Constituyente y los años posteriores, en los cuales al General Emilio Rivas – nativo de Timotes – jugo igualmente papel preponderante en acontecimientos inesperados, que nuestro Cicerone con pluma sencilla pero experta, comprensible, minuciosa y analítica, nos los va detallando con conocimiento de causa.
Contagiados por rumores en todo el vecindario del Páramo Andino, nos hemos ido presurosos, junto a un peregrinaje nervioso y asustado, hasta el Paramito, ante la inminente presencia de bárbaros y desalmados – diría la conceja – de tachirenses, comandados por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, posteriormente héroes de la “RESTAURADORA”, por eso nos perdimos de la escena narrada por el Escritor, cuando este último – Gómez – le paga a un “furungo” con una morocota el valor de una mula que la soldadesca se había apoderado de ella, obteniendo en cambio el de la “MULERA”, frase lapidaria para el futuro, del Italiano: “ que el Tachirense llegara lejos porque paga lo que debe”.
No tiene uno mas remedio – además de muy grato – suscribir, adherirse y solidarizarse con la misiva que con fecha 28 de diciembre del 2005, dirigió a los Integrantes de la Sociedad de San Benito de Palermo, nuestro Escritor, porque aun cuando no habíamos nacido, quizás nuestros padres ayudaron al “ Maestro Chente”, con el aporte de un ladrillo, un clavo o un guarapo fuerte, en la edificación de esta obra Monumental y Hermosa, al punto que varias Seccionales del Colegio de Ingenieros de Venezuela y la Facultad de Ingeniería de la Ilustre Universidad de Los Andes, han visitado, nuestra Iglesia hoy Basílica Menor, y han observado, investigado, medido y constatado, lo grandioso y espectacular ejecutado por el Artesano “ EL MAESTRO CHENTE” y su primer ayudante “VENTARRON”.
Además, Eduardo rinde merecido homenaje, reconocimiento y recuerdo imperecedero a “MONSEÑOR BUENAVENTURA VIVAS”, propulsor e incansable trabajador por el progreso y la modernidad de nuestro lar nativo.
Ojalá se haga realidad la formal solicitud del Escritor y podamos, en breve tiempo, contemplar y disfrutar de la Segunda Torre, en memoria gloriosa al Creador Dios infinito, de nuestra Patrona y de aquellos que, en noches frías, de sueños y hasta pesadillas, añoraban concluir ese Segundo Monumento.
Timotes, no solo ha sido “CIUDAD CARCEL” como dice el Autor, sino también como dulce regazo de tempero y curación, y este en gesto enaltecedor, nos trae en estas páginas la presencia del “POETA DEL PUEBLO VENEZOLANO, ANDRES ELOY BLANCO”, quien tuvo el privilegio y Timotes el honor de vivir confinado algunos meses, acompañándolo por sus calles empedradas, su Plaza, su Iglesia y “sus fríos cordilleranos”, naciendo así el bellísimo poema “LA LOCA LUZ CARABALLO”; y con idéntica pena, Carlos Andrés Pérez, sintió la indescriptible emoción de pescar truchas, acompañado de otros lugareños y del padre de quien estas brevísimas notas escribe, en el para entonces caudaloso y abundoso en pesca Río Motatán, y por las noches en conversaciones amistosas, ennoblecidas por la infantable política, animadas con miche y sancochos.
El Escritor, al narrar detalladamente la absurda e incomprensible tragedia ocurrida en la “LA MUCUBAJI”, nos hace retrotraer muchas lunas y el dolor, la tristeza y las plegarias que se apoderaron aquella trágica tarde de toda la Cordillera Andina, la volvemos a sentir y nuevamente la Oración se eleva al Cielo por el descanso de esos jóvenes que murieron en las aguas tranquilas y frías de la Laguna.
Entre las muchas virtudes que contiene el Libro, resaltamos esta, y es que vivimos, palpamos y hasta testigos de excepción nos sentimos, de eventos reales, alegres, o tristes, y de alguna de estas etapa, pasamos de manera muy sutil, a la anécdota, al chiste o historia pequeña e individual y nos vemos rechazando el Sacrilegio, teniendo como presuntos autores – sin papel ni director – a Nicho, San Francisco El Parrandero y un grupo de jóvenes bohemios disfrutando noches de insomnio y de parranda.
Y si de parrandas se trata Eduardo nos invita a una profesión juvenil sana, como era el robo de gallinas, el consabido sancocho salpicado con ron y una visita fugaz a “LOS JARDINES”, y si era Diciembre, la solemne Paradura de Niño, en la cual “Las Hormigas” y visitantes – sus invitados- guardaban compostura, respeto y donaire como en las mismas Cortes Españolas.
Ya habíamos vuelto a nacer cuando se presentaron los sucesos del 11 de Diciembre de 1946. El Escritor y el suscritor, sin proponérnoslo, fuimos testigos imberbes de esos hechos. Un hombre legendario, descrito con minuciosidad por nuestro Guía “DON MIGUEL CORREDOR”, ocupó – como se diría en estos tiempos – páginas importantes en prestigiosos diarios de la Región, y donde a nivel nacional el intrépido militar AMILCAR BARONE, tuvo la osadía de volar a ras por los sembradíos y poblados de Timotes, Chachopo, La Mesa y Jajo con un pequeño avión, en cuyos suelos recuerda el autor, entre otros valientes y aguerridos paisanos, destacaba la figura imponente del Padre Octavio Rincón Santos. Estos acontecimientos políticos, no tan recientes pero de fácil recordación, tienen en la pluma de nuestro guía, en su memoria increíble, conocimiento de sus personajes y en los sitios en los cuales ocurrieron, fuente inagotable para conocer de abusos, persecuciones e intolerancias, y que precisamente en estos días que vivimos, se nos comprime el corazón y nos preguntamos: ¿Ha vuelto la barbarie, el oscurantismo y la desesperanza, porque nos atrevemos a disentir ?
Visitamos el Campo Santo, ofrendando y recordando a los que ya se marcharon, y leemos versos, sonetos y poesía campesina ingenua e inteligente, dejadas en el mármol frío de este sagrado sitio. Y vuela nuestro recuerdo, se alza nuestra oración y miramos allá al cielo infinito.
Como la idea y el pensamiento no tiene limites ni fronteras, nos pasamos de “LA RAYA” y fuimos a conversar con DON URBANO MENDOZA, quien aposentándose en Timotes, antes había sido discípulo en su Trujillo natal de Juan Bautista Carrillo Guerra, quien poseía novedosa y moderna imprenta, que cultivó definitivamente a Don Urbano y este a su vez contagio a JESUS MARIA ESPINOZA BECERRA de quien el escritor se refiere con elogios y respeto hacia su sabiduría e inteligencia, que éste nieto las agradece profunda y sinceramente. En esta área del incipiente periodismo, se nos recuerda que Timotes siempre ha tenido publicaciones esporádicas con gran talento y significación, pero sin la constancia y permanencia que esta labor exige, y nos hace referencia a recordados personajes vinculados y con comunicación directa con grandes diarios de importantes ciudades y nombra, entre otros, a DON SIMON FALCON, que daba información oportuna y constante de aspectos sociales, económicos y turísticos de nuestro terruño.
De repente, caigo en cuenta que habíamos regresado y estábamos prácticamente traspasando el imaginario umbral y su puerta, y lo que Eduardo nos ha estado narrando era parte de nuestra propia vida, existencia, vivencias y hechos, y no se detenía, y yo seguía embelezado y caminando. Al interrumpirlo le espete sin titubeos que, nos hemos sumergido tanto y tan profundo en tus relatos hechos con inigualable maestría, con lenguaje contagioso, simple y llano, con historias alucinantes y esplendorosas, que no hemos probado bocado ni tomado agua.
Podemos ir a tantas pulperías del pueblo, como la del Maestro Chente, Don Quevedo, Rosa Uzcategui, Tomasito o la de Don Teyo, tu papá, y con los fruteros que allí tenemos, podremos comer paledonias con guarapo fuerte.
Beltrán, estamos en la “LOMA”, no te olvides que hoy es 25 de junio y allá en “El ARBOLITO” se nota el humo del “Curruchete”; pero pensándolo bien, mejor bajemos y visitamos a FLAVIO OLINTO, que Dios y la vida lo ha puesto a prueba, por los trances que ha pasado y nuestro compañero de Escuela y de generación, ahí esta con singular y probada valentía y profunda fe.
Con deleite, elegancia y fina pluma el autor nos ha recordado el valioso aporte de colonias extranjeras que escogieron este “Paraíso Andino”, para sentar cabeza y dejar huella buena y descendencia honrada. Los Mazzei, Los Berti, Los Pizzani, Provenzali, y los Flores y otros que posteriormente aquí establecidos, son apellidos de grata recordación, con experiencias compartidas y que han contribuido para nuestro desarrollo.
Entre estos, destaca por su trascendencia y el libro así deja constancia el nombre de Mister Gelvis, pionero de la agricultura en forma en todos los Andes, quien enseño a sembrar y cosechar hortalizas allá en la Casa de Tejas, a un sinnúmero de paisanos y sus alrededores, y muy acertada la frase del escritor, cuando afirma: “Ahora hay bonanza donde hubo pobreza”.
Tiendas, Boticas, Hoteles, Restaurantes y Posadas, desfilan armoniosamente junto a Curanderas, Comadronas y personajes dotados de virtudes y poderes que, hasta “gusanos y orinaderas quitaban a los animales”, desfiles que recorren las inolvidables Calles de Timotes, exaltadas en bellísima prosa para recordarlas.
Capítulo aparte y bien merecida su descripción y elogio a las personalidades populares de “GABRIEL FRUTA” y “VENTARRON”, y a esa pléyade de cuenteros excepcionales por sus habilidades e inteligencias, y de uno de los cuales no puede dejar de recordarse con particular cariño por lo embustero e inverosímiles de sus andanzas como Hipólito Lapa y su perra “Hipóla”.
Existe como una imperceptible simbiosis, acercamiento, entendimiento espiritual y sincera hermandad entre “El PARAISO DE LOS ANDES” y “LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS”, Timotes y Valera no han podido vivir separados, a pesar de “LA RAYA”, y Eduardo toca el tema con particular deferencia y patriotismo local. A ello me sumo con todo vigor, humildad y total solidaridad, porque ello es tan rigurosamente cierto, como el calificativo de nuestro terruño de “La Cenicienta” de Mérida.
Que mejor final para una inspiración de un Cronista, Poeta y Narrador, que enumerar y con exactitud matemática, las casonas antiguas, que resguardaban de fríos intensos y espesas neblinas a la “PLAZA BOLIVAR”, siempre bulliciosa, generosa y amplia para todos sus habitantes, parranderos y enamorados, bajo la eterna y filial y cristiana complacencia de SANTA LUCIA, SAN ISIDRO y nuestra BASILICA MENOR, testigos perennes y eternos de tantos encuentros, ilusiones, conversaciones y sueños.
DON EDUARDO VILLARREAL – se merece el Don con todo lo que él significa- me ha distinguido con el alto honor y privilegio para escribir estas modestas páginas a manera de Prólogo, y he accedido con sincera y eterna gratitud y complacencia, deleitándome de su forma de escribir agradable, contagioso, elegante y sencillo, con alegría y sabiduría, con una envidiable memoria y un amor entrañable por ésta generosa comarca de “LOS TIMOTES”.
Ya para concluir, me atrevo a formularle una pequeña exigencia a Don Eduardo: “si continuas incursionando en estas lides literaria y si piensas escribir otro exquisito libro como éste, te agradezco avisarme con suficiente tiempo, porque tu al fin y al cabo no tienes problemas para travesías tan bellas y esplendorosas, pues RAFAELON, con seguridad te presta “la mula mora”, pero yo tendré que ingeniármelas para poder montar “el macho” de DON FLORENCIO” que ya es decir mucho.-
Ramón Beltrán Espinoza Ramírez.