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2. Corpus Cristi

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Dibujo a plumilla titulado «Corpus Cristi»: un conquistador a caballo, con lanza y estandarte, junto a una figura indígena.

El jueves en la mañana, del 25 de mayo de 1559, día de Corpus Cristi, flameo la bandera de Castilla, en lo alto del páramo del Cóndor. Fue cuando el capitán Juan Maldonado con cincuenta soldados granadinos, en nombre de su Rey y de Gonzalo Jiménez de Quesada; en señal de ocupación, izaron la bandera imperial de la conquista.

Días antes, el Capitán Maldonado, quien era apuesto granadino de prosapia nobiliaria, ojos grises, cabello rubio, de cuarenta años de edad, con armadura metálica y soldados bien experimentados, enfrentaron en esos paramos al valiente cacique Tamanayre y a su tribu Mucuchíes. El arcabus, la espada y la pericia militar, en franca supremacía sobre la flecha, la macana y la valentía salvaje del nativo defensor; dieron cuanta en combate desigual. De esa manera el Cóndor de los Andes, sucumbía ante el León de Castilla.

Y denominaron aquellas cumbres heladas y lóbregas, como: Páramo del Tuerto, en honor al Teniente Juan Olmos, lugar Teniente de Maldonado, quien era tuerto. Así mismo el Capitán Maldonado, ordenó a su capellán, bautizar la sobrecogedora cuenca del Motatán con el nombre de CORPUS CRISTI, para conmemorar el día de la fecha. Y se repartieron tierras hasta donde alcanzara la vista. Fue así como Hernando de Cerrada obtuvo toda la margen derecha del río, que abarcaba desde la Cañada Cerrada hasta La Mesa Cerrada. Y mas tarde le seria asignada a Miguel de Salas, toda la parte izquierda del río, desde el límite de la Cañada Cerrada hasta Mucuyupú.

Así se les enajenaba a los timotíes, el suelo que pisaban, predio natural de sus ancestros, y se les hacían vasallos de un rey lejano y desconocido.

Es sabido que el trato inhumano y cruel dado a los aborígenes durante la conquista y la colonia, fue silenciado por quienes escribieron la historia dorada de la conquista. Sin embargo, documentos que reposan en los archivos de Simancas, en la provincia de Valladolid y en el archivo de Indias de Sevilla, revelan el empleo de métodos crueles utilizados por los peninsulares contra los aborígenes americanos. Es por eso que la poca o ninguna información al respecto nos mantiene ayunos de los detalles del exterminio de la nación timotocuica.

Queda pues a disposición de futuros investigadores de nuestra historia, escudriñar en donde sea necesario, para sacar a la luz algún día los por menores de la historia macabra, en la cual los timotíes, en una era fatal fueron borrados del mapa.

Reaccionaron de diferentes maneras, los timtocuicas, ante la llegada de los invasores. Unos fueron sumisos, otros violentos, terceros fueron indiferentes, todos fueron aniquilados. A pesar de todo hubo cruenta resistencia por parte de aquellas tribus en condición aguerrida, que se enfrentaron en heroicos combates, tal como los Mucuchíes se batieron, bajo la égida de su valeroso cacique Tamanayre; y como los Snujakes dieron combate, bajo el mando del aguerrido Cacique Smindax; y como los Skuekes resistieron hasta morir, guiados por el emblemático Cacique Pitijay.

Para 1619, tenemos un caso curioso y contrastante de cómo fueron recibidos los peninsulares en el territorio timotocuica; pues allá en el Valle de Aricagua, el fraile José Solís, funda el poblado, levanta la iglesia, traza la plaza y las calles, edifica residencias; y los aborígenes Giriyaros, le atacan con violencia, quemando todo, y corrió la sangre; hay muertos y heridos de parte y parte. Mientras en el otro extremo del territorio o sea aquí en el Valle de Mucurujún; el fraile Francisco Camejo, aglutinaba a los mansos timotíes, para conformar el pueblo de Timotes. Hecho, consumado en santa paz.

Eliminados los caciques y aniquiladas las principales tribus, quedaron grupos diseminados y marginados a la deriva; indefensos y sin más recursos que clamar a sus Dioses, para conjurar el desenfreno de los españoles, en su afán por extinguirlos.

Ya despojados de sus tierras, esclavizados, maltrechos e indefensos, recurren a Ches y a Chía con elegias lastimeras, tal como consta en el canto guerrero de los kuikas:

“Madre Chía, que estas en la montaña,
con tu pálida luz alumbra mi cabaña.
Padre Ches, que alumbra con ardor,
no alumbres el camino al invasor.
Oh, madre Icaque; manda tus Jaguares,
Desata el ventarrón y suelta tus cóndores.
Afila los colmillos a las mapanares
y aniquila a los blancos con dolores.
Madre Icaque, que vives en Quibao,
Padre Ches, madre Chía, aumenta mi espíritu
con llama de rencor, echad fuego que calcina,
el agua que destruye, los rayos de las nubes,
los truenos de la montaña.
Padre Ches, mi troja repleta con granos abundantes,
llena mis ollas con la fuerte chicha y mi pecho
con valor. A mi mujer que cría, dale pechos que manen
ríos de leche blanca.
Padre Ches, dame una flecha aguda, que mate al invasor
Temple el brazo que temple esa flecha sin temor.
yo soy tu hijo.
Oh, Ches, mi señor, yo soy tu esclavo.
Madre Chía, mi señora, dame la dicha
de tu inmenso valor.
Dame a comer en carne el odio al invasor”

No obstante sus dioses no hicieron los milagros, y la suerte adversa prevaleció, por eso más temprano que tarde, de aquellas tribus, solo fueron quedando vestigios borrosos de su existencia, vistos con desdén o ignorados a ex profeso por la mayoría de quienes descendemos de ellos.

El jueves, 25 de mayo de 1559, día de Corpus Cristo, fue un día aciago para las tribus timitíes, porque ese día fue le principio del fin de su existencia.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún