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5. Una siracusana en Mucurujún

299 palabras · 1 min de lectura

En la isla italiana de Sicilia, hay un puerto llamado Siracusa; donde el año 208, nació una niña llamada Lucía. Veinticuatro años después, decapitada.

De estirpe noble y rico en posesiones, era el hogar de Lucio y Eutiquia, padres de Lucía. Cuenta la historia, que la linda muchacha era asediada por un pretendiente interesado en su fortuna. Pero, ella había hecho votos de castidad para consagrarse al Señor. Cosa que defraudo al pretendiente, quien enfurecido y despechado, recurrió al expediente del perjurio y la calumnia, ante Pascasio, prefecto de Siracusa.

Aquellos desalmados, hicieron cuanto fue posible para doblegar la vocación santificante de la muchacha. Mediante la tortura psicológica, el acoso y amenazas la intimidaban, diciéndole que seria entregada al deshonor del prostíbulo, que seria torturada cruelmente, que iría a la cárcel, al cepo, a la flagelación, a la quema o a la decapitación. Por todo aquello Lucía, oraba al Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo, le dio tal fortaleza, que al encararse con sumo vigor, ante el poderoso Pascasio y el vil pretendiente, les dijo que:

“No se mancha el cuerpo sino mediante el consentimiento
de la mente; sí me ordenaran que yo sufra violencia contra
mi voluntad, se duplicara la corona de mi castidad;
jamás podrán hacerme cambiar de propósito y hacerme
consentir el pecado”.

Indignados, estos abominables, por no lograr amedrentarla ni persuadirla, entonces provocaron el veredicto fatal y el 13 de diciembre de 304, con resistencia sobrehumana enfrento los horrores del verdugo, escudada en su taumaturgia, hasta que su cuello recibió el sablazo que le cerceno la vida.

De allí en adelante, su gloria, su renombre y sus devotos han ido creciendo con los años y los siglos; a tal punto que capillas, iglesias, catedrales, basílicas, ciudades, pueblos y montañas se enriquecen ostentando su nombre bendito.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún