7. El capitán Cristóbal
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En 1711 nació en Timotes, un quijote, y cuando fue septuagenario, protagonizó una odisea digna de ser delineada por la admirable pluma de Miguel de Cervantes Saavedra. Se llamaba Cristóbal Villarreal, casado con Doña María de la Concepción Araujo, tuvieron abundante prole, como también era abundante su parentela.
Todo comenzó el 8 de agosto de 1781, cuando los comuneros del Socorro irrumpieron en Timotes; aquel gentío entro en tumulto y con chirimías y tambores tocaron diana anunciando guerra. Con repiques de campanas convocaron la población, una horca instalaron en el centro de la plaza como símbolo de nueva justicia; el tribuno Francisco Javier de Angulo, arengo con ardor a los presentes, fustigando con pasión al gobierno español y sus leyes arbitrarias, los impuestos desmedidos a numerosas familias pobres, que les afectaba seriamente sus fuentes de sustento; y se dio lectura a la Capitulación de Zicapirá. Los comuneros deliberaron con los notables del pueblo y erigieron al señor Cristóbal Villarreal como cabecilla local de los comuneros en armas. Con el rango de Capitán. Cristóbal asumió tremenda responsabilidad. Y la algarabía retumbo en la plaza, entre cohetes, chirimías y aplausos voceaban la consigna:
Muera el mal gobierno
Viva nuestra Señora del Socorro,
Viva el seráfico San José
Viva el Capitán Cristóbal…
Este intrépido coterráneo ya contaba setenta años de edad, bien vividos en completa calma, en la rutina y el sosiego timotense, cuando asumió dar un vuelco brusco a su existencia, para trajinar durante 22 meses una hazaña por demás de quijotesca, donde arriesgo su vida, la de su familia y todos sus bienes.
Sin vestigios de debilidad senil, el improvisado Capitán, chaseó con brío de buen jinete, su rucio moro, ahora trocado en marcial corcel de combate. Ya Ño Cristóbal es un centauro que con inusitada osadía desenvaina su espada liberadora, para desafiar desde Timotes al imperio opresor de Carlos III. Y dio vivas a la libertad y a la independencia, tal como lo hicieran Juan José García de Hevia en la Grita, Antonio Galan, en Nueva Granada; Tupác Amaru, en Perú; Fernando Monpox, en Paraguay.
Durante dos semanas Timotes fue un campamento militar en efervescencia. Entre tanto en La Mesa de Esnujaque, los realistas se fortalecen militarmente. Al mando de aquellas operaciones está el Dr. Antonio Nicolás Briceño, furibundo realista, que ha movido cielo y tierra para detener el avance de Los Comuneros hacia Caracas. Aquí estamos en presencia de un hecho curioso de la historia venezolana; pues este doctor realista, era el padre del airado héroe del mismo nombre, que Antonio Tizcar fusiló en Barinas, treinta y dos años después.
El doctor Briceño, notificó al Capitán General de Venezuela, el Mariscal de Campo Don Luis Unzaga y Amenzaga, de la sublevación que venía en camino. Amenzaga, solicitó auxilio militar a los realistas de Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba. Un poderoso contingente partió de Maracaibo para La Mesa de Esnujaque. Un incesante intercambio de memorandum hay entre Timotes y La Mesa. El 22 de agosto Los Comuneros avanzan hasta La Vega, allá se enteran de la supremacía militar acantonada en La Mesa y resuelven replegarse a Mérida, para planificar con Juan José García de Hevia, la marcha para Caracas por la vía de Barinas.
Mientras los jefes discutían las posibilidades de avanzar, el tumulto se disolvió en total desbandada. Entre gallos y media noche llegó el otrora victoreado Capitán Cristóbal al ceno de la familia, huidizo y temeroso. Ya para ese momento doña María de la Concepción ha sido victima del acoso, amenazas y amedrentamiento por parte del colérico y realista párroco de Timotes, Juan Miguel de Osuna. El cura reaccionario pregonaba que Mompox, había sido decapitado, que Tupac Amaru, había sido descuartizado, que Galan había sido ahorcado, que García de Hevia, estaba solicitado; y que la familia de Cristóbal Villarreal en Timotes y todos los comprometidos con ellos, serían exterminados inmisericordemente, por el atroz delito de revelarse contra su Majestad Carlos III, Rey de España y de Las Indias y pretender ir a Caracas a tumbar el gobierno.
Y vinieron tiempos duros, las derrotas tienen aristas que muchas veces quieren empañar las glorias de los mártires, y de los héroes; pues el Capitán Cristóbal Villarreal, en su defensa renegó de su condición de insurgente.
Quien no puede fingir defección ante la espada de Democles, ante la tortura psicológica, ante la pena capital. El Capitán Cristóbal, al conocer la llegada del Realista Francisco Albuquerque al mando de cien soldados, venidos de Maracaibo para ejercer represalias y tropelías; acudió al cura Osuna, en pos de atenuantes para su defensa. Pero resulto peor el remedio que la enfermedad; pues el clérigo radical, le recalco el hecho de haber ejercido como jefe principal de los sublevados en Timotes, recriminándole aquel acto como un error de graves consecuencias. El Capitán, conociendo la soberbia y el poder que tenia el cura, se mostró desafecto a los Comuneros en forma de lograr una atenuación a los cargos que le sobrevenían; y agregó que tanto él como su hermano el Alférez Rafael Villarreal y el sargento Cristóbal Moreno entraron en la revolución designados por los capitanes merideños Ignacio Rivas y José Luis Berrio y que el mismo común los obligo a aceptar.
Después de ese diálogo, el cura Osuna declaró que el Capitán había dado gracias a Dios, porque alguien le había dicho la verdad y que luego se retracto como partidario de la insurgencia; y había echado a un lado el bastón de mando.
Las actitudes temerosas de quienes se hallan en estas circunstancias hay que saberlas valorar y muy especialmente sus posiciones exculpatorias, que no tienen por que confundirse con traición o cobardía es necesario estar en los zapatos de aquellos rebeldes que vieron naufragar de súbito su fabulosa y creciente revuelta, y luego quedar en las garras de un enemigo implacable.
Pues San Pedro, el primer Papa, discípulo de Jesús, hallándose en terribles circunstancias, cuando apresaron al mártir del calvario, negó por tres veces que él conocía a ese hombre; lo dijo para salvarse. No por eso sus vidas y sus obras se eclipsaron en las páginas de la historia cristiana.
La represión fue brutal, hasta que una madrugada el Teniente Coronel Juan de Salas, asaltó la vivienda de la familia Villarreal y encadenaron al anciano Capitán, lo llevaron a Mérida; de allí en septiembre de 1782 parten para Caracas 28 cabecillas Comuneros a saber:
1.- Juan José Omaña Rivandeneyra S. Antonio
2.- Julián Valero de la Rosa “
3.- Miguel de Omaña Rivandeneira Capacho
4.- Bernardo Ramírez de Avandero S. Cristobal
5.- Luis Ignacio Contreras “
6.- Cristobal Sánchez “
7.- Manuel Gutierrez “
8.- José Andres Cadenas “
9.- Bernardo Escalante Lobatera
10.- Francisco José Escalante “
11.- Juan Tovar Vivas “
12.- Salvador Ignacio Contreras La Grita
13.- Felipe Antonio Molina “
14.- Juan Miguel Montoya Bailadores
15.- Andres Basilio Molina “
16.- José Luciano Moreno “
17.- José Felipe Contreras “
18.- Cornelio Uzcátegui Rangel Mérida
19.- Tomás Muñoz Ejido
20.- Francisco Rangel Mérida
21.- Vicente Araujo “
22.- Juan José Maldonado “
23.- José Agustin Espinoza “
24.- Manuel Vásquez Ejido
25.- Diego Martinez Mérida
26.- Domingo Contreras Barinas
27.- José Ignacio Briceño Trujillo
28.- Cristobal Villarreal Timotes
Fue una travesía de sesenta y seis días, de andar a pie por trochas tortuosas sufriendo humillaciones y maltratos, para finalizar en los calabozos de la Casa Amarilla.
Gracias a la intervención de Monseñor Antonio Caballero y Góngora, Arzobispo de Santa de Bogotá y Virrey de la Nueva Granada, se logró en Real Cédula, la aprobación del indulto.
El Capitán Cristóbal, expuesto al contagio de la viruela, anciano, enfermo y cargado de grillos, fue sacado de las mazmorras de la Casa Amarilla y puesto en libertad. Era agosto de 1783, un mes antes y muy cerca de la Casa Amarilla, está la cuadra que va de San Jacinto a Traposos, donde acaba de llegar al mundo un caraqueño que andando el tiempo haría añicos el Imperio Español.
Cristóbal Villarreal, oso enfrentar al Imperio Español, por los abusos, por los estancos. Pues era cierto que el germen de independencia y libertad estaban ya en marcha. Su ventura, lo llevo al borde del cadalso, padeció el cautiverio, arriesgó la vida, los bienes y la de los suyos; su gloria es del tamaño de su sacrificio.
A Timotes regresó, maltrecho y abatido, cargado de años y de gloria. Ya muy anciano y achacoso, rodeado de los suyos rindió la jornada de la vida honesta y ejemplar; fue inhumado en la iglesia de Santa Lucía, donde reposa anónimo y sin lápida.
