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8. Ventarrón

839 palabras · 4 min de lectura

Era una mañana nublada y fría de 1947, cuando un personaje se dejaba escurrir por la tapia lateral del cementerio viejo. Ganó la calle de Los Hoyos, y sin ningún recato llevaba terciado al hombro un misterioso costal.

En la cuadra próxima se detuvo; enclenque, barbudo, tambaleante, con aspecto de mendigo. Allí tomo unos sorbos de agua fresca, de la pila que en medio de la calle surtía al vecindario, se persigno y siguió calle abajo. Sorpresivamente se oyeron gritos desgarradores:

¡Ventarrón! ¡Ventarrón! ¡Ventarrón!

Eran aquellos gritos, la peor ofensa que el infortunado anciano podía recibir. Monto en cólera, cambió de colores de blanco a rojo, de rojo a libido; endemoniado profería maldiciones; hacía ademanes con las manos; blandía al aire, su rústico bastón, y piedras rusnaron en dirección al malévolo gritón.

Casi a punto de soponcio, se sentó en la acera, sacó de la pretina una botella de hinojao, se empino varios tragos, y fue recuperando la calma. Renqueando se dirigió a la plaza; se repantigó en un banco sombreado por frondoso pino, y se echó el saldo hinojao que le quedaba en la botella, y se quedó semidormido.

Pompilio y Narcisana, íntimos amigos de aquel desvalido venido a menos no salían del asombro al toparse con Pedro Rafael Márquez metamorfoseado. Pues enérgico, jovial, útil, acicalado vivió sus mejores tiempos, ahora, postrado, con el rostro avinagrado, chaqueta raída, zapatos rotos, sombrero agachapado y un inaguantable tufo a miche y a rancio sudor. Pero todo esto no era lo peor. Lo peor era la pierna enferma, donde la gangrena galopaba, causando estragos irreversibles.

Pedro Rafael, entabló plácido diálogo con los improvistos visitantes, y le dijo a su amiga:

-Narcisana, te recuerdas el día que el Maestro Chente se resbaló en la cúpula de la torre.

-Claro Pedro, -dijo Narcisana-, si de vaina esta vivo Chente.

-Pedro Rafael, muy animado y con cierta sorna le preguntó a Pompillo. ¡Y todavía le charrasqueas el stradivarius a mi amiga Rudecinda; y soltó tremenda carcajada.

-Pompillo, bromeando le contestó; igualito Pedro, a como usted tocaba el saxofón y acompañaba a Julio Urbina con el clarinete; y de ahí salió aquella copla que se convirtió en chacota:

Cuando la rana eche pelos
y el sapo copete
aprenderá Julio Urbina
a tocar clarinete.

Y tres carcajadas retumbaron en la plaza. Avivando los recuerdos, Pedro Rafael se solazaba y repetía, que él era tan buen clarinetero como Nicho Dávila y Hermes Barrios y que cuando Marcos Ramírez estaba chino, él le había adiestrado en el acordeón.

Narcisana, angustiada por el estado desvalido de su amigo, quiso darle algún aliciente espiritual, y le recalco:

“Aquí todo el mundo sabe del sacrificio y abnegación de tantos voluntarios anónimos, que metieron el hombro, el empeño y la fuerza para acarrear toneladas de piedra, tierra, arena, agua, cal, cemento, tablas, listones y mucha voluntad para consumar esa joya preciosa que es la casa de Santa Lucía; y usted Pedro, fue uno de los jornaleros principales, tanto así como la mano derecha del maestro Chente. Y eso tiene mucho valor entre nosotros; y muchas satisfacciones para usted; y un gran mérito ante los ojos de Dios; Pedro Rafael escuchó estupefacto, se atuso el bigote y unas lágrimas vertieron de aquellos ojos grandes, verdes y tristes”. Finalizada la conversación, los contertulios cogieron rumbo, el anciano sin pérdida de tiempo se dirigió al Hotel Miranda, sujetando con ímpetu su caro costal.

Pedro Rafael, llegó al hotel, justo en el momento en que los comensales se disponían a almorzar. Con gran disimulo se ubicó en un rincón, donde sigiloso observaba a cuanto transeúnte entraba o salía; con ojo de buen cubero, divisó a dos jóvenes apuestos estudiantes de medicina en la ULA. Socarronamente los atrajo hacia el rincón donde ocultaba su incógnito costal.

En voz baja y con particular donaire, les ofertó su macabra mercancía. Cerrado el negocio, uno de los estudiantes trajo una caja de cartón; entonces fueron pasando del costal a la caja: un fémur, un peroné, un cráneo, y en fin, toda la osamenta humana que contenía el costal.

Y una moneda de cinco bolívares, cayó en la faltriquera del infeliz anciano. Manoseando la moneda y apoyado en el bastón se fue renqueando sin rumbo cierto.

Gracias a la filantropía de esos condolidos que no faltan en el pueblo, un día lo llevaron al “Hospital los Andes” de la Ciudad de Mérida, donde le amputaron la pierna izquierda. Cuando regresó, expresaba a voz populi su profundo agradecimiento a las hermanitas de la caridad, que muy bien le atendieron durante su hospitalización. Pobre de solemnidad, achacoso, apoyado en muletas recorría las calles sin rumbo fijo…

Un día las campanas de la torre que él ayudó a instalar, doblaron por él. Ramos de hortensias azules cubrieron la urna de aquel desafortunado anciano, que en su juventud aportó tesón y regocijo, voluntad y músculo para darle confort y prosperidad al Timotes de su tiempo; entre acordes luctuosos y con cruz alta lo condujeron al campo santo y acompañado de música bajó a la fosa.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún