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7. Gabriel Fruta

722 palabras · 4 min de lectura

Un canasto con frutas exquisitas, para el particular consumo, no podía faltar en la tienda de Don Yiye, osea de Don Luis Mazzei Segnini. Un día cualquiera de 1935, Don Yiye, sostenía amena tertulia con Castor Alfredo y Elio Amable Rivas Franco, Gabriel Puentes, Gumersindo Franco y Eleuterio Villarreal; todos degustaban las delicias del melifluo canasto; mientras tanto un mozalbete rubicundo, con voz de barítono, pintor de brocha gorda, remozaba las paredes del local, y de vez en cuando estiraba la mano furtiva, hasta el canasto rebozante de chirimoyas de Mucumis, uvas de Italia y duraznos del Salado. Repentinamente Don Yiye exclamo:

Cos`e questo, e morto Gabriel

Inmediatamente, uno de los presentes asentó un certero knockout sobre el abdomen de Gabriel Ruz, y del fondo de su laringe salió como un bólido, la semilla de durazno que le asfixiaba. Desde ese día y por el resto de su vida le fue inseparable el apodo identificatorio y popular de:

Gabriel Fruta

Fue un personaje genial, popular y multifacético. Cuando se aproximaban los días decembrinos, salía armado con hisopo de fique, tobo con lechada de cal y escalera al hombro, para blanquear unas cuantas fachadas de casas timotenses. En las efemérides del pueblo, le daba a la Plaza Paéz un ambiente de feria, pues promovía eventos populares, como: “El palo encebado” piñatas públicas, el cochinito encebado, carreras de sacos. Y terminaba, echando cuentos a locha.

En pueblo rosado, instalo un kiosco, o como decía en jerga nuestra “UN GATO” y le dio el nombre rimbombante de “LOS TRES BATURROS” el cual era muy concurrido; allí vendía chicha, guarapo fuerte, empanadas y otras granjerías, hechas por él mismo.

En los años treinta, se marcho a la Ciudad de los Techos Rojos, y para ganarse es sustento, iba con un carrito de helados trastabillando por las calles de la gran ciudad. Tiempos después quiso cambiar de oficio, fue así como en las grandes mansiones de El Paraíso, zona residencial de la alta sociedad caraqueña de entonces, Gabriel Fruta, se desempeñaba como experto jardinero; supo ganarse la confianza de opulentas matronas, que le asignaron otros oficios domésticos, cosa que le permitió mejorar en sus condiciones de vida.

En los años cincuenta, el punto de referencia de la colonia timotense radicada en Caracas, era el estacionamiento de Pompeyo La Cruz, ubicado en San Martín. Allí Gabriel Fruta, sirvió de guía, a cuanto paisano errante, extraviado, anhelaba encontrar amparo, donde el amigo o el pariente residenciado en algún rincón intrincado de la gran urbe, que se modernizaba y crecía a pasos agigantados. Pues Gabriel Fruta, era baquiano por toda Caracas, y además muy voluntarioso, desinteresado y servicial; él tendió la mano amiga a más de un desvalido que imploró su ayuda.

El rol de “Cuenta Cuentos” fue el que lo consagró en la popularidad, y le dio renombre y simpatía entre sus paisanos. Sus narraciones eran sencillos murales, retablos donde se conjugaban figuras del común, entre los cuales el propio Ruz se ubicaba, tal como Velásquez en las Meninas. Claro está, guardando las distancias entre el Sevillano del siglo XVII, gran señor de la pintura española y en el ámbito mundial crecida su importancia a través de los siglos. Mientras este coterráneo humildísimo, sin más trascendencia que el ámbito local. No obstante, en sus murales cuentísticos, Ruz plasmaba con maestría de consumado artista sus propias vivencias, y sin proponérselo empleaba el método mayéutico, pues interrogaba al interlocutor y abordaba el bien y el mal, la fatalidad, el destino azaroso de la vida y la realidad de la muerte. Era que Ruz tenía genes de Quijote, por sus venas corría sangre de los rucez de épicas leyendas, entre sus antepasados hallábase el afamado y aventurero General Sandalio Ruz. Y en su espíritu había un hálito de aventura subyacente que lo metaformoseaba en un timotense de excepción para desempeñar tareas de buhonero, jardinero, pintor de brocha gorda, torero, promotor de eventos, socorrista de paisanos, cuenta cuentos, y filósofo popular; aunque, quizá él no conoció el historial de los antiguos griegos, ni supo nunca del sorbo de cicuta que ingirió Sócrates; como tampoco imaginó jamás, sobre la fatal jugada que el destino le tendería en una esquina luctuosa, de la Plaza Bolívar de su entrañable Timotes, donde en percance fortuito expiró con el alma limpia y la cara al cielo.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún