ParameríasEl páramo, lo más bello de Venezuela

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10. La Cenicienta

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Timotes ha sido siempre
de Mérida cenicienta
poco se le toma en cuenta
pues su cuna es el olvido.
Jerónimo González.

El páramo de El Aguila, a 4.118 msnm; antiguamente conocido como el Páramo del Tuerto, es un murallón yermo, que se interpone entre la ciudad de Mérida y el pueblo de Timotes.

La ciudad de Mérida, es una de aquellas ciudades fundadas en la segunda mitad del siglo XVI, por capitanes venidos de la España conquistadora; tal como ocurrió con Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, etc. Es Mérida una ciudad goda por excelencia, colmena de aulas universitarias; relicario de cultura en los andes venezolanos; ciudad arzobispal y capital del Estado del mismo nombre.

El pueblo de Timotes, es uno de los tantos pueblecitos incrustados artísticamente en los repliegues de la cordillera andina, fundados por frailes agustinos a principios del siglo XVII.

Para los aborígenes, este páramo fue un pasadizo de difícil acceso, tanto por la misteriosa soledad, el frío intenso, las borrascas aterradoras, los truenos aturdidores, el mal de páramo; como también por las superticiones que ellos tenían sobre los arcanos de las alturas, de los ados, de los duendes, de los encantos. Y para conjurar tantos temores, ocultaban ídolos y objetos religiosos en grietas y cuevas parameras.

Los conquistadores en su afán de conseguir oro, adueñarse de tierras y esclavizar aborígenes; improvisaron atajos que luego originaron el muy trajinado Camino Real; con una longitud de 115 Km. Que uniría a ambas poblaciones. Y anexaron la región de Timotes a la jurisdicción de Mérida.

Durante siglos, los transeúntes de este Camino Real se aventuraban a repecharlo, con temores a perecer de soroche, a cruzar el trayecto solebroso, comprendido entre San Rafael y La Venta; y al riesgo de enfrentar a los salteadores de caminos.

Por lo tanto, no era nada halagüeño para los personajes gubernamentales, militares, eclesiásticos y comerciantes, trasladarse por tan sigiloso sendero y vivir odiseas inciertas para llegar a un pueblo olvidado y escondido tras de un frío murallón. Así desde tiempos lejanos Timotes vivió aislado de su centro de poder; ya por lo intrincado del camino; ya por la desidia de gobernantes ineptos y sin memoria a la hora de elaborar presupuestos, a la hora de dotar recursos para resolver las necesidades básicas. No así les fallaba la memoria para acomodar a sus adlateres como jefes civiles, secretarios, jueces, preceptores, fiscales de renta de licores, jefes de policía, etc.

A través de la historia el desden ha sido manifestado, el pueblo ha sido postergado y el título de Cenicienta, le viene como el anillo al dedo.

Muchas esperanzas emergieron en 1925, cuando la trasandina reemplazó al Camino Real; porque se pensó, que estaban resueltas todas las vicisitudes que reservaba el Camino Real; ya que el confort de los vehículos protegerían al pasajero de las inclemencias del páramo. Pues no serían pocas las peripecias que ahora irían a confrontar los usuarios de la trasandina; tales como los desperfectos mecánicos en plena soledad del páramo; el letal anhídrido carbónico, expulsado por el tubo de escape, que en algunos casos penetró dentro de vehículos ocasionando la muerte de pasajeros. Y los volcamientos fatales, poblaron de cruces los bordes de la carretera; en Cruz Chiquita, la cuneta parecía un cementerio. Por otra parte la rarefacción del aire causaba serios inconvenientes a los viajeros con deficiencia respiratoria.

Todo demostraba que las dificultades para trasponer el yermo murallón estaban presentes y amenazantes en la joven carretera; y que el inmutable Timotes, continuaba en el aislamiento de siempre.

Al lado de acá, del frío murallón, se da un notable caso de geopolítica; pues la región de Timotes se ubica en la cuenca del Motatán, que ligero y sin obstáculos se desparrama aguas abajo en busca de Valera.

Valera es una joven ciudad; ni capitanes, ni frailes, tuvieron la tarea de fundarla. Fue a comienzos del siglo XIX, cuando en los predios de Doña Mercedes Díaz, se inició el casco urbano de la ciudad, que en tiempo récord sería uno de los polos de mayor importancia comercial en los estados andinos. Su posición geográfica, sus espacios para crecer y su fluida simbiosis comercial con Maracaibo y Barquisimeto le han permitido desarrollarse como estupendo núcleo comercial que aglutina a más de veintidós pueblos a la redonda y le ornan como satélites en permanente simbiosis económica y social. Y por su puesto la órbita de Timoteo le es espontánea, diaria y continua.

Para viajeros que en Timotes se enrumbaban aguas abajo, por el Camino Real, en busca de Valera, nunca fue una odisea aquella ruta. Llegaban a Villa Mercedes, repechaban la cuesta de La Mocotí para salir a La Lagunita, luego bajar por el valle del Momboy y por el trayecto de Carmania entrar en Valera.

En 1887, el Doctor Juan Pablo Rojas Paul, Presidente de la República, asignó dos mil pesos, para el mejoramiento del camino Valera-Timotes. Entonces el trayecto se acortó, por cuanto trazaron el tramo El Cumbe Villa Mercedes, bordeando el río; hubo necesidad de colocar cinco puentes; así se aminoraba la jornada entre las dos poblaciones.

En 1923, con la apertura de la carretera trasandina, siguiendo siempre la dirección del Camino Real, se dio un paso trascendente en la intensidad y fluidez del intercambio comercial de ambas poblaciones.

Y en la década de los años cuarenta, una vía alterna a la trasandina de sólo 54 Kms., va a dar un nuevo impulso a la interrelación comercial, social y turística de Timotes con la región de Valera. Pues se abría la variante Mendoza Fría, La Puerta, Timotes. Ya no eran los trazos hechos a ojo de buen cubero, ni a punta de pico y pala, como se hacían las trochas en el pasado; ahora eran trazos, hechos por ingenieros, topógrafos, maquinistas y expertos, que con pujantes Caterpillers iban a rebanar riscos y laderas, para enlazar a Valera con Timotes, mediante una carretera descansada y de líneas moderadas.

Atravesando a lo largo el valle del Momboy, en medio de exuberantes cañamelares. Para luego enfilarse por las inexpugnables laderas de El Horno, bordeando taludes perpendiculares y precipicios considerables. Aquí la vista del viajero se recrea contemplando el inmenso panorama que alberga a las poblaciones de Jajo y La Mesa de Esnujaque, y las majestuosas cimas de la cordillera.

Esta carretera, dio paso a comparsas de turistas, que en busca del clima, de sosiego y descanso llegaban a Timotes. Y disfrutaban del ambiente, de la hospitalidad nuestra; pues vacacionaban en hoteles y pensiones que entonces estaban disponibles: el Hotel Aliso, el Parck Hotes, administrados por alemanes; el legendario Hotel Méndez, de Don Pablo Méndez, el Hotel Miranda de Don Miguel La Riva, el Hotel Continente de Don Guillermo Espinoza; la Pensión Portuguesa, de María Cardoza; la Pensión, Buenos Aires de Pedro Onésimo Araujo; el popular Restaurante, de la Señora María Candida Santiago; y en pie de cuesta la pensión de Epifanio Linares; y en Pueblo Rosado, el restaurante La Gran Parada Andina, de Don Pío Rondón.

En la actualidad el turismo se ha incrementado, y una flota de transporte colectivo, traslada diariamente pasajeros y carga, estrechando cada vez más los vínculos de estas poblaciones.

Todo esto demuestra como Timotes se ha familiarizado con toda la región acá del Páramo de El Águila; y no así con la parte de allá, que le es distinta y distante. Pues queda claro que en lo económico y sentimental Timotes ha sido un enclave valerano en el páramo merideño.

Con el paso de los tiempos, el páramo del Águila, en vez de horror causa admiración. Su panorama infinito, sus cumbres majestuosas, sus nevadas eventuales, su neblina impoluta, todo, todo un concierto de la naturaleza para recreación y deleite de quienes suben a conocer el frailejón y a regodearse con el frío glacial de su hermosa cumbre. Ya las leyendas de encantos y ados, pasaron al folclor; porque la carretera asfaltada, la electricidad, el tráfico constante y los turistas domeñaron el páramo.

Aunque el comercio de Timotes con Mérida es poquísimo, por no decir que nulo; sabemos y entendemos que son los vínculos de la juridicidad los que nos unen con la ciudad capital del Estado; son las razones sociales y políticas las que nos generan el gentilicio merideño…que tanto nos honra, nos enorgullece y nos blasona, a sabiendas de que Timotes, ha sido siempre de Mérida, cenicienta.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún