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10. Los Cuentos de Hipolito Lapa Villarreal

1.688 palabras · 8 min de lectura

Hipólito “Lapa” Villarreal, fue un personaje muy popular en el Timotes de los años cincuenta y sesenta, vivía por los lados del cementerio viejo y era reconocido por sus exageradas inventivas y sus cuentos increíbles. Hermano de Don Isidoro Villarreal, trabajaba sus tierras, en compañía de dos perros criollitos, conocidos como Copito y Chipola, quienes le ayudaban, según contaba con picardía, en todo. Cuando se le quedaba el chimó en su casa, uno de los perros iba a buscarlo y lo traía en el hocico. Era protegido de Cristino Lobo, a quien consideraba y respetaba. Entre sus cuentos más recordados, destacamos los siguientes:

Las Torcazas

Contaba que en cierta ocasión, se fue al zanjón de Zaraza a cazar torcazas, le acompañaban sus fieles guardianes, los perros Copito y Chipola. Aguardaba “mascandito” chimó, a la espera de las aves que llegaran a posarse al frondoso uvitón para dispararle, con su escopeta y tumbar alguna. De repente, llegó una bandada de torcazas o palomas de monte, lo que obligó a Hipólito “Lapa” a preparar la carga de plomo y pólvora para tirar sus presas y cazar alguna pero como observó tantas pero tantas, en el árbol, pues prefirió pelar por un hacha y decidió cortar el árbol y traerse todas las torcazas.

La Escopeta

En cierta ocasión salió de cacería para La Yerbabuena, fue en busca de alguna lapa o pava de monte. Subió las montañas pausadamente, acompañado de sus fieles amigos Copito y Chipola, a quienes mandó adelantarse. Cuando llegó bien lejos, de inmediato, los perros ya habían encerrado una lapa, bien bonita, y él bajó hasta la entrada de la cueva y le pegó un tiro y listo, tenía resuelta la comida para varios días, porque la presa era bien suculenta. Ante tanta emoción, acomodó en un “costal” su presa, se la terció al hombro y fue bajando lentamente, mientras los ladridos de los perros daban señal que había más cacería pero Hipólito sentenció en voz alta: “vámonos que ya cazamos, vámonos Copito, vámonos Chipola, vámonos, vámonos” y seguía caminando montaña abajo. Cuando llegó a las orillas del río Motatán, se lamentó diciendo: “Carayyyy, no joda! dejé la escopeta” y llamó de inmediato a los perros y les ordenó rigurosamente que fueran rápido hacia donde habían sacado la lapa, a buscar la escopeta que él los esperaba sentado. Paso largo rato, a lo lejos se escuchó un disparo y exclamó agarrándose la cabeza: “ayy ayy ayy se me mataron los perritos”. Decía, que al cabo de casi una hora, llegó Copito con la escopeta en el hocico y la Chipola jalaba otra lapa que habían cazado, a lo que Hipólito exclamó con picardía: “Que tronco e´perros tengo, valen oro”.

El Tigre

Contaba que en cierta ocasión, se fue a cazar por los lados de la quebrada El Cacho, iba muy entusiasmado, comía chimó y acariciaba a sus perros, cuando de pronto vio un tigre que venía. Dijo en voz alta “hay Copito, allá viene un tigre, prepárense por si hay que correr”. Efectivamente, el tigre los “venteó” y se les pegó a la pata, les estaba siguiendo. A Hipólito “Lapa” y sus perros no les quedó otra que aligerar el paso, a lo que el tigre también caminaba más rápido. Cruzaron una quebrada, el tigre también la cruzo y los tenía muy cerca. Saltaron una piedra y el tigre también salto, volvieron a cruzar las aguas de la quebrada y el tigre también hizo lo mismo. Decidido los seguía y nuestro personaje, ya cansado no sabía qué hacer, cuando de repente vio un gran chorrerón y grito: “Copito, Chipola, vengan, vengan rápido”. Los perros obedecieron moviendo la colita y se internaron en las aguas frías y como pudieron comenzaron a trepar entre peñascos y cascada hasta salvar el obstáculo y coronar la caída. Miró hacia abajo y vio que el tigre también estaba haciendo lo mismo y que estaba subiendo, a lo que decidió sacar el machete y de un solo machetazo cortó la cascada y esta se llevó al tigre con todo y agua y así fue la única forma de salvarse del tigre que los persiguió durante horas.

Qué Madre Culebrón

Contaba que una vez se fue a viajar para Los Teques, iba como acompañante de Cristino Lobo, quien debía traer una carga desde esa ciudad del centro del país. Un poco antes de Los Teques, dizque se consiguieron con una culebra muy gruesa y larga que estaba atravesando la vía pero Cristino le pasó por encima y siguió como sí nada. Fueron hasta el lugar de destino, cargaron el camión internacional y dele de regreso. Decía Hipólito “Lapa” que justo cuando pasaron nuevamente por el sitio, la culebra todavía estaba pasando, no había terminado de cruzar, a lo que dijo: “Qué madre culebrón era, sino pregúntenle a Cristino”.

El Tiro

Decía Hipólito “Lapa” que en cierta ocasión, llegaron las tropas de los Araujo de Jajó, a formar el “vergero” en Timotes, a lo que el jefe civil, llamó a muchos voluntarios y en poco tiempo, salieron unos cuántos paisanos a defender la plaza de Timotes. Hipólito “Lapa” como tenía su escopeta, decidió alistarse y se instaló en las inmediaciones de la plaza, bajo las órdenes del General Sandalio. De repente, en las montañas de San Antonio, allá en Santa Cruz de Mijará alta, se lograron ver los primeros movimientos de los soldados invasores. Hipólito midió, con su ojo de águila, desde la plaza a uno y lo tuvo a tiro de escopeta y de repente pum, pum, pum disparó, detallando en instantes que su disparo había dado en el blanco y que allá en San Antonio había caído uno. Este disparo originó la huida inmediata de las tropas de los Araujos porque pensaban que nadie salía a defender pero cuando se dieron cuenta de la puntería que tenían los paisanos prefirieron huir cargando con el cuerpo del herido.

Aprieto y ahorco

Cuentan que Hipólito “Lapa”, llegó cansado de su jornada de cacería, por las montañas de Timotes pero llegó con las manos vacías y hambriento. De inmediato, se percató que no había qué comer y comenzó a lamentarse en voz alta: “Copito, Chipola, está verga si está dura, ya no hay que cazar en las montañas, se acabó la cacería, no hay nada que comer, que vida tan dura”. Y para no llorar delante de sus perros, salió a las afueras de su casa a liberar su frustración. Cuentan que se metió las manos a los bolsillos del pantalón, los cuales estaban fríos y vacíos, y dizque apretaba y apretaba y apretaba y seguía apretando muy duro. De repente dijo para sí: “y qué será esto que aprieto y aprieto tanto?”. Miró sus manos y se dio cuenta que tenía una moneda de plata de un bolívar, por lo que decidió apretar y apretar más duro y cuando miró nuevamente se dio cuenta que estaba literalmente “ahorcando a Bolívar y que este tenía la lengua afuera”.

Chicha con perros

Dicen que entre las paraduras de niño más famosas de Timotes, estaba la de Hipólito “Lapa” Villarreal, a la que acudían diversos invitados y curiosos, así como algunos “jodedores” y muchachos malcriados. En cierta ocasión, y en plena fiesta del niño, alguien vio que había una perra paría con sus perritos recién nacidos y muy cerca estaba la olla de chicha que sería repartida a los presentes. Hipólito permanecía vigilante y atento al desarrollo de la fiesta, eran los tiempos en que los dueños de casa, botaban la casa por la ventana, ofreciendo de todo, incluso nadie se iba sin degustar una buena comida y unos cuantos tragos de miche con miel de abejas. Al menor descuido de Lapa, uno de los jodedores agarró tres perritos y los echó entre la olla de chicha y se retiró disimuladamente, nadie se dio cuenta de la acción malintencionada. Vino la adoración del niño y el brindis a los presentes mientras los morteros reventaban en el cielo, cuando Hipólito Lapa decidió repartir la chicha de maíz, levantó la olla hacia la mesa y comenzó a revolver con un cucharón de madera pero se dio cuenta que algo pesado estaba dentro, cuando miró bien, precisó los perritos flotando, sin vida entre la chicha. También supo disimular y siguió revolviendo como si nada pasara, y comenzó a servir y él mismo decidió repartir la chicha entre los presentes. Cada quien agarraba la chicha y comentaba su sabor exquisito hasta que llegó a un grupito que se negaron a tomar la chicha, Hipólito insistió pero estos no quisieron hasta que se molestó y los corrió de la fiesta porque si no recibían era porque sabían y por lógica eran los responsables de introducir los perritos en la chicha andina.

Gallina y Patos

Cuenta Antonio Hernández que ese mismo grupo de jodedores, planearon robar en el corral de Hipólito “Lapa”, quien tenía buenas gallinas en el solar de su casa. Llegada la noche, los mencionados consumaron su propósito ante los latidos insistentes del Copito y Chipola que intentaron en vano despertar a su dueño pero no pudieron evitar que cargaran con una gallina, un pato y una pata, los cuales fueron a parar, esa misma noche, en la olla sancochera de la cocina vieja de Antonio Hernández. Entre chistes y tragos de miche claro, transcurrió la noche y de la gallina y los patos solo quedaron las plumas y el exquisito recuerdo. A la mañana siguiente, el primero en llegar al negocio de víveres de Antonio, fue Hipólito “Lapa”, quien sin saludar y con cara de molestia comenzó a soltar puntas: “a jijueputas sinverguenzas, por aquí veo las plumas, aquí vinieron a parar la gallina y los patos, ahhh rigorrr”. Antonio negó cualquier vinculación con el hecho y replicó desconociendo situaciones. Hipólito “Lapa” que no era ningún tonto, siguió lanzando sus convicciones y dijo en voz clara: “Ayyy lo que más lamento es que me le dieron marihuana a la cochina, porque desde esa noche, la cochina no puede ver un chicote en el suelo porque en seguidita se lo dice a fumar y fumar”.

Jesús María «Chuma» Espinoza Marín · Desde mi casa a la plaza