11. Los Cuentos de Don Florencio
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Don Florencio, fue uno de los personajes más influyentes del Timotes antañón. Durante décadas, marcó la dinámica económica, social y política del terruño. Destacó como próspero comerciante, prestamista, hombre público que desempeñó funciones en el concejo municipal, esposo, padre de familia y muy cristiano, de los que asistía todos los domingos a misa, a las fiestas de guardar y a todas las actividades religiosas del pueblo. Tan es así, que contribuyó, sobremanera, con aportes para que nuestra iglesia fuera embellecida de diversas maneras, contándose como la persona que costeó en el año 1944, la particular capillita de San Benito, la que destaca, artística y límpida, en el ala derecha de la basílica menor de Santa Lucía.
Don Florencio a lo largo de los años, gracias a sus habilidades para el comercio, logró acumular una gran fortuna, convirtiéndose en uno de los más ricos personajes de Timotes. Esa riqueza, la obtuvo comprando y vendiendo víveres y productos agrícolas, queso criollo y ganado, bienes como terrenos, casas y otros, en su aposento de habitación y en su local comercial, conocido como “La Melodía”, a lo largo de muchos años. Parte de esa riqueza, la guardaba celosamente en agencias bancarias de Mérida, porque siempre viajaba a la ciudad, donde también adquirió propiedades. Gracias al capital acumulado, constante y sonante, en monedas de oro y plata, entre ellas las famosas morocotas, se convirtió en prestamista. Su metodología de trabajo, podemos resumirla en los siguientes términos: si alguna persona necesitaba dinero efectivo para comprar arreos de mula, animales, cosechas, casas o tierras, acudía, respetuosamente, hasta la casa de Don Florencio y este lo atendía. Escuchaba muy atento la solicitud y aprobaba, con gestos moviendo la cabeza o sobándose el largo bigote, pero también pelaba por un cuaderno donde anotaba detalles de la transacción o los compromisos realizados. En dicho cuaderno, constaba cuánto dinero entregaba a satisfacción del solicitante, cuánto sería el interés a pagar y el día/año/hora en que tenían que llevarle el dinero de vuelta. Claro, ésta negociación, implicaba obligatoriamente de un buen respaldo con un fiador de su confianza o la garantía de algún documento que el solicitante dejaba muy confiado. Situaciones como estas, se daban en buen número, lo que permitió, al personaje, hacerse de una gran fortuna porque muchos ciudadanos no podían cancelar a tiempo y perdían sus bienes a costa de los intereses que la mayoría cancelaba. Dicen que cuando el interesado era buena paga, este se escondía el día que le tocaba recibirlo para después regatear y entablar pleito por el supuesto retraso, lo que le generó diversas situaciones incomodas y una mala fama que muchos comentaban en plazas y esquinas. Tal vez por eso, en una misa de domingo, Don Florencio, acompañado de su esposa, escuchaba atento, el sermón que desde el púlpito, ofrecía Monseñor Buenaventura Vivas, cuando comenzó a escuchar que alguien lo ofendía. Un tanto, más atrás, de donde él permanecía. Juan, le decía desde atrás: “Don Florencio fariseo, usurero, ladrón, corrupto, ladrón de pobres, católico falso, ladrón”. Algunas de las personas escuchaban atentas, tanto las frases de las sagradas escrituras como las ofensivas palabras de don Juan que permanecía, invariable, con su actitud, lanzándole improperios a Don Florencio, quien armado de paciencia pronunciaba oraciones para no formar un escándalo en la casa de Dios. Pero fue tanta y tanta la insistencia de Juan, repitiendo lo mismo: “Don Florencio ladrón, usurero, corrupto” que este no se aguantó, de repente volteó y le lanzó un solo golpe que se estrelló en la cara de Juan, tumbándolo largo a largo y sacándole sus dientes, ante la sorpresa de muchos y la burla de otros que desatendieron al prelado para presenciar el desenlace de las ofensas. Don Florencio se retiró en el acto, ofreciendo disculpas y a Juan lo sacaron en peso para la plaza mientras volvía en si del coñazo recibido.
Otra de las acciones practicadas por Don Florencio, fue que como conocedor de los contenidos del Registro Público, en su condición de funcionario, cuando alguien fallecía por enfermedad, se apoderaba de sus bienes al comprobar que no tenía descendientes ni dolientes, alegando que el difunto o difunta mantenía una deuda con él y no la había cancelado, por supuesto que nadie se atrevía a reclamar o poner en duda la palabra del caudillo que dominaba la vida del poblado. Algo parecido sucedía cuando en una familia, cualquier integrante caía enfermo, este lo atendía a través de terceras personas, le ayudaba con medicinas y comida hasta que fallecía, incluso costeaba todos los gastos fúnebres desde el ataúd hasta la mortaja, procediendo luego a reclamar los gastos sufragados. Muchos no podían pagar la deuda que algunas veces desconocían y por consiguiente, perdían todo lo que tenían, a otros no les quedó que salvar su casita o pedazo de tierra pero tenía que dedicarse a trabajar, durante largo tiempo, como conchabao de Don Florencio para cancelar las deudas familiares.
Así mismo, a las viudas, solteronas, personas con discapacidad, les llevaba en tiempos de semana santa o navidad, algunos “corotos” o alimentos, telas para sus prendas de vestir y zapatos y cuando menos lo esperaban, se aparecía con su libreta a reclamar la deuda, lo que originó que muchos perdieran la totalidad de sus bienes, ante la complacencia de las autoridades y la impotencia de no poder hacer ningún tipo de reclamo, recordemos que esos caudillos encarnaban la autoridad y sus leyes y nuestro pueblo era respetuoso y a la vez ignoraba, gran parte de las cosas que ellos si aprendieron para obrar en contra de sus semejantes y sumirlos en la desgracia.
Finalmente de Don Florencio, podemos decir que sólo tuvo una noche de bodas, con su esposa legítima, porque según cuenta la tradición oral, el mencionado dizque se gastaba un miembro viril muy exagerado y la noche de su luna de miel, dicen que martirizó demasiado a su esposa, lo que obligó a la señora, hacer votos de castidad y cuidarse en el embarazo, porque salió de inmediato embarazada de su único hijo, y a negarse, posteriormente, a mantener intimidad con su esposo. A cambio, la doña le permitió tener todas las mujeres que quisiera pero con prudencia, porque ella cumpliría todas las obligaciones de esposa, menos la entrega sexual, así dicha dama se dedicó a las labores de la iglesia y se entregó totalmente a la vida cristiana porque había “jurado” que de “aquello nada”, que no volvería a tener intimidad con su esposo Don Florencio.
Dicen que en sus últimos años, Don Florencio se dedicaba, a asolear las morocotas y a pasear en su coche negro para la ciudad de Mérida, donde siempre tuvo, a buen resguardo, sus tesoros acumulados durante años, los cuales derrocharon inclemente sus nietos en otro tiempo. Por cierto, dicen que una vez viajaba con su esposa por el páramo pero no miraba para los lados y como había tantas curvas, en una de esas se le salió la doña y no se dio cuenta y siguió la marcha hasta que se detuvo más adelante a “echar gasolina”, ahí fue cuando se dio cuenta que no estaba su acompañante y rápido se devolvió a buscarla y la encontró, golpeada, tiritando y asustada, en un cercado de piedras del páramo. No lo conocimos físicamente, esta nota, se elaboró en base a los cuentos del colectivo.