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12. La Revolución Liberal Restauradora

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Se corrió el rumor, que se aproximaba al pueblo, una mesnada de bárbaros, que machete en mano, degollarían a hombres, violarían a las mujeres, que el saqueo y el pillaje estarían a la orden del día, que harían aprehensión de reclutas para carne de cañón.

El terror cundió por todas partes; cofres con prendas y botijas repletas de oro, fueron enterradas. Bestias y reses fueron llevadas a escondrijos seguros. Mozos reacios a la recluta, huyeron despavoridamente. Por los caminos de El Paramito y por Las Porqueras, desfilaron respetables matronas con sus núbiles hijas, en pos de refugio, para salvar sus vidas y preservar su honor. Señores importantes se camuflajearon, para ver pasar como espectadores lejanos, al hombre de Capacho.

A las nueve de la noche, del 13 de agosto, entró en Timotes un pelotón de reconocimiento al mando del Coronel Miguelon Contreras, activo jefe de la vanguardia castrista. Los jefes revolucionarios pernoctaron aquella noche en Chachopo.

Valdría decir aquí, que nunca es el tigre como lo pintan; pues no sería aquel ejército de hermanitas de la caridad, pero tampoco una mesnada de bárbaros. En Timotes fueron bien recibidos por Don Pepe Espinoza, castrista confeso; además aquí se enrolaron al Ejercito Liberal Restaurador, un nutrido número de timotenses, entre quines se contaban:

Araujo Ricardo Paredes Natividad
Briceño Teodoro Paredes Mercedes
Escalona Jesús M. Peña Pedro
La Cruz Alfredo Ramirez José G.
Villarreal Ismael Rivas Juan

El 14 de agosto de 1899, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, con su escaso y maltrecho ejército salieron de Timotes para La Mesa de Esnujaque. Ese paso apresurado y lleno de rumores tenebrosos, genero en Timotes tres anécdotas, que desmienten lo de “barbaros” por cuanto no hubo saqueos ni degollinas ni violaciones; si hubo benevolencia.

PRIMERA anécdota.- Escribe el doctor Roberto Vetancourt, en su best seller TIEMPO DE CAUDILLOS 2º Edición Pág. 176.

“Estaban en Timotes, a pocos pasos de La Raya de Trujillo. Ya eran algo más de mil, pero tenían por detrás un ejército de cinco mil y adelante quien sabe cuantos. En una improvisada oficina de campaña, don Juan Vicente Gómez, rico hacendado tachirense, general novato entonces, y ocupado en la logística de la tropa Restauradora, fue sorprendido por las reclamaciones que en tono alterado hacía Don Domingo Balestrini, un inmigrante italiano, acomodado comerciante del lugar.

Irritado, las palabras castellanas se perdían en una hemorragia de frases confusas.

- Qué le pasa al amigo jurungo, tranquilícese, dijo el general.
A duras penas pudo explicarse: le habían confiscado una mula
de silla en forma arbitraria.
¿Cuanto vale la mula?
¡Una morocota!

Gómez abrió la blusa, llevó la mano a la faja y abrió la cáchara donde guardaba el dinero, sacó una morocota, se la dio al italiano y vuelto al que hacía las veces de secretario le dijo:

Haga un recibo que va a firmar el amigo furungo por una morocota, valor de una mula que nos vendió.

El reclamante se deshizo en manifestaciones de agradecimiento y poco después diría a su esposa, también italiana:

Emma, questi Táchira noo sono come aquilli di Morales, di uno anno fa, ladri benditi, i l General Gómez é uomo serio, arriverá piu lontano perche paga quello che deve.

Emma, estos tachirenses no son como aquellos de Morales, de hace un año, ladrones y bandidos. El General Gómez es un hombre serio, llegará muy lejos porque paga lo que debe”.

SEGUNDA anécdota.- Es inédita y narrada por mi padre en las tertulias de sobremesa. Contaba él, que su abuelo Miguel Carrillo, le ordenó al macoreto, ocultar su caballo de silla, allá en la caballeriza de Don Jerónimo Baptista en Quindora, para ponerlo a salvo de las tropas que se avecinaban y con toda seguridad se lo apañarían de cualquier manera.

El caso es que al regresar, aquel macoreto por demás ingenuo, lo atrapa la vanguardia de Miguelon Contreras, y lo interrogan:

¿Cómo se llama el amigo?
Yo soy, fulano de tal Carrillo.
¿Y de donde viene ahora?
¡Vengo de esconder el caballo de mi hermano Miguel,
en Quindora!
- Pues usted está detenido, y va con uno de nosotros a buscar,
ese caballo que tiene escondido.

El atemorizado macoreto, aprovechó un descuido de sus captores y con toda osadía se precipitó sobre la ciénega, que en ese tiempo ocupaba el terreno comprendido entre la bomba de gasolina de Leonidas Cols y el molino de los Mazzei y se extendía hasta la playa del río. Rápidamente el fugitivo ganó la playa y se volvió perdedizo, milagrosamente y así salvó la vida y salvó el caballo.

TERCERA anécdota.- Habian repechado la cuesta de La Mocotí y acamparon en La Puerta, ya proximos a entrar en Valera. En Carvajal se hallaba el ejercito enemigo, comandado por el Doctor y General Leopoldo Baptista.

Era el domingo por la tarde, de aquel 15 de agosto de 1.899, cuando la Sra. Prudenciana Villarreal, llorosa atribulada y sumamente impaciente, se presento al campamento del Ejército Liberal Restaurador, después de haber cruzado las decenas de kilómetros, que median entre Zaraza de Timotes y la plaza de La Puerta.

Imploró, la Sra. Prudenciada, ser oída por el Jefe Revolucionario; de súbito se vio de frente con la figura imponente y avasallante de Juan Vicente Gómez, a la sazón, segundo jefe del ejército.

¿Por qué llora la Señora, cálmese, en que puedo servirle?

Con frases entrecortadas, tanto por la angustia que le embargaba como por el ajetreo de la larga caminata, dijo:

¡Es que me han reclutado al muchacho, hijo único, está muy jojoto todavía de sólo quince años, siete meses y diez días de edad!

¿Cómo se llama el muchacho? Preguntó el general.
¡Se llama, Ismael Villarreal! Respondió la madre.

Lo buscaron en la retaguardia del ejército, donde iba un contingente de mozos imberbes, entre quienes se encontraban Carmelo y Pedro Castro Ruiz y Eleazar López Contreras, no estaba allí el muchacho timotense.

Fue localizado en la plaza, custodiando el armamento de la tropa; de ahí lo llevaron a presencia del General.

El General Gómez lo miro escrutadoramente y con su característica benevolencia exclamo:

¡Este tarajallo, está muy pichón todavía, lléveselo Señora y no llore más!

La madre y el hijo, salieron alegres, sonrientes y sumamente complacidos. De inmediato regresaron a Timotes.

Un mes después, el Ejército Liberal Restaurador, se cubría con laureles de victoria, en la Batalla de Tocuyito. Y el 22 de octubre amarraron sus cabalgaduras en las barandas de la plaza Bolívar de Caracas, entonando con infinita gallardía el coro castrista:

Nuevos hombres
Nuevos ideales
Nuevos procedimientos

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún