16. San Francisco parrandero
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GIOVANNI DI PIETRO DI BERNARDONI, OSEA SAN FRANCISCO DE ASIS
De media noche para el día, en una noche sin luna, oíase a lo lejos la elegía constante y lastimera del búho, mientras en el patio trasero de la iglesia ocurría un espectáculo sacrílego, avieso y furtivo; pues uno, o unos trasnochadores saltaban la tapia más baja, para sustraer del rincón del olvido el carapacho de un santo abandonado; el cual era, una armazón de madera revestida con una sotana raída de monje franciscano y rostro de yeso, que representaba la efigie de un santo varón de la iglesia. Con todo sigilo lo trasladaron hasta la barbería de Dionisio Gutiérrez, lo recostaron en la puerta y le colocaron un cartel en el pecho que decía: AQUÍ VENGO NICHO,
PARA QUE ME PONGAS BUENMOZO.
Al clarear el día, los vecinos hicieron el hallazgo, entre ellos una anciana, camándula en mano, algo encorvada, atapuzada de prejuicios y de chimó. Su apariencia no mentía; era el prototipo fiel del personaje pueblerino y ruin escaso de inteligencia y preparación, pero hábil en el arte de enlodar reputaciones. Ella vociferaba con diapasón de búho: ¡SACRILEGIO, SACRILEGIO… QUE VENGA EL PREFECTO, QUE VENGA EL CURA, SE ESTAN ROBANDO LOS SANTOS DE LA IGLESI, LOS DEMONIOS ANDAN SUELTOS, SOBRE EL PUEBLO CAERÁ UN CASTIGO APOCALIPTICO, QUE DIOS SE APIADE DE NOSOTROS, MISERICORDIA SEÑOR!!!
El escándalo cundió por todas partes y causo consternación, las campanas tocaron arrebato; y cuanto santurrón pasaba frente a las casa de algún sospechoso, se persignaba y clamaba el cielo castigo inquisitorial para los sacrilegios, herejes, infieles y malos cristianos que se habían robado el santo. Esta versión fue la comidilla que durante décadas, pregonaron beatas y fariseos con su peculiar idiosincrasias, para demonisar a los presuntos culpables.
Días después se conoció, que un grupo de jovenes, provenientes en su mayoría de familias bien constituidas, de raíces católicas, apegadas a las buenas costumbres y las sanas tradiciones, andaban esa noche de parranda al típico estilo nativo; y no falto quien les endilgara responsabilidad en el caso del santo sustraído. Esos jovenes eran asiduos parranderos; y no era raro oírlos por las noches entonar al acorde de sus sonoras guitarras, un derroche de tangos y rancheras, al frente de ventanas donde se disimulaba la faz de hermosísimas muchachas casaderas.
Estas consabidas parrandas, tenían por lo general un término común, cual era el de degustar deliciosos y suculento sancocho de pica tierra, ya en horas de la madrugada; y así, amortiguar los múltiples sorbos de caña clara con miel de abeja, que durante la noche confortaron con entusiasmo y la alegría del jolgorio. Se dijo que por los lados de la plaza Páez aquella noche, alguien había saltado una alta tapia, para alcanzar debajo de un duraznero, la robusta changa que daría el caldo espeso. Amaneciendito estos parranderos llegaron a LOS JARDINES y se aprovecharon de un descuido de las hermanas Barrios; pues mientras las negra Vicenta atendía la cocina y Sofía acomodaba el bar, se robaron al Dios Niño del Pesebre y desaparecieron.
El robo del niño y el robo de la gallina, son el binomio, que desde los albores del pueblo expresan acciones típicas y tradicionales. Como será de cierta esta afirmación, que desde los más humildes hasta los más conspicuos coterráneos, de generaciones pretéritas hasta la nuestra, tenían en su haber un rosario de anécdotas, donde ellos habían protagonizado en ambos menesteres, y eran tajantes al sostener el parentesco entre uno y otro caso. En el caso el Niño, era una devoción de tinte religioso con fines festivos; y en el caso del robo del gallina, nunca tuvo el sentido de una acto delictivo, muy por el contrario, era también un fin festivo muy jovial; donde generalmente participaban como comensales, tanto víctimas como culpables. Y en la próxima parranda los términos podrían estar invertidos, porque las victimas de hoy pudieran ser los culpables de ayer y viceversa; siempre en un ambiente fraternal allí se anudaron los mejores lazos de camaradería.
Esa noche de parranda hubiese sido simplemente, una más de las innumerables que en el pueblo hubo. Pero no fue así; porque trascendió y causo furor. Claro está, que no por el robo de la gallina, ni por el robo del niño, sino por el muy singular robo de la efigie de don GIOVANNI DI PIETRO DI BENARDONE más conocido como San Francisco de Asís.
Después de todo, debería sentirse muy feliz San Francisco. Porque él también fue parrandero en sus años mozos allá en su Umbría natal en la ribera del Tiber. Así cuenta uno de sus mejores biógrafos, el reverendo Giovanni M. Colasanti. ”Francisco conquisto la simpatía de sus contemporáneos que lo aclamaron Rey de sus fiestas. Hoy se diría que era un simpático play-boy. Cada época tiene su género play-boy con su propia lista de diversiones; los de Asís transcurrían las noches en ruidosos convites, comiendo y bebiendo. Luego, rodeado de su parranda de amigos, salía al descubierto y al sonido del laúd o guitarra cantaba alegremente colmando de alegría las callejuelas, las comarcas y las plazas de la ciudad”. Y muy feliz porque aquella noche fue rescatado del abandono donde estuvo mucho tiempo a merced del polvo, de la carcoma, de la telaraña, de murciélagos y ratones que irrespetaban la majestad de su imagen bendita otrora colmada de rezos y promesas. La mañana siguiente fue para él, un grandioso día de jubilo, contrastante con los días anteriores; pues ahora hallabase revestido con sus mejores galas, entre flores y luces, cantos y rezos, alegres repiques de campanas y misa cantada. Era su retorno triunfal a la iglesia para recibir tributo de sus devotos y de toda la feligresía en general.
Cuando las campanas tocaban el tercer repique para la misa en desagravio a San Francisco; en la comandancia de policía, se cursaban citaciones a un grupo de jovenes amantes de las tradiciones a la bohemia, y la alegría de vivir en una comunidad pacífica y laboriosa; fue así como comparecieron en calidad de testigos del hallazgo: Homero Rivas Franco, Clemente Espinoza, Ricardo Montilla Marquina, José Ángel Pérez Alvarado, Mario Espinoza y el Gato Beniro Villarreal.
Había transcurrido varios años de aquel suceso, cuando asistíamos a las tertulias vespertinas de la plaza Bolívar, donde Don Sixto Paredes, abordaba temas interesantes, temas de lo humano y lo divino y embelesaba a sus contertulios, porque Don Sixto era un caballero de fácil palabra, de conversación agradable, versado en anécdotas, lector apasionado y con donosura y señorío expresaba sus ideas. La versión desperjuiciada de Don Sixto, era sensata y convincente; sostenía él que, nunca hubo sacrilegio alguno, pues aquella noche inusitada, nadie osos irrespetar a San Francisco; y que sustraerlo del rincón del olvido fue una aventura ingenua al típico estilo del robo del niño y nada más.
Al cotejar ambas versiones, la de las beatas y fariseos versus la de Don Sixto, se deduce, que más irrespeto y sacrílega desidia hubo por parte de quienes lo tenían preterido, no así, por quienes le ocasionaron un día de júbilo tras una noche de parranda.