18. Días de infamia
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ELIO AMABLE RIVAS, UNO DE LOS MÁS BUSCADOS
Para ejercer la función de Primera Autoridad Civil del Distrito Miranda, legó a Timotes el Mayor (r) Pedro Miguel Rendón. Era un vejete, renco, seco como cuero asoleado, hosco y malévolo.
Se rodeo de incondicionales, que no hacían otra cosa sino rendirle pleitesía:
- ¡Con su permiso, mi Mayor!
- ¡Lo que usted ordene, mi Mayor!
- ¡Sus ordenes serán cumplidas mi Mayor!
Muy complacido el Mayor, retribuía los halagos con un cierto dejo de hipocresía. En su currículum ostentaba la oscura mácula de haber pertenecido a la guardia pretoriana de Eustaquio Gómez.
Con el sombrero enterrado hasta las orejas, se presentaba a la prefectura. La prefectura era un aquelarre, donde el Mayor y sus incondicionales urdían solapadamente un plan infame… en conturbenio con Juan Manuel Berrios Moca, Gobernador.
Uno de sus secuaces elaboro una lista, denominada “El Libro Negro” para causar terror; y dejaron filtrar nombres de personas anotadas en ese libro, que serian escarnecidas, perseguidas y encarceladas, entre ellas: Chepa Espinoza, Isabel de Pizzani, Josefa Araujo, Lola Paredes, Isabel Jerez, Francisca María González, Debora Uscátegui, Italia Berti, Emilia Marquina, Jesús M. Espinoza, José Miguel Santiago, Bernardino Berti, Narciso Picón, Carlos Rivas, José Angel Moreno, Pío Rondón, Héctor Marquina, Rómulo Rivas, Guillermo Franco, Silverio Ocanto Cadenas, Antonio Flores, Rafaelón Rivera y más. Así creaban un ambiente tenso y de zozobra. Era la primera fase del plan.
Luego el Gobernador, giro instrucciones al Mayor, para poner en marcha la segunda fase del ignominioso plan. Rendón era un ser sin escrúpulos, capaz de asumir las peores causas con fines inconfesables y ordenó una razzia sin precedentes en Timotes.
Allanaron casas de familia, vejaron a personalidades respetables, atropellaron a quienes les vino en gana, arrestaron a ciudadanos sin tacha, para alimentar el egocentrismo del Jefe Civil, siguiz del Gobernador y discípulo de Eustoquio Gómez. La perfecta amalgama del déspota y el servil.
Uno de los más buscados era un ciudadano reposado, dedicado a la noble labor de la enseñanza, símbolo del Timotes decente y se llamaba Elio Amable Rivas Franco.
Pocos minutos faltaban para las dos de la tarde, presurosos nos acercábamos a la escuela rural, en plaza Páez. Coincidencialmente llegamos al umbral de la escuela cuatro personas: Don Elio, dos secuaces del maligno Rendón y quien esto escribe.
Ahí, se dio en aquel momento una escena de contraste, donde protagonizaron la hidalguía y la vileza. Pues con actitud vil y las mejores galas de la villanía los dos matones revolver en mano dieron la voz de arresto al apacible docente.
Don Elio los miro con desprecio, valeroso como siempre les respondió con hidalguía: quién no la debe no la teme, bajemos por la calle Guacaipuro, y usted Eduardo vaya dígale a Clorinda que me llevan preso y me entregó el gabán.
El drama me fue conmovedor y asocie aquel momento al acto histórico y no menos conmovedor cuando el Doctor José María Vargas, lleno de dignidad, enfrento al Vil Pedro Carujo. Quizá la comparación parezca desproporcionada, pero no, pues mi corta edad, mi respeto por los sacramentos de la iglesia, mi admiración por quienes ejercen la loable docencia, y por conocer el grado de amistad que mis padres cultivaban con Don Elio, lo consideré un Vargas, y me puse a llorar. El era mi padrino, mi maestro y uno de los mejores amigos de mi padre.
Por la calle Guacaipuro bajamos; le hice compañía hasta la puerta de la prevención; adentro le aguardaban sus hermanos Cástor y Régulo y un puñado de héroes anónimos. Mientras tanto la jauría del fulano mayor andaba desbocada por el pueblo y por los campos.
Inmediatamente fui a llevar el gabán y la noticia infausta. Doña Clorinda, no salía del asombro y llorosa me dijo:
¡Eduardo, eso no es verdad… no puede ser!
La honorable matrona, que era un panal de miel, le participo a Don Yiye, la insólita noticia, también él se mostró incrédulo y mascullando unas cuantas frases en italiano que yo no pude entender, invoco a la Santa Madona.
Doña Clorinda, tomo por la mano a la pequeña Alice y subimos hasta la Plaza Bolívar, para conocer pormenores de lo que estaba ocurriendo.
Vimos al Mayor Rendón, espetado en una silla de suela, frente a la prevención, rodeado de policías y de los señores Pedro Dávila y Temistocles Malaver; todos con caras de pocos amigos.
En el centro de la plaza había un grupo de personas muy alarmada, entre ellas la Sra. María Rivas de Lobo, madre del joven Antonio Lobo, primero en caer a la redada. La anciana inconsolable daba nombre de las personas que ella había visto arrestar con saña, atropellos y vejámenes.
Otro grupo numeroso, se hallaba en la esquina de la familia Ramírez el cuadro era espeluznante y doloroso; un caballo castaño estaba moribundo, atado al posta.
Qué paso aquí, pregunto Eutimio.
Nadie se atrevió a responderle, hasta que llego Felipe Pescozada y aclaro el hecho:
Este es el caballo de silla de Don Régulo Ramón dijo Felipe y contó lo ocurrido.
Es que los bandoleros del cojo Rendón, andan encabritados y se apoderaron en tropelía de varias bestias, para ir a tafallez a traer amarrado vivo o muerto a Rafaelón; echaron tiros por aquellos montes, y como no pudieron agarrarlo; pagaron la rabia con el pobre caballito. Lo fatigaron al extremo que lo reventaron por dentro; le arrequintaron las espuelas y mírenle los ijares destrozados y sangrantes, miren lo tembloroso bañadito en sudor y quejumbroso.
Que salvajada carajo… Y el caballito cayo muerto.
El domingo a seis de la tarde, frente a la Casa de Gobierno, la banda de Nicho Dávila, tocaba el himno nacional con la policía en formación, para arriar la bandera patria; mientras el fulano Mayor esponjado, tieso, rodeado de incondicionales, mascullaba con sádico cinismo el próximo paso del plan infame.
Benito Villarreal, oficial de policía se cuadro, tranco con energía los talones y saludo militarmente al Mayor.
- ¡Ordene usted mi jefe!, le dijo con garbo
Rendón, pavoneado y engreído, le ordeno al uniformado:
- ¡Échele bastante agua a esos calabozos!
- ¡Y pongáis a estos reos en el del medio, que luego irán a darse un paseito por la Ciudad de los Caballeros!
Y le entrego con sume sarcasmo o una misteriosa lista.
El Gato Benito, se froto las manos y más contento que cochino chupando caña, grito en medio del patio, a formación aquí, en fila de a uno…
Abraham Ocanto
Antonio Lobo
Casimiro Ocanto
Cástor Rivas
Elio Amable Rivas
Ernesto Araujo
Hilarión Villamizar
Ignacio Paredes
Ismael Villarreal
10.- Ramón Paredes
11.- Régulo Rivas
12.- Pablo Pizzani
13.- Pedro Carrillo
14.-Sixto Paredes
Catorce ciudadanos respetados y respetables, pasaron al calabozo del medio y el Gato Benito hizo chirriar los goznes con satisfacción de carcelero resentido.
Pocos días después estos catorce compatriotas iban a transitar un itinerario incierto y escabroso. El plan del Mayor y sus secuaces estaba preconcebido; de tal manera que según ellos todo iba viento en popa. Pues ya estaba urdida la tramoya, era un expediente oprobioso, causales espurias, testigos ficticios; toda una farsa. Sin derecho a la defensa.
Entre gallos y media noche, el Gato Benito abrió el calabozo del medio, sonriente y chistoso les dijo en tono burlón:
- les traigo buenas noticias, ustedes salen ahora mismo de paseo, así es que alístense rápido, allá afuera les espera un autobús…
Los catorce presos tomaron sus enseres y llenos de dignidad abordaron el vehículo. Conscientes de no tener cuentas pendientes con la justicia, iban sin temor a ocupar un espacio indigno junto a delincuentes comunes, en la cárcel pública de Mérida.
El Gobernador, manoseo con agrado la lista de presos que la había enviado el Mayor, los cuales permanecieron bajo llave en el presidio merideño. El Gobernador, puso a Ramón Paredes, a Casimiro y Abraham Ocanto, a buen recaudo del alcalde; y a los once restantes, los puso a las órdenes de la Guardia Nacional.
Sorpresivamente una mañana vimos pasar un autobús custodiado por un piquete de guardias nacionales; venían de Mérida, bajaron por la calle Bolívar con dirección a Caracas. Hubo un revuelo en el pueblo al conocerse la noticia conmovedora que causo angustias y lágrimas, pues allí dentro del autobús iban los Peregrinos de la Dignidad, en precarias condiciones, inculpados de nada, sin rumbo conocido.
Llorosa como una Magdalena, anciana y preocupada la progenitora de Antonio Lobo, le arranco prenda al chofer del autobús cuando le confeso en voz baja
Que en Mérida, habían quedado Abrahán y Casimiro Ocanto y Ramón Paredes
Que en cambio, iban alli, tres sindicalistas merideños entre ellos Bernardo Aranguren.
Que iban rumbo a la cárcel modelo de Caracas, y tal vez con destino final irían a Guasina y Sacupana.
Como reguero de pólvora encendida, corrió por todo el pueblo la apesadumbrada perla que el chofer le había soltado y surgía de inmediato la imprescindible interrogante:
¿Por qué… por qué… ocurría este enmarañado drama, oprobioso y sin razón, en un pueblo donde todos sus habitantes tenían vínculos de afecto y hermandad…
¡Porque todo comenzó el 18 de octubre de 1945, con el derrocamiento del General Medina; los nuevos gobernantes so pretexto de implementar un nuevo orden político, dividieron al pueblo venezolano en dos bandos antagónicos e irreconciliables, no obstante la euforia era tal que Don Domingo Alberto Rangel llego a decir que aquel nuevo orden eran RETOZOS DEMOCRÁTICOS.
Lo que hubo en realidad el 18 de octubre, fue una siembra de odios y rencores que florecieron a todo lo largo y ancho del país, ocasionando varios estallidos golpistas; entre ellos el del 11 de diciembre de 1946.
A los actores del 11 de diciembre, se les abrió juicio por sedición, por eso unos fueron a la cárcel y otros a la clandestinidad. Y entonces empezaron a trepidar LOS RETOSOS DEL DEMONIO.
Y el 24 de noviembre de 1948, con el derrocamiento de Don Rómulo Gallegos, afloraron las rencillas y las pasiones políticas; y en Timotes la retaliación por el frustrado golpe del 11 de diciembre, causo el drama de los Peregrinos de la Dignidad.
Cuando el autobús salio del pueblo, un manto de consternación cubrió Timotes, rostros llorosos y frases adoloridas se percibían por donde quiera; a excepción de Doña Gerarda que muy afectada de disociación psicotica y cual portavoz de Rendón y sus siguices exclamo a todo pulmón en la esquina de Don Pablo Pizzani:
“Adiós y hasta más nunca, porque de esos desgraciados no ha de quedar aquí ni la quinta generación. Ya tendrán desayuno seguro los peces caribes y los caimanes del Orinoco”
Los catorce Peregrinos de la Dignidad, afortunadamente regresaron un buen día, y hubo júbilo colectivo. En sus respectivos hogares celebraron con regocijo inmenso, el retorno de tan abnegados padres en familia. Cada uno de ellos con visible emoción narraba su propia odisea.
En Timotes se dio esta historia infame y pérfida, que jamás debe repetirse ni olvidarse. La memoria de los Peregrinos de la Dignidad debe ser glorificada, pues llevaron una vida ejemplar y sin tacha, consagrándose como referencia moral frente a la infamia.