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19. Los molinos

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Treinta años después que Fray Francisco Camejo, cumpliera su cometido en el Valle de Mucurujún, cual fue el de congregar en este sitio, las parcialidades timotíes.

“Porque en poblarse hacia mucho servicio a nuestro Señor y a su

Majestad; reduciendo los naturales al conocimiento de la santa fe católica en acrecentamiento de los reales reinos y señoríos”.

Eran los días de la infancia de nuestro pueblo, la plaza, el cementerio, las calles rectas y los solares cuadriculados, comenzaban a darle fisonomía caricaturesca de pueblo español. Ya corría agua fresca y limpia por las acequias, en medio de cada una de las calles longitudinales. Ya se palpaba el cuadrilátero de la plaza. Ya existía el cementerio, al sur de la plaza, ya había iglesia.

Y había también un número significativo de colonos, calculados en más de cincuenta, según Don Diego de Baños y Sotomayor.

Aquellos colonos, que de agricultores se desdoblaron en herreros, albañiles, talabarteros, carpinteros, alfareros y molineros; que convivieron y sortearon duros y difíciles tiempos signados de pobreza extrema, carencias y hambrunas; porque el cultivo de las habas, arbejas, garbanzos, cebada, maíz, caña de azúcar y tabaco, en exiguos barbechos, solo daban míseras cosechas, insuficientes para la manutención de los pobladores; hasta que apareció el trigo.

El cultivo del trigo fue la panacea. Al cultivo del trigo nuestros antepasados le pusieron alma, vida y corazón en aquella larga travesía que abarca los siglos XVII, XVIII, XIX, donde el progreso andaba lento y monótono, por demás imperceptible.

A lo largo de esos siglos, sudorosas yuntas de bueyes amelgaron barbechos durante los meses de marzo, abril y mayo, y a la vuelta de doscientos días, los granos prodigiosos se tornaban en exuberantes trigales, que revestían de galanura los barbechos, y con el oro de sus espigas se decoraba el paisaje.

En los meses de septiembre, octubre y noviembre, las eras, o sea los redondeles donde se trillaba el trigo, lucían arrebozados de granos primorosos. Y con cuya zafra se daba un salto adelante en la débil economía del pueblo en cierne.

Entonces en enero y febrero, el afán de los molinos era constante y sin descanso; la prodigiosa harina manaba a torrentes en los molinos citadinos y también en los campestres. Generando excedentes que permitían el intercambio comercial con Barinas, Portuguesa y La Ceiba. Con dirección a esos destinos partían arreaos de mulas, transportando quintales de buena harina elaborada en los molinos de un pueblo que luchaba por sobrevivir. Hasta donde las comparaciones lo permitan, podemos afirmar que aquella incipiente economía tuvo en el trigo el esplendor que en nuestros días ha tenido la hortaliza. Pues el trigo y la hortaliza han marcado hitos primordiales en la agricultura timotense.

La construcción de molinos prolifero rápidamente. En medio de ubérrimos trigales, solían asomarse humildes chocitas runruneando en sus entrañas las rollizas ruedas pétreas que trituraban el grano bendito, para dar el maná milagroso. Y en el pueblo, cuatro molinos citadinos, se alineaban bregadotes sobre el cequión que corría a lo largo de las calles Motatán y Guaicaipuro e iba a desaguar en trujillito, donde afanaba el molino de Don Luis Mazzei Paolini. Trescientos metros arriba, estaba el mas austero, sencillo y menos laborioso, su propietario era el Doctor Juan Bautista Fonseca. Otros trescientos metros más arriba, estaba el más trabajador de todos ellos, y pertenecía a Don Ramón Peña.

Finalmente cinco cuadras mas arriba estaba instalado el flamante molino de Don Carmelo Uzcátegui, en un cómodo y confortable caserón, de amplio patio, balcón saledizo y aposentos bien distribuidos. Todo su esplendor fue arrasado por el iracundo Motatán, en una mañana aciaga; muchos años después de aquel suceso cuando niños conocimos las piedras de aquel molino, artísticamente cinceladas cual rosas pétreas, lucían con la cara al sol en medio de la playa.

El cultivo del trigo, proporcionó además de la invalorable harina, que generaba numerosas delicateces gastronomitas; el afrecho alimenticio, y la paja que tenia utilidad en el techado de bohíos y caneyes, en la construcción de bahareques y en el forraje para el ganado.

El cultivo del trigo, significaba trabajo de mano de obra, porque había que construir acequias para proporcionar fuerza hidráulica; construir eras, para trillar el trigo; construir fardos, para envasar harina, trigo y afrecho; construir hornos, para cocer el pan; acondicionar mulas, para transportar; intercambiar harina y pan por productos foráneos. Y el corolario de todo ello significaba pan abundante en la mesa de los labriegos timotenses.

Labriegos que desdoblados en artesanos levantaron sillerías, tapias y bahareques y con empeño admirable elaboraron adobes, ladrillos y tejas, para enfilar casas, calle abajo y calle arriba, hasta perfilar el rostro del pueblo que hoy tenemos, y que día a día se rejuvenece y se moderniza, gracias al ahínco de los agricultores de hoy.

Los agricultores del pasado, dijeron un día que las tierras se habían cansado para el trigo; y el trigo desapareció definitivamente de todos los barbechos; solo quedan los escombros de historiados y viejos molinos que dan fe de una época hermosa. Y de la brillante historia que escribió el trigo en las páginas de la agricultura timotense.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún