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20. Necrópolis

986 palabras · 5 min de lectura

El nuevo cementerio de Timotes: un recinto amurallado en una ladera, con las montañas al fondo.

Repaso

Sí algún sitio nos aferra
al terruño, ese es el camposanto.
será porque allí, subyacen
seres muy queridos.
será porque allí, hemos
vertido lagrimas amargas.
será porque allí, iremos
a subyacer un día inesperado.
Es porque, allí la austera
realidad nos señala el más allá
y el más allá nos indica
que somos y no somos
porque estamos más de allá
que de acá, porque por longeva
que sea la existencia, la vida
es efímera, pasa rápido, no se detiene
y porque los huesos sembrados allí
nos vinculan a la eternidad.

Cuando tuvimos uso de razón y observábamos el calendario, pudimos darnos cuenta del suspenso que tenía el mes de Noviembre, por cuanto ha sido tradición, conmemorar en este mes, el día de los santos y el día de los difuntos.

El 1 de Noviembre, día de los santos, en horas tempranas las campanas doblaban incesantes; el padre Rincón, dotado de amplio quitasol, el sacristán Jesús María Marquina, con sombrero de ala ancha y mochila terciada a la bandolera, se dirigían presurosos al cementerio de Zaraza. Donde se aprestaban a rezar y cantar responsos, de tumba en tumba y a llenar la mochila con fuertes de plata. Previamente a la llegada del Padre Rincón, los dolientes habían remozado las tumbas, adornadas con floreros, coronas y velones, en medio de incesantes murmullos de rezos interminables.

A día siguiente, 2 de Noviembre, día de los difuntos, seguían doblando las campanas; y los deudos, el párroco y el sacristán se dirigían entonces al cementerio del Resguardo; para repetir las ceremonias que el día anterior oficiaron en el cementerio viejo.

Nuestros antepasados enterraban a sus muertos al oeste de la plaza mayor, y también al costado derecho de la iglesia y dentro de la iglesia; y cuando la aldea cobro perfil de pueblo, construyeron el cementerio de Zaraza.

El cementerio de Zaraza, era el clásico cementerio de los pueblos de la colonia. Se accesaba allí, por un terraplén cubierto de grama. Desde ese altozano se dominaba buena parte del poblado; y le denominaban “la sabanita del cementerio” lugar propicio para el descanso vespertino y las tertulias, y para libar de vez en cuando algún cóctel que disipara el frío y alegrara el pasatiempo.

El frontispicio delataba la categoría colonial de aquel recinto de tapias blanqueadas, portón de madera negro mate. El dintel bien elaborado, en cuyo alquitrabe sobresalía un bajo relieve: dos fémures juntados en “V” y en medio un cráneo, y alrededor una leyenda “LAUTIBI CRISTI” en letras de relieve bien logradas análogas a las que se hallan en las arcadas de la Basílica de Santa Lucia. El cementerio ocupaba una superficie aproximada de una hectárea, con una data presumiblemente del siglo XVII.

En su parte interior, se observaba un pórtico de añosas tejas, y bajo de él, se enfilaban criptas y bóvedas, en cuyas lapidas podían leerse, entre otros nombres: Lucía Espinoza de Carrillo, Magdalena Rivas, José Colmenter, Evaristo Méndez, Rubén Quintero, Pedro Méndez Rivas, etc. En su extremo izquierdo, había una bóveda muy singular, por cuanto, en una de sus grietas se anido por décadas un enjambre de apacibles abejas, yacía allí, la señora madre de Don Paulino Lobo Rojo. Diagonal a dicha bóveda, se erguía la imagen gigante del Corazón de Jesús, quizá con cinco metros de altitud, obra maestra de artesanos consumados, monumento del panteón de la familia Paredes, los suegros de Don Carmelo Uzcategui. Bordeando el pórtico se destacaban dos tumbas; la de Don Carmelo Uzcategui, exhibiendo un lujoso monolito, y la de Don Gregorio Romero, que ostentaba un cofre de cristal albergando un cristo yaciente.

Al centro del cementerio, se levantaba un vistoso panteón, construido con ladrillo, cal y canto; sin duda alguna obra de idóneos albañiles; pues la simetría, el estilo y la utilización de los espacios, así lo revelaban. Tenia tres pisos y poseía cavidades grandes, medianas y pequeñas; frente a este imponente panteón hallabase las tumba de mi abuela paterna; y vecina a ella las tumbas de los cuatro náufragos de la Laguna Negra.

Para 1936, cuando cesaron sus funciones, ya su tétrico y espeluznante carnero; se hallaba atiborrado de osamentas de difuntos sin dolientes; y lo más critico de todo era la superpoblación de tumbas y de cruces que anárquicamente se apiñaban colmando todos los espacios.

Era frecuente en esos tiempos, observar a muchachos hoz en mano, segando las hierbas que crecían alrededor de las tumbas, para el acopio de forraje para las bestias. Aquellos muchachos se deslizaban por las tapias, con sus abultados tercios de pasto y ganaban la calle de los hoyos frente al cuartito del cementerio.

El cuartico del cementerio, estaba situado al costado izquierdo del cementerio, en plena calle de los Hoyos, de altas tapias, techos de tejas, puerta de madera, piso de ladrillo, en una superficie de cuatro por cuatro. Tenía aspecto de capulla, no poseía lapidas, cruces ni referencias. Se decía que allí reposaban los restos de un personaje, a quien no se le había permitido sepultarle en sagrado, es decir dentro del cementerio, quizá por estar excolmugado por la iglesia.

En 1958, por resolución municipal, desmantelaron el antiguo cementerio y utilizaron su espacio para edificar viviendas de interés social. Solamente un cinco por ciento de los difuntos que allí subyacían, fueron trasladados a otros cementerios; quedando allí un sin numero de coterráneos hechos cenizas, que por diversas causas no hubo posibilidad de reubicarlos.

En 1936 inauguraron el cementerio del Resguardo, con una superficie de cinco veces mayor que la del cementerio viejo; circundado de tapias; puerta de metal de barrotes; sin pórtico, sin bóvedas, sin carnero.

Mientras el cementerio de Zaraza, tardo doscientos años para congestionarse; el cementerio del Resguardo ha tardado solo treinta años en colapsar. Es un decir de los sepultureros del cementerio del Resguardo: Aquí ya no caben más muertos.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún