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2. Remembranzas

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El tiempo va diluyendo huellas, que aunque tenues como pisadas de garzas en la arena, a veces se avivan en remembranzas y crecen llameantes, como el sol de cada mañana, iluminando todo, abonanzando sobras, desentrañando sucesos y personajes ya olvidados. Una ínfima porción de aquellos acaecimientos ahora quedan sintetizados en estas breves líneas:

A mis amigos sinceros
los cuenta cuenteros
y a los viejos pulperos
de ansiados fruteros
y de barrilitos guaraperos,
para refresco de arrieros
y de celebres curanderos,
y de facultos hechiceros,
y de apreciados extranjeros.
He aquí mis palabreros
de recuerdos timoteros.

Echar cuentos, ha sido una actividad común a lo largo de los tiempos en todas partes y en todas las sociedades. Quién no ha disfrutado en la intimidad hogareña, con los cuentos de los abuelos; quien no recuerda los cuentos de Pedro Rímales, del Judío Errante, de Tío Tigre y Tío Conejo, de Caperucita Roja, de la Llorona, etc.

En un velorio, en una boda, en un bautizo, en una esquina cualquiera, en la plaza o en una pulpería, había siempre la ocasión oportuna para que estos narradores orales dieran rienda suelta a sus torrenciales repertorios de cuentos verdes, blancos, rojos o mejor llamados cuentos colorados.

A media mañana frecuentaban la pulpería del maestro Chente, verdadero exponentes de la literatura oral en nuestro medio. Así Mateo Cadenas, contaba sus gallísticas aventuras, y temas de historia universal, y sobre los altibajos de la vida en los llanos venezolanos. Allí entraban también, Bernabé González, el hacedor de versos tan ingenuos como él, y los recitaba con elocuencia de eminente bardo.

Y que decir de Alfredito La Cruz, venido de la Lajita, con su burro cargado de leña para el trueque, que iría a abastecer su despensa. Sonriente iniciaba sus historias, vividas en remotos lugares de la geografía nacional, el sabía hacer gala de su variada y amena conversación.

Las intervenciones de Hipólito Villarreal, no tenían desperdicio, eran todas fábulas de cacerías, donde la protagonista era la perra Hipóla; terror de lapas, venados, onzas, tigres y pavas y otros bichos de monte solamente conocidos por él.

Gabriel Ruz, era distinguido entre los narradores famosos, creador de cuentos con sal y pimienta, sabía darles ese trasfondo filosófico, igual como los pintores ingenuos le imprimen a sus cuadros ese toque mágico, ese halito de raciocinio.

Y el suma cum lauden, en estos menesteres era Martiniano Sánchez, personaje de cultura silvestre, de versátil conversación, dibujada con palabras de intenso colorido la dimensión de sus vivencias; transcurridas en humildes labores de macoreto, de ayudante de arrieros, de ayudante de albañil, o ayudante en la fragua del herrero. Su conversación amena e interesante, embelezaba ya por el tono de su voz, la mímica, el léxico y la sencillez de su persona; por eso Martiniano Sánchez era un ser fuera de serie.

Y el decano de los narradores orales, era nada menos que el maestro Chente, cronista de cosas y casos de la vida real, de botijas enterradas repletas de morocotas, de románticas aventuras y recapitulaba sus experiencias, contadas con ese donaire que le acompaño hasta la vejez, de abundante repertorio acumulado desde los tiempos en que fue todo un Don Juan.

* * *

Se dice que fueron los árabes, quienes llevaron a España la modalidad de las pulperías, conocida por ellos como el ZOCO. En el siglo XVI, el colonizador Hernando Cerrada, fundo al pie de la Cañada Cerrada, un zoco; el cual era un expendio de mercaderías y de comida hecha; fue aquella la primera pulpería que se inauguró en nuestra región y la denominaron la venta. De esa pulpería o de esa venta se deriva el nombre que hoy ostenta con júbilo esa pujante y floreciente aldea, ubicada entre Chachopo y el Águila: LA VENTA.

Conspicuos personajes, hicieron pasantias de pequeños comerciantes tras el mostrador de una pulpería, tales como: Don Sebastián de Miranda y Ravelo, padre del Generalísimo Miranda, o como José Antonio Páez, José Tomas Boves, Jacinto Lara, Simón Rodríguez, Ezequiel Zamora El General del Pueblo Soberano. Y para hablar de lo nuestro, aquí en Timotes tuvimos al ilustre Don Aquilino Briceño, quien fue pulpero, pedagogo, pintor, escultor, intelectual y periodista.

En Timotes se apiñaban las pulperías en las esquinas, de a dos, de a tres y hasta de a cuatro, cada una con sus propias características. Cada pulpero le imprimía a su establecimiento un ambiente sui generis, acorde con su personalidad, bien pudiera ser jocoso, bochinchero, parrandero, melancólico o sobrio.

Algunos pulperos, se valían de la modalidad de frutero para atraer clientes. Consistía el frutero en llenar una botella a manera de alcancía; donde el pulpero y el cliente, en común acuerdo, echaban en el frutero granos de cacao, café, maíz, arroz, cada grano según su especie, tenía un valor a la hora de depositarlo en el frutero, ejemplo, un bolívar de queso, iba al frutero un grano de cacao; por un real de manteca, iba al frutero un grano de café, y así sucesivamente. A petición del cliente, el pulpero vaciaba el frutero sobre el mostrador y empezaba el conteo. Para ese momento cada grano tenía un valor absoluto; ejemplo un grano de cacao valía una locha, un grano de café valía dos centavos, un grano de maíz un centavo, etc. El frutero tardaba meses en llenarse; algunas veces los granos acumulados alcanzaban la bonita suma de hasta tres reales; lo que era una buena gratificación para el muchacho que hacía los mandados, o para la humilde viejecita que cifraba sus esperanzas en llenar su caro frutero. Víctor Briceño, fue todo un as del frutero en la pulpería de Don Ismael Villarreal.

El barrilito guarapero, era un utensilio sin ecuanon, en todas la pulperías, era un pequeño barril de madera, ubicado en un extremo del mostrador, guarnecido por una baranda de tablillas y rodeado de vasos de vidrio, para servir el deliciosos y refrescante guarapo fuerte, preeminente antecesor de las bebidas gaseosas.

La modalidad de la Ñapa, era un caramelo para el muchacho que hacía mandado importante, pero que no tenía frutero; o para el adulto que hacía compras frecuentes, entonces se ganaba un cigarrillo Bandera Roja de rollo, etc.

En aquellos tiempos, la pulpería de Tomasito Franco, en Pueblo Rosado, era centro de amenas tertulias. Pues Tomasito era gran bolivariano y los temas que allí se abordaban giraban en torno a la epopeya del Libertador. Entre trago y trago, se citaban trozos de la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco; o relatos biográficos del héroe máximo, todo para solaz y regocijo de Tomasito y para sumo deleite de los contertulios, entre quienes se encontraban muy asiduos; Delmo Mazzei G., Maximino Paredes Erazo, Plinio González y otros muchos.

Fue famosa la pulpería de Rafael Araujo, allí había posada para viajeros que iban o venían de Palmira, Torondoi o Piñango; había un constante descargar y cargar de bestias, que activaban el comercio entre Timotes y aquellos lugares.

La pulpería de Benardino Berti, de similares características a la anterior; pero con el monopolio de atender el comercio de Timotes con Pueblo Llano, Las Piedras y Santo Domingo.

Mi padre, fue pulpero de larga trayectoria, su pulpería fue nómada, estuvo en varias esquinas, tanto en la calle Miranda como en la calle Bolívar. El armario tenía dos secciones; una para víveres; otra para medicinas. Había un espacio para los asiduos contertulios; los cuales abordaban temas de política, de comercio, de agricultura, de crónicas, de misceláneas. También alternaba sus quehaceres comerciales con tareas agrícolas en sus fundos de Los Corrales, Los Aposentos y La Marcelina. En las lides políticas militó en el PDV Partido Democrático Venezolano del General Isaías Medina Angarita, y fue Presidente del FEI, Frente Electoral Independiente, del general Marcos Pérez Jiménez. Ejerció funciones de Jefe de Policía, Prefecto de Municipio, Concejal, Administrador de Rentas Municipales, Juez del Distrito Miranda, Gerente de la Planta Eléctrica. Católico de profundas convicciones. Socio fundamental de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Llevo a la pila bautismal y a la Confirmación a un sinnúmero de coterráneos, cosa que le granjeó vínculo sacramental con ahijados y compadres en abundancia.

Y la singular pulpería de Don Vicente Torres, ubicada en el cruce de la calle Bolívar con la calle Sucre, frente a mi casa. Pulpería tan singular como su dueño: El legendario Maestro Chente, retirado de su oficio de alarife; tanto por el peso de los años como por la hernia discal que lo doblegaba; entonces se torno en pulpero, no obstante era un ser incansable, pues cuatro funciones desempeñaba a la vez. Primero, como pulpero propiamente dicho; segundo, como artesano de alpargatas de fique; tercero, como barbero, allí disponía de utensilios necesarios para peluquear a cuanto mechudo se le presentara; y en cuarto lugar, era el decano de los cuenta cuentos.

Los pulperos de aquella época, interactuaron y convivieron todos en armonía como si fuesen una gran familia; y ahora aquí al mencionar sus nombres, le damos el tributo merecido de revivirlos en el recuerdo y en el afecto; la nómina de pulperos es sensiblemente nostálgica: Ismael Villarreal, Manuel Montilla, Natividad Montilla, Tomas Uzcátegui, Rosa Uzcátegui Pacheco, Manuel Villarreal, Teofilo Marquina, Hilarión Villamizar, Marcelo Combita, Nacho Rangel, Tomás Franco, Salvador González, Pablo Rivas, Pedro Nolasco Rivas, Francisco Parra, Victorino Rivas, Eulogio y Polo Andrade, Nuncio Moreno, Salvador Araujo, Temístocles Malaver, Rafael Araujo, Guillermo Combita, Marcial Rivas, Chon Ramírez, Esteban Hernández, Carlos Rivas, Carlos Araujo, Tulio Gutiérrez, Julio Urbina, Daniel Araujo, Hilario Santiago, Pedro Ocanto, Viviano Franco, Gumersindo Franco, Quevedo Araujo, Eleuterio Villarreal, Bernardino Berti y Eladio González.

¡Y las tiendas.- es preciso reseñar aquí la actividad de los tenderos de aquella época. Ellos abarrotan telas, zapatos, mercería, bisutería y quincalla; toda esta mercancía era importada, llegaba por la vía de Maracaibo. De Maracaibo seguían en piragua hasta la Ceiba, de la Ceiba a Motatán en ferrocarril; de Motatán hasta Timotes en lomo de mulas. Fueron pioneros en estas lides: Don Domingo Murzzi, Don Domingo y Doña Emma Balestrini, Don Luis Mazzei Segnini llamado por sus íntimos, Don Yiye; era él un as de los naipes, jugaba para divertirse y para entablar camaradería con sus contrincantes. Siempre pulcro, circunspecto y ferviente radio escucha, pues se mantenía el día sobre los acontecimientos bélicos que padecía su martirizada patria, debido a los sucesos de la segunda guerra mundial. Cuando cesaron los caminos de recuas, otros tenderos de nueva generación, continuaron el comercio de mercancía seca, entre ellos: Luis Mazzei Giudice, Victorino Pineda, Ramón Gonzáles y Juan Castillo.

Fue así como en la serenidad de aquellos tiempos, pulperos y tenderos hilvanaron en filigrana, aquel modesto comercio con un ritmo apenas perceptible en medio de un ambiente bucólico.

* * *

Sería elemental echar en un saco lleno de galimatías, esa vasta escala de adjetivos, como: faculto, brujo, hechicero, entendido, vidente, iluminado, parapsicólogo, curandero, yerbatero, etc. A simple vista a estos vocablos tendrían un denominador común: el esoterismo, lo sobre natural, lo diabólico.

Sin embargo estas no son palabras sinónimas, observemos con detenimiento el talante de un curandero y un faculto, y veremos cuán grande es la diferencia entre uno y otro.

En caso que una bestia tuviese habas en los dientes,
Que un perro tuviese sarna,
O un caballo trancado de la orina,
O una vaca con las tetas desolladas,
O para capar un marrano, o un gato
O una mula con llagas en el lomo.

Entonces, la debida exclamación afloraba de inmediato: busquemos un curandero. Y aprecia a toda prisa el veterinario empírico, que con medicamentos caseros remediaba a los animales domésticos; y con sus enseres reglamentarios: fique, sal molida, azufre, aceite de tartago, creolina y navaja de capar; procedía a intervenir al enfermo con suma avidez. Celebre fue el curandero que tenían los Saavedra de Bocono y que avanzando el tiempo, de curandero llego a ser el legendario Tigre de Guaito, o sea el afamado General Rafael Montilla. Y en Timotes con modestas actitudes conocimos al Indio Tomás Ramírez, sempiterno arriero de las mulas de Don Ismael Villarreal; aquel indio, sobaba esguinces a los becerros, refregaba sal molida en las llagas de las bestias, curaba con creolina las gusaneras de las mulas.

Curandero y yerbatero, si son sinónimos. Los aficionados al mundo de la botánica han afinado sus conocimientos para utilizar las plantas con fines medicinales, y lo han logrado. En tiempos de nuestra infancia oíamos con frecuencia frases como estas:

Ese muchachito, tiene mal de ojo,
Pedrito tiene mal de lombrices,
Marina, como que tiene solitaria,
Doña Francisca, sufre de aventazones,
No le para la diarrea, a Gabriel,
Felipa, esta en desarrollo,
Juanita, llego a la menopausia.

Pues bien, alcancé a conocer una nonagueria, que en toda su vida había ejercido el oficio de recetar con yerbas. Era ella, de breve estatura, de trato afable y de origen italiano; decían que era muy mentada, y se llamaba Maria Pizzani. Pacientes compugidos y pesarosos, acudían con frascos de orines, en procura de la viejecita yerbatera:

Aquí le traigo, señora Maria
estos miaos míos y de mi mona
paque nos vea los achaques.
Entonces ella, con erudición
ponía la botella de cara al sol
y empezaba a diagnosticar.

No elaboraba récipe alguno, pues era analfabeta; eso si, con gran desenfado y dominio de su oficio recetaba la infusión de manzanillas, el jugo de sábila, la cataplasma de yanten. Su alacena estaba siempre repleta de ruda, espadilla, zauco, mejorana, etc. Solamente mediante las propiedades curativas de las plantas, ella trataba de remediar los males de aquellos pacientes.

De tal modo que curanderos y yerbateros, estaba prestos a medicinar seres enfermos, tanto humanos como animales, aplicando solamente la experiencia y habilidad para sanar pacientes.

* * *

Hay personas con aureola esotérica; ya por sus habilidades, ya por sus afanes y plantaje, y por sus practicas non liquen, ostentaban poderes sobrenaturales y se titulaban facultos. Esporádicamente llagaban al pueblo, un huraño y cauteloso forastero. Era como la aparición de esos comtes que cruzan el firmamento a paso misterioso y rápidamente desaparecen en secreto. Los ingenuos, los creían seres mesiánicos; los escépticos, los tenían por impostores. Al rumorearse la llegada de un faculto, ocurrían diálogos como este:

Doña Eva… Doña Eva… ya fui onde el faculto,
a doña Josefa, le rezo las muelas y santa palabra.
Le vió la orina a la china pancha, y le dijo que
estaba preñada de su propio papá.
A ño Felipe, le dio dos meses de vida, porque la
arrojadera que tiene, es un mal puesto; además
el cólico miserere ya lo mata.
ensalmó a don Quevedo, y le quito la fiebre.
Examinó a la querida de Monseñor y la mando
pa Chachopo, pá que fuera a parir pa allá.
¡Ave María purísima… ofelia!
¿dionde sacas esas cosas muchacha?
¡Ponga cuidado doña Eva; es que pa mi
ese faculto de que tiene poderes,
tiene poderes; de que sabe, sabe.
Pues les quito las gusaneras a las vacas de Don Florencio
y la miason de sangre al padrote de don Cristino,
y las peladuras al caballo de don Gume.
Ernesto Araujo y Luis Pérez lo recomiendan
Luis Lombana, dice que es gran faculto.
Decime, que la casa de don Pedro Albornoz
la tiene llenitica de joyos ponde quiera,
buscando entierros, hasta más no poder.
¡Mira Ofelia… yo que se lo que digo!
tenga mucho cuidado, cuídese, cuídese.
si Mano Neto, lo recomienda anciana será
pero con cosas de magia negra, sape;
y si tiene pacto con el diablo, menos!

Transcurridos unos meses, no se supo mas nada del fulano faculto y Ofelia había enmudecido, casi no salía, estaba misteriosa; hasta que doña Eva le pregunto.

¿Qué te pasa Ofelia? que te veo rara, triste,
estas enferma, más flaca, has cambiado mucho.
¡Sí doña Eva… le voy a contar!
Pues el faculto me rezo las muelas
y ahora estoy pior. Pero lo que más
me duele, son las morocotas que me
dejo mi abuelo, antes de morirse;
se las llevo toditas quisque pa´darme
buena suerte, y mira la tronco e vaina
que me echo. Mireme la barrigota…
¡ A carajo Ofelia… tronco e vaina!
yo se lo dije a tiempo, pero estabas sorda.
Ahora ya que más. Lo de las muelas vaya
onde Miguel La Riva o aonde Florencio Uzcátegui,
que esos no son brujos; ellos te acuestan
boca arriba, afincandote la rodilla en el pecho
y con una mano te sostienen la frente y con
la otra te arrancan la dolorosa; eso si sin anestesia.
Ofelia horrorizada, exclamo:
¿Qué terrible es eso
ancina doña Eva?
¡Sí Ofelia, eso es terrible!
Pero más terrible es esa historia
en que busté está metía. Ahora de onde
vas a sacar taita pa´ese choy que vas a parir.
Ofelia, se puso a llorar desconsolada
se sentia desonharada, estafada, avergonzada,
sin futuro, sin apoyo. Quería irse lejos,
quería morirse. Estuvo a punto de suicidarse.

El alto precio que Ofelia pago por su ingenuidad, a de ser la moraleja omnipresente, ante el conjuro de impostores en acecho, que nos rodean en todas partes a lo largo de la vida; sin distingo de sexo, edad, nacionalidad, ni clase social. Son impostores en remedo de Satanás, ofreciendo paraísos, honores, triunfos, felicidad a cambio de obediencia y subordinación; tal como ocurrió en un monte encumbrado, donde Satanás le ofreció a Jesús los reinos del mundo y la gloria. Según Mateo Cap IV nº 8.

* * *

Necesario es abrevar en el libro “Mi Padre el Inmigrante” del eximio canoabense Vicente Gerbasi, descollante pluma del periodismo literario; para comprender y admirar las peripecias de aquellos que una vez cruzaron el Mediterráneo, para tirar anclas definitivas en el Nuevo Mundo.

Fue así como en el siglo XIX, llegaron a nuestro terruño los Azahara, los Balestrini, los Mazzei, los Pizzani, los Danieri, los Barone, los Berti, los Cavalcanti, los Melani, los Murzzi, los Fossi, los Tancredi, Hollwis Wulff y Appel; etc. Vinieron a enriquecer la etnia, a convivir con señorio, a levantar familias honorables y a ganarse la vida con denuedo. Todos ellos sentaron huellas dignas de figurar en hermosas crónicas de alto relieve en los anales de Timotes. Veamos al voleo y de manera sucinta el ajetreo de algunos de ellos.

El vocablo árabe Azahara, traducido al castellano, significa Flores. Sated Mehel Azahara, quiere decir Don Miguel Flores. Pues en hora buena llegaron a Timotes los hermanos Flores, Don Miguel y su hermano Don Antonio; se establecieron aquí y fundaron LA FARMACIA NORMAL, desde cuyo mostrador socorrieron a cuantos aquejumbrados llegaban allí, en pos de lenitivos. Desde éstas líneas es justo reconocer el altruismo y la abnegación de los hermanos Flores, que brindaron alivio y consuelo a pacientes y desvalidos, en aquellos duros tiempos cuando la medicina en nuestro medio era rudimentaria y escasa. Por eso los hermanos Flores fueron dignos acreedores a la gratitud y el aprecio colectivo.

Don Domingo y Doña Emma Balestrini, afanoso matrimonio que asociados con los Murzzi, regentaban en el pueblo, un almacén de mercancía seca; eran personas muy distinguidas, dechado de buenas costumbres, de refinados modales y vida ejemplar.

Don Luis Mazzei Paolini, diligente y emprendedor, múltiples actividades ocupaban su tiempo; ya en sus huertos de hortaliza, ya en su almacén; ya en su molino y en la planta eléctrica que daba luz al pueblo. Era famosa la harina que su maquilla generaba, así como también fue su prole levantada en los moldes del decoro y en los principios de la moral cristiana. Dos percances infaustos hubo de padecer Don Luis y su apreciable familia; primero, la tragedia de Mucubaji, con la dramática y dolorosa pérdida del entrañable Mario; segundo, el terrible incendio, que con extrema voracidad consumió su almacén y arruino su fortuna. Ambos sucesos causaron consternación colectiva.

Don Virgilio Berti, venido de la isla de Elba, cariñosamente tratado por sus intimos, como “El Furunguito” ágil con el revolver en mano para el tiro al blanco y gran admirador de Benito Mussolini. Sus arreos de mulas trajinaban de Timotes a Pueblo Llano, a las Piedras y a Santo Domingo, intercambiando mercancías, cruzando noticias y anudando pueblos. Era singular su estilo conduciendo su flamante vehículo “IL DULCE” pues iba a Valera y regresaba luciendo vistosas polainas, como si anduviera a caballo; y llevando siempre de colector al popular Hugo Araujo, alias El Chareto Hugo. En su célebre torrefactora; tostaba, molía y distribuía el afamado “CAFÉ ALTAMIRA” también la familia Berti padeció el doloroso drama de Mucubají, por la sensible perdida de Francisquino.

Hay muchos recuerdos y afectos para tantos personajes y para familias enteras, que provenientes de allende el Mediterraneo, trajeron a estas tierras desde sus lejanas patrias, un bagaje de ideas, esfuerzos, hábitos y costumbres. Y con ello contribuyeron al avance social, cultural y económico; aporte inestimable que tanto necesitaba nuestro incipiente desarrollo.

Estas remembranzas son la síntesis de lo que mi conciencia percibió allá en la alborada de mi niñez; y aunque borrosas por distantes, resurgen ahora en estas breves líneas. He aquí pues esos acaecimientos de una época olvidada por muchos de mi generación y desconocidos por las generaciones de hoy.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún