3. Una tríada de añoranzas
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Réquiem, para tres lugares que fenecieron hace tiempo y que en días de gloria, palpitaron con júbilo en la vida llana del Timotes de nuestro tiempo: Los Jardines, El Motatán y El Arbolito.
En vuestros aromáticos jardines
una parte deje de mi existencia
y mil palabras y poemas
que alejan fácilmente tantas penas.
Anónimo.
LOS JARDINES.- al pasar el Puente Real, una casita destinada al oficio más antiguo de la tierra, yacía amurrungada al lado de la trasandina, oyendo la eterna serenata que le brindaba el Motatán. Por muchos años la rockola entono boleros, tangos y rancheras, dejando que Toña La Negra, Gardel y Jorge Negrete, calmaran el guayabo de algún amante engañado o mal correspondido, que acudían allí escanciando botellas en busca de terapia para clamar su dolor.
Pero Los Jardines, fueron mucho más que eso para los jovenes timotenses del pasado; porque Los Jardines, fue el paraninfo donde los mocitos de mi tiempo iban a graduarse de hombres el día que se ponían por primera vez los pantalones largos.
Traspasar el umbral de Los Jardines, al calor del miche con miel de abejas, para luego dejarse caer sobre el regazo de una colombianita de eróticas y largas historias; o de una novata criolla, recién estrenada en el oficio, semidesnuda, de mirada lascivas, de mórbidos senos y fuego afrodisíaco en el alma, para luego rendirle culto a la diosa del amor en el combate de los sexos.
Las damas que hacían vida en Los Jardines, se distinguían con el apodo cordial y amistoso de (Las Hormigas) por su laboriosidad y buenos afanes, y además era una manera de tratarlas con confianza. Ellas gustosas aceptaban ese trato. Eran devotas de La Sagrada Familia y en diciembre ponían su pesebre, y por supuesto hacían una rumbosa paradura del niño.
Los invitados a la paradura del niño garantizaban el orden, con mucha ponderación y respeto tanto al niño, a los padrinos y las madrinas como a las dueñas de la fiesta. La procesión era nutrida; en la vanguardia iban Crescencio Gutiérrez y Teresa Fajardo, disparando cohetes y morteros, cual artillería de combate bélico, mientras los padrinos y las madrinas, el niño y las hormigas seguían al compás del cuatro, las maracas y el violin; mientras Wuenseslao se quedaba atrás de la cocina sacándose las ladillas.
La noche de la paradura las hormigas hacían una pausa en sus amores para rendirle amor al niño Dios en los Jardines; hasta que la ley de la vida, cancelo para siempre los ajetreos y festines jardineros. Tal como el tiempo inexorable revoco el altar de afrodita la diosa del amor en la Grecia antigua. Y entonces cesaron para siempre los sollozos en la alcoba jardinera.

* *
Y el diáfano caudal de sus corrientes
aumenta sin cesar de quiebra en quiebra
hasta que por fin se extiende por el valle
en forma de ancho ceñidor de perlas.
Anónimo.
EL MOTATAN.- en el páramo del Aguila, a tres mil quinientos metros de altitud, asediado por el frío y la ventisca paramera, acariciado por maternal neblina, y acunado entre peñascos y mullidos frailejones, nace el Motatán.
Rimbombante, corre en un cause de doscientos noventa kilómetros, en los cuales recibe varios nombres: Motatán, Cenizo, Jirajara, Barúa. Y allá en los Negros, en la Ceiba desagua, hecho ondas tersas sobre el lago azul.
Hubo tiempos en que su caudal abundante, cristalino y potable, rindió aportes invalorables a las comunidades ribereñas. Su fuerza hidráulica, movió molinos de trigo, plantas eléctricas, trapiches, surtió acequias para el regadío y para el consumo humano.
Cuando tuvimos uso de razón conocimos un Motatán robusto, vigoroso. Muchas veces fuimos espectadores temeros de sus terribles crecientes, le vimos arremeter con violencia, causando espanto terror y ruina, para luego dejarnos aluviones de aspecto hermoso, constranstantes con el terror, como lo afirma con Chuy, en su magnifico himno.
Pues bien, en estos aluviones de aspecto hermoso, los muchachos de mi tiempo, disfrutábamos en grado sumo las delicias del agua tibia, calentada por el sol de medio día.
Que playas aquellas… de lúbricas y finísimas arenas, y pedregales infinitos. Piedras colosales de escultural belleza, de curvas femeninas, símiles de Venus desnuda y sensual, avivando en nos sublimes emociones.
Oh, paisajes sui generis… de vegetación impresionante: carruzos, coquino, berros, verdolaga, papayas, huevos de gato.
Oh, que piscinas aquellas… limpias, cristalinas sabrosas, incomparables, aptas para el chapuzón, para el zambullido, para nadar y para sacar de vez en cuando una arisca y exquisita trucha. El decano de aquellos pozos, fue Ramón Matos y Onorio Rivas Seatabo, fue el más asiduo bañista; le seguía Gustavo Marquina, Ramón Aldana, Ramón Espinoza, José Carrillo, Eduardo Corredor, Carmelito Valero, Freddy Montilla, Asdrúbal Villarreal entre otros muchos que en traje de Adan pasábamos horas y más horas disfrutando del sol, del agua, de la amistad y del paradisíaco ambiente motatense.

El Arbolito Legendario al borde del despeñadero
Un día vimos con horror como tributaban al Motatán aguas servidas, y para colmo las aguas de su cabecera habían mermado considerablemente. Ya era otro el Motatán, desparramado a duras penas, mancillado y preagónico.
* *
Al árbol debemos solícito amor
Jamás olvidemos que es obra de Dios.
EL ARBOLITO.- al oeste del pueblo, se levanta la imponente y grandiosa loma de Chicuá, en su cima y al borde del despeñadero hallabase un frondoso Tampaco: el arbolito legendario. Desde el pueblo se advertía su frondosa vitola, señorial y bonachona. En las frías tardes, semejaba al ángel de la guarda, revestido de espesa y hermosa neblina. En las noches de luna llena, se vislumbraba, como sañudo centinela, custodiando al pueblo dormido. Y en las mañanas de sol radiante, se le veía iridiscente, todo bañado de sol.
En los días de asueto, y singularmente el día de San Juan. El era el anfitrión por excelencia; en su pie congreganbanse aquellos que andaban en pos de solaz y esparcimiento, deseosos de darse un hartazgo con los paisajes de su entorno y con el imprescindible curruchete, ya tradicional.
Por todas esas cosas, fue que el 25 de mayo de 1951, día del árbol, un escuadro de peregrinos capitaneados por la Nena Espinoza, escalamos la escarpada loma; en la vanguardia iban Isabelina Villarreal y Juanita Rivas, llevando el pan, el queso y la panela; en puesto de comando iban la sin igual Magdalena y Rosa Uzcategui; y en la retaguardia íbamos una docena de golosos amantes del curruchete. Aquella soleada mañana, sudoroso alcanzamos la cima anhelada, donde un coro de perdices, azulejos, tortolitas y turpiales nos dieron la bienvenida, con la algarabía de su trinar; así llegamos al santuario del arbolito célebre y acogedor.
Mientras que la olla hervía y se cocía el exquisito sustento, todos contemplábamos con admiración el inefable y exuberante panorama que desde aquella altura teníamos a nuestros pies: LA CUANCA DEL ALTO MOTATAN y por supuesto todo el Valle de Mucurujún de tonalidades maravillosas con su cinturón de plata, arenoso y fosforescente: la playa del río. Todo, todo de imponente belleza; digno motivo para la creación de prosistas, poetas y artistas del pincel.
Finalmente, nos congregamos en torno a su elegante frondosidad y en la frescura de su sombra, descansamos gozosos en medio de flores, mariposas, olores gratos a yerbas silvestres y el canto de las aves y reinó el festín, lleno de candor, pues hubo espacio para las adivinanzas, para las penitencias, para los chistes picantes, para la risa y para los aplausos. Hasta que la admirable capitana, con ternura femenil y original prodigio, dio inicio al reparto del suntuoso y riquísimo curruchete, que golosos degustamos en aquel ambiente celestial.
De allá regresamos con el espíritu satisfecho y fortalecido, con el afecto arraigado más que nunca al suelo natal, a sabiendas de que otrora un sin numero de nuestros antepasados vivieron ésta magnifica experiencia en repetidas ocasiones y consagraron las excursiones al arbolito como símbolo de dulce tradición.
Un día aciago, supimos que el hacha alevosa y homicida, había descargado su furia contra aquel sagrado, indefenso y anciano tronco… y lo volvió leña. No habrá para el, un requiencat in pace porque su gloria quedo en cenizas hecha nada, pero su humo gris se elevo a los cielos y se torno estrella.
Magnifico paraíso, aquel que tuvimos en la primavera de la vida, donde una triada de episodios simbolizados en un jardín, un río y un árbol forman parte elemental e inolvidable de nuestra existencia.
Saudades
Colmada el alma de gozos
corrió nuestra juventud
y más aún la infancia
en tiempos tan dichosos
En el dichoso reposo
de la edad madura
añorando con nostalgia
los vividos recuerdos
El jardín clausurado
de la diosa griega,
el río agonizante
y el arbolito mártir
Hermosísimos recuerdos
alimentan mis deidades
y evoca mi conciencia
esa vida bien andada
Lleno el otoño de fausto
corre ahora la vejez
cargada de vivencias
en plena madurez.