4. Tafallez
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Cabalga en la mula mora
El abuelo Rafaleon
De Timotes a La Mesona
Va y viene con ilusión
J.M. Espinoza M.
¿Qué quiere decir Tafallez?
¡Quiere decir, que proviene de Tafalla!
Así como, Montañéz, quiere decir que viene de la montaña.
Tafallez, es un vocablo muy nuestro; aunque no es del dialecto timotocuica, ni de la lengua española. Es árabe, y nos vino de Navarra, cuya capital es Pampaelo o Pamplona, fundada por Pompeyo, en el año 74 a.c. En las adyacencias de Pamplona se desparrama el río Ebro, en cuya cuenca se encuentra la comarca de Tafalla. Fundada en la época de los reinos taifas; cuando el dominio islámico impero por mas de setecientos años en buena parte del territorio español. Y España, a pesar de la cruenta lucha que libró para expulsar a los árabes de su territorio, se enriqueció notablemente de aquella cultura, de sus costumbres, de su arquitectura y de su léxico.
Tafallecita, es aquella área de laderas casi perpendiculares, que ocupan la parte más alta de la cuenca de la quebrada Tafallez. La quebrada Tafallez y el río Jiménez, son los únicos afluentes del Motatán, que fueron bautizados con apellidos de colonos venidos de la España conquistadora. Fue así como nuestra aldea de Tafallez, recibió su nombre de un colono Tafallecense venido de Navarra, oriundo de Tafalla. Después de estas detalladas exposiciones llegamos al Tafallez que yo conocí, hace ya sesenta y tres años; Veamos:
Sosegada la vida del campo. Paisaje exuberante en invierno, acongojado en verano. El canto del gallo anuncia el amanecer; desde el árbol, las gallinas bajan al harén. Vacas paridas en el botalón del corral, pagan tributo en totuma lechera. Laboriosos mujen los bueyes sobre el surco, mientras vehementes relinchos eclosionan en la caballeriza.
El señor de la casa, insigne patriarca; manos diestras, sobre las riendas; manos cayosas, sobre la esteva, apasionado amelga barbechos y avitualla la troja.
La compañera, mujer inalcanzable, heroína en las tareas de aquella vida medieval: procrear, levantar abundante prole, diligente en los quehaceres rurales y vivir, solo vivir.
Las maneras de la vida en la aldea, eran las mismas de la colonia, agricultura de subsistencia. La leña ardía en el fogón, mientras penachos de humo, daban buenas señales en la chimenea de la cocina. Caminos de recuas; el transporte a lomo de bestias. Inconcebible el advenimiento de la electricidad, de la radio, de la televisión, del teléfono, de los carros, del cultivo de hortalizas. El jefe del clan, de férula activa, valiente en el combate; diligente en las faenas; respetado y obedecido por todos; con visibles cualidades de adalid y compromisos políticos pendientes, gallardo el porte, trato amistoso, prodigo en atenciones y en traje dominguero caracoleaba la bestia que lo bajaría al pueblo, y lo mentaban Don Rafaleón Rivera Villarreal.
Quiso mi suerte, llevarme a disfrutar una breve temporada en aquel ambiente campestre, donde la vida transcurría con gran sencillez, al margen de las vicisitudes citadinas; donde mi tía Chanita Araujo, era preceptora de los educandos tafallecences.
Lo mismo que en Tafallez, en otros caseríos de la geografía timotense, se repetían los escenarios con idénticas características; donde los señores de la casa iban y venían, iban y venían como en Tafallez, en Chicuá, en Bailón, en El Salao, en Quindora, respectivamente: Rafaelón Rivera, en su mula mora; Rafael Rivas, en su caballo mosqueado; Tomás Uzcátegui, en su mula negra; Fermín Valero, en su caballo blanco; Juan Baptista, en su caballo zaino. Y con el mismo tenor bajaban desde el Paramito, Ceferino Uzcátegui; desde Las Porqueras, Honorato Vergara; desde la Joya, Pepe Baptista.
Todos por igual héroes del surco, del deber y de la vida, todos por igual campeones del barbecho, de la amistad y del trabajo. Todos por igual bajaban, queriendo enarbolar en el mástil colosal de nuestra torre, sus banderas de ilusiones, para luego regresar henchidos de esperanzas ciertas, a seguir en su hábitat, construyendo el mundo de sus sueños.
Un día cualquiera de 1944, tres bestias ensilladas en La Mesona de Tafallez se disponían a bajar al pueblo; una, para la preceptora; otra, para la acompañante; y la tercera, la mula mora, para el jinete más celebre de toda la comarca: Don Rafaelón. Y el niño de seis años de edad, de breve estatura y escaso peso, que era yo; tuve ese día la ventura de ir, de La Mesona hasta Timotes, en el pico de la silla de la famosa mula mora.
Cuanta admiración por esos parajes queridos y placenteros, y por esa gente nunca olvidada; estas líneas llenas de cariño y de buenos recuerdos, rinden tributo a la memoria de Don Rafaelón y a todos los que como él, iban y venían; iban y venían en aquellos trajines duros pero esperanzadores, cabalgando cual quijotes timotenses, y dejando tras de sí, huellas provechosas y una prole hermosa y digna que sabe hacer honor a la memoria de tan humildes y tan esforzados émulos de San Isidro Labrador.