5. Surcos prodigiosos
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El alto Motatán ha sido zona agrícola por excelencia, desde tiempos inmemorables, ha dado sustento a propios y extraños. Hay que remontarse a los tiempos de los timotíes; tribus agrícolas que basaban su subsistencia en el cultivo de la papa, a la que denominaban tigueus. Con la llegada del hombre europeo a estas tierras, la papa oriunda de nuestro suelo, se propagó por los cincos continentes, y hoy en día, la papa es plato dilecto en la mesa universal.
La producción de papa fue decayendo progresivamente, ya para las postrimerías del siglo XIX, los excedentes era tan escasos, que sus cosechas solo alcanzaban para el consumo local, aunque los hombres del campo se empeñaban en sembrar en grande, el resultado no era sino lamento generalizado: “Ya las tierras están cansadas”. Y con las tierras cansadas, la subsistencia se hacía cada vez más precaria; y entre pobreza y carencias se debatían los moradores de nuestro territorio; su tabla de salvación era el conuco.
EL CONUCO.- un barbecho aquí y otro más allá. Huertesitas de papa, maíz, arveja, garbanzo y trigo. Al entrar las lluvias se hacía la siembra, y luego esperar largo tiempo, ocho, diez y más meses, para recoger la cosecha. ¿y mientras tanto?. El circulo vicioso de sembrar, esperar y quedar en lo mismo.
Ese conuco, fue el prototipo de rutina vivido por siglos en el Alto Motatán, hasta el día que Teodoro instó a Dionisio, a utilizar novedosas técnicas, para cultivar con método sorprendente y portentoso las bienvenidas hortalizas:
Conuco versus landgut.
Oiga compa Dionisio, ponde vas puay…
entualito voy a tumbar un chao,
pa jacer un conuco, compa Teodoro
No seas pendejo… compa Dionisio,
vengase conmigo pa casteja
y probamos suerte los dos, no vuelvas
pa ningún conuco, que esto se va
a poner muy gueno pa toitos nojotros
Pero que vaina tan rara es esa, compa
Teodoro, buste como que esta chiflao
o es que tiene cucarachas en la cabeza.
Mira compa Dionisio, ponga cuidado
que te voy a hechar el cuento:
hay un jurungo en casa de teja, que mientan
mister Gelvis, y tiene un gentío trabajando,
y estan sembrando ese madre llanón;
nada de sembrar de a poquito como jacemos
nosotros; nada de papas, nada de arvejas,
nada de maíz, ni cosechitas por año,
no jeñor. Esos son unos siembrones de eso
que mientan hortalizas. Acomodan en guacales
raices, tallos, hojas y hasta flores.
Y semanalmente llenan un fordcito y lo manda
Pa Maracaibo; de allá vuelve con maruzas
llenas de cobres…
Mire Dionisio, olvidese pa siempre del conuco,
y andele breve que tenemos muchas licciones que
aprender en caseteja; y en después de un mañana, gualvamos a nuestras tierras, pa arremedar toito el ingenio de producir jortalias y levantemos nuestras propias granjas, con nuestros choyes, con los choyes de nuestros choyes.
Mira compa Teodoro, ahora asina comprendo lo gueno que sera pa toitos nojotros.
Si compa Dionisio, las profecías se están cumpliendo.
Y en vuelta de poco tiempo, aquella profecía se torno en una hermosa realidad; realidad que hoy se palpa a lo largo y ancho de Timotes y más allá, es esa excelente y abundante producción hortícola.
En la segunda década del siglo XX, Timotes auspiciaba condiciones en su suelo, en su clima, en su ambiente y en la recién construida carretera trasandina como vía de acceso. Era una suma de factores, analizados por granjeros alemanes, que determinaron instalar aquí una granja para el cultivo de las hortalizas.
Esta granja va a dar trabajo a un sin numero de labriegos de la comarca; va a vincular la región de Timotes con la región del Zulia. Y va más allá, esa granja será una escuela práctica de agricultura eficaz. Pues de allí salieron los eximios granjeros que propagaron los cultivos de la hortaliza en el alto Motatán. Centenares de prósperos granjeros alumnos aventajados de Casa de Tejas han convertido sus fundos en granjas productivas. Entre ellas se exhibe Mucuyupu, como excelente botón de muestra, hechura del insigne horticultor Gabriel Rivas.
Todo comenzó cuando un matrimonio de granjeros alemanes, adquirió la finca la Casa de Tejas y con criterios y métodos provenientes de la Selva Negra, le fueron dando un vuelco a aquella hacienda, este matrimonio resolvió regresar a su país de origen y entonces cedieron sus propósitos a un sobrino de nombre Otto Julios Hermann Hollwis Wulff. Este nombre teutón extenso y confuso, era una verdadera galimatías para Teodoros y Dionisios, que machucaban a su modo el castellano, y para simplificar la pronunciación de Hollwis, a su modo pronunciaron Gelvis.
Gelvis, gerencio aquella hacienda, y utilizó implementos agrícolas desconocidos por los nativos; tales como arados de vertedera, fertilización del suelo, con abono orgánico; riego por aspersión y semillas seleccionadas de alta calidad, entre ellas nabo, remolacha, rabano, escorsonera, zanahoria, achicoria, col, acelga, esparragos, escarola, lechuga, espinaca, alcachofa, pepino, cilantro, coliflor, pimentón y otras.
Timotes será el hogar de estas nuevas plantas, Gelvis será el pionero de la gran evolución experimentada por los conuqueros, personificados en Teodoro y Dionisio, y una prometedora perspectiva será cuajada en esperanzas ciertas.
Ya no esta el fordcito de Casa de Tejas, que bajaba a Palmarejo para abordar los Ferris de Traslago: El Cacique, El Caracas o El Catatumbo, que lo llevaba al malecón de Maracaibo, para ir a descargar en La Ciega, donde los marabinos y los gringos aguardaban su preciosa carga.
Ya no están los ferris, pasaron a la historia; ahora esta el puente Rafael Urdaneta y una red de modernas autopistas por donde se desplazan caravanas de camiones de alto tonelaje llevando raíces, tallos, hojas y flores de las prodigiosas plantas que en Timotes adornan valles y laderas.
Ya no estan los conucos, pues se tornaron en minigranjas (landgut), esculpidas con el tesón de tantos Teodoros y Dionisios, que supieron abrir los ojos a los nuevos tiempos, generando prodigiosas cosechas para sustentar a Venezuela.
Ahora el alto Motatán, está revestido con visos de perenne primavera, pues solemnes vergeles le engalanan; ahora hay bonanza donde hubo pobreza, ahora hay un estándar de vida halagüeña; todo presagia un futuro hermoso.