12. Una rosa y una lágrima
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Cuando un día visitáremos el terruño
No dejaremos por nada del mundo
ir a saludar con nuestra presencia
el Campo Santo del Resguardo,
diócesis de nuestros seres queridos,
para rendirles tributo con lágrimas
del alma y rosas del recuerdo.
Allí los gemidos del viento frío
y lúgubre se tornan en responsos,
mientras enlutadas golondrinas
rompen el silencio, recitando elegías,
rezos piadosos y evocaciones
de existencias bien vividas,
ahora fenecidas y yacentes
en la fosa del olvido.
Ya, los difuntos en su santa paz,
por instantes redivivos en asaz
evocaciones, quedan a merced del viento,
de las golondrinas, de la soledad sin fin.
Al alejarnos de aquel sitio tan sensible
colmado de tristezas, nos asimos de la fe
en Jesucristo, y disipamos la congoja
del corazón, que nos advierte que, aquí,
nuestros deudos nos aguardan con certeza,
y nos aferran el alma y el corazón,
el amor y la vida entera
a este suelo timotense.