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13. En la plaza de mi pueblo

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Después de tantos kilómetros de distancia y tantos años de ausencia, he vuelto a la plaza de mí pueblo; cuadrilátero con más de trescientos ochenta años de avatares; recibió durante dos siglos y medio el nombre de Glorieta o Plaza Real; ahora Plaza Bolívar. Cuántos hechos inéditos y desconocidos guardarás en tus entrañas, plaza amada.

En esta plaza esparcí, el eco de mis balbuceantes primeras frases, cuando me trajeron a hacer pininos, en los primeros meses de mi vida.

En la niñez, aquí sellé con mis contemporáneos esa indeleble amistad que recíprocamente nos profesamos todos los de aquella generación.

En la adolescencia…la plaza con su traje de neblina, llena de flores y de aromas…junto a la amada, cuando el corazón estrenó sus primeros atisbos del amor.

Al circundar la mirada por los cuatro puntos cardinales de la plaza, se puede constatar el tremendo cambio físico que ha experimentado Timotes, en los últimos cuarenta y nueve años.

Ya las vetustas casonas coloniales, han dado paso al progreso. La casa de don Miguel Flores, casona confortable, bien distribuida, con patio lleno de pensamientos, rosas y claveles; desapareció, dejando paso a una nueva construcción.

La casa de la sucesión Ramírez, parcialmente ha cedido espacio a una nueva vivienda.

La soberbia casona de don Florencio Uzcátegui, de muchos pilares, con patio de ordeño, ya ha sido reemplazada.

La casa de Américo Briceño, y las de las tascas, y la de los Barone, y la de las Mendoza, y la de los Pineda, han quedado fuera del alcance de la piqueta.

La casa de las Melani, su amplia sala estaba presidida por un regio retrato de Víctor Manuel III; el patio con granados y limoneros; su singular corredor externo, guareció a más de un transeúnte y cobijó varias generaciones de timotenses; su peculiar fachada, fue suplantada por una construcción diametralmente diferente a su agraciada forma original.

La Casa Cural, de gruesos muros, cuatro ventanas, ancho portón, romanilla alcahueta, ni vestíos quedan de la que ella fuera ayer.

La casa de las Carrillo, diagonal a la Casa de Gobierno, una de las más antiguas, con zaguán y patio empedrado, los años y la polilla echaron todo su esplendor al suelo.

La Casa de Gobierno, luce festiva, ubicada donde estuvo otra similar, construida en la época del General Cipriano Castro. La cual había dado paso a otra Casa de Gobierno muy antigua, hecha de tapia y bahareque, en los días de la colonia y le llamaban Casa de Alto.

La Casa de Santa Lucía, exhibe remosada y exuberante fachada de emblemática torre, ícono regional. Obra trunca del Arquitecto Vicente Torres, venerable anciano de grata recordación para quien esto escribe.

La Casa de Don Ramón Espinoza, de altas paredes de tapia que vienen del siglo XVII, no ha querido ceder su espacio y aún permanece de pie. Desde su balcón pareciera estar proclamando el ayer del pueblo y añorando el tiempo que se fue.

En el centro de la plaza, se yergue de pie, el Padre de la Patria; solemne y vigoroso oteando tiempos nuevos, desde los cuales ha de ser testigo mudo de las historias que aquí cuajen las generaciones venideras.

Agobiado de nostalgia por el tiempo transcurrido, revivo escenas y personajes de mi tiempo. Aquí mis contemporáneos y las cosas que todos presenciamos en el Timotes de ayer. Aquí lo que oí de mis mayores. Aquí lo que registran las crónicas antiguas:

Oh, Valle de Mucurujún, escenario de la tribu stimots.

Oh, día de Corpus Cristo, 25 de mayo de 1559, llegada de los Granadinos de Santa Fe de Bogotá, con sus alforjas repletas de controversiales intereses religiosos, geopolíticos, y culturales, utilizados para exterminio de la etnia timotocuica.

Bendito, el fraile Francisco Camejo, que el 13 de diciembre de 1619, rodeado de aborígenes, bajo el estandarte de San Agustín, echo las bases del Pueblo de Mucurujún.

Memorable, el día que dos burritos cargados con las primeras semillas de trigo que se sembraron en nuestros barbechos, llegaron a esta plaza, conducidos por fray Francisco Carmelo Gallegos y el padre Bartolomé Díaz.

Gloria y honor para el Quijote timotense, precursor de la independencia Capitán Cristóbal Villarreal, que el día 8 de agosto de 1781, dio en esta plaza el grito de rebelión contra el imperio español.

Tres veces, el Libertador Simón Bolívar estuvo en esta plaza en los días aciagos de la guerra magna.

De esta plaza partieron 66 timotenses, revolucionarios pata en el suelo, a engrosar el Batallón Libertador, eso fue el 13 de junio de 1813. Donde Ño Miguel Andrade y sus compañeros fueron a perdonar americanos aun siendo culpables y a matar españoles y canarios aun siendo inocentes, por decreto de la “Guerra a Muerte”.

Esta plaza se arrebozó de júbilo, cuando connotados legisladores, aquí se dieron cita el día 14 de agosto de 1881, para discutir y promulgar la CONSTITUYENTE DE TIMOTES y dar nacimiento al Gran Estado los Andes, integrado por los territorios que hoy ocupan los estados Táchira, Mérida y Trujillo.

Cubierta de cadáveres, quedó esta plaza el día 11 de octubre de 1892, cuando el General timotense Emilio Rivas enarboló aquí la bandera del CONTINUISMO, del Doctor Andueza Palacio, en oposición al LEGALISMO del General Joaquín Crespo.

Aquí fuimos testigos oculares de la asonada del 11 de diciembre de 1946, cuando el coronel Miguel Carredor y sus hombres intentaron tomar por asalto la Casa de Gobierno.

Cuántas veces aquí, presenciamos al tribuno Edecio La Riva Araujo fatigar micrófonos con su verbo encendido y lacerante y cuyo eco parece que no se extingue nunca de los contornos de esta plaza.

Aquí festejamos con una escaramuza verbal la caída de la dictadura, el 23 de enero de 1958. Y el 7 de enero de 1959, con los ojos nublados de lágrimas y el corazón enternecido, di un adiós nostálgico a mi plaza y a mi pueblo, donde quedaron sembrados los días de mi edad primera y los años de mi azul adolescencia; imborrables en el tiempo.

Tiempos ha, Plaza Real,
glorieta humilde de antañazo
galana Plaza Bolívar de hoy.
Candoroso escenario de historias
colmado de devociones y alegrías
donde palpitan sueños y esperanzas
disipando nostalgias del tiempo ido.
Es dicha estar en tu regazo plaza mía
receptáculo de amor y de afectos sublimes
cuadrilátero sin igual en nuestra vida.
Y cuanto regocijo al despedirnos
del Padre de la Patria hecho bronce,
tutelando feliz al Timotes del futuro.

Eduardo Villarreal Araujo · Ecos de Mucurujún