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10. Algunos “Espantos” de Timotes

837 palabras · 4 min de lectura

En el nombre de Dios comienzo, afirmando que Timotes como muchos pueblos y ciudades, tiene sus propios “espantos” que hacen de las suyas en las noches solitarias y frías, y muy particularmente, durante la época de cuaresma. Los “espantos” del pueblo, son tema obligado de conversación entre las familias, por las implicaciones que trae para los “espantados” y por la necesidad de difundir, como escarmiento, la diversidad de vivencias que nuestros paisanos han experimentado a altas horas de la noche y sus madrugadas lóbregas. Solo vamos a referir los “espantos” y los sitios por donde salen a “espantar” para conocimiento general, basados en las innumerables historias, contadas por la gente, en conversaciones familiares. Veamos:

Un caballo arrastrando cadenas, acompañado por una jauría de perros que ladran y aúllan, recorriendo la Avenida Guaicaipuro y perdiéndose hacia la Avenida Motatán; Un hombre que aparece y se agiganta, una cuadra arriba de la Plaza Bolívar, justo donde funcionó CADELA, que al encontrar algún rezagado caminante, en horas de la medianoche, se le aparece y crece exageradamente hasta privarlo, dejando a las personas sin sentido; Una mujer, vestida toda de negro, con el pelo largo hacia delante, cubriendo su rostro, que está sentada y llorando por los lados de la plaza Los Héroes y asusta al que pasa en horas de la noche; Una llorona que recorre los sectores plaza Miranda y Pueblo Rosado, emitiendo espeluznantes “lloríos” que aturden y privan al más valiente; Una llorona, vestida de harapienta, que se aparece por los lados de Chijós, llorando desconsoladamente y buscando cualquier hombre que pueda consolarla, quienes han acudido briosos, resultaron “espantados” y quedaron sin sentido; Una mujer vestida de novia que se desplaza desde la calle del hambre al cementerio, suplicando compañía pero desaparece a las puertas del campo santo; Un carro viejo que escuchan bajar por la avenida Bolívar, entre las calles Rondón y Rangel, donde se desvía hacia el rio. Algunos atrevidos dicen que es muy viejo entre azul y negro, y que lo han buscado por la avenida Guaicaipuro y nada que lo ven porque desaparece; Una mujer hermosa que está esperando que alguien la lleve en su vehículo, justo en la Avenida, y que al montarse se transforma en llorona olorosa a azufre, dicen que varios de los espontáneos han sufrido accidentes; Una mujer llorando y sonando sus tacones que se desplaza desde plaza Bolívar hasta la calle Ricaute y cruza hacia los lados del rio; Una enfermera que se desplaza lenta por los pasillos del hospital; Una mujer vestida de Monja que camina por los pasillos del grupo escolar; Una mujer que se aparece en la vía hacia Mucusé, justo donde está una maquinaria vieja, a orillas del río. Dicen que se les va para acompañar a quien sube o baja y que a los pocos metros se transforma en demonio irreconocible para privar y dejar sin añliento a los incautos; Una mujer de blanco, que se aparece por la avenida Guaicaipuro, dicen que sale desde la casa del finado Pompilio y avanza hasta la casa del finado Hilario, tiene la particularidad de llamar a las personas y perseguirlos hasta privarlos; Un viejito con garrote, bajando por la avenida Bolívar y metiéndose a cualquier vivienda, dicen que escuchan el garroteó en la calle y tal como si entrara a la casa seleccionada, sonando puertas y el tétrico garrote de madera; Un cotizudo que se escucha arrastrar sus cotizas por las aceras de la avenida Bolívar y luego dentro de las casas; Una pelota plástica que corre por la acera derecha de la calle Vargas, con caída y tétricos sonidos; Un grupo de gente con velas encendidas que vienen desde el rio, por la bocacalle de la Motatán y sube hasta la bocacalle de la Vargas hasta perderse, dicen que se escuchan personas rezando y que son las ánimas benditas. Este mismo cortejo lo han visto en la bajada de La Joya y por los lados de Mesa Cerrada; Una mujer vestida de rosado, desplazándose por los pasillos y espacios de la casa de la cultura, le dicen la dama de rosado y le atribuyen que es quién cuida dicha casona, muchas personas la han visto; Un caballo halando una pesada carreta, con perros aullando, que baja desde Pueblo Rosado hasta plaza Miranda; Una mujer sentada llorando en una piedra, con su pelo suelto, justo en las riberas del rio Motatán, allá por la curva de Mijará, vía a Mesa Cerrada, dicen que también se oye el llanto de unos niños; Un ruido fúnebre de campanas desde la basílica, que cuando miran ven las puertas abiertas y muchas velas encendidas, justo a la media noche; y todos esos “espantos” que cuentan nuestros padres y abuelos, que más de una vez, se aparecen en esquinas, techos, calles, caminos y lugares oscuros que han asustado a nuestros paisanos en horas de la noche - madrugada y que son tema de conversación obligada en las diversas ocasiones cuando quedamos a oscuras por algún apagón o corte de energía eléctrica.

Jesús María «Chuma» Espinoza Marín · Desde mi casa a la plaza