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7. Recuerdos del Viejo Cine Miranda

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Ubicado a escasos metros de plaza Bolívar y en plena avenida principal de Timotes, el cine “Miranda”, es parte de testimoniales inolvidablemente bellos que nos proponemos evocar en este escrito. Fundado allá por 1950, por un europeo inmigrante llamado Víctor Arnoldo Newman, a quienes nuestros paisanos designaron como el “Viejo Newman”. Este lo mantuvo dignamente, ofreciendo películas de todo tipo durante casi veinte años pero cuando precisó que se venía la construcción del centro cultural de la parroquia y con ello, la puesta en funcionamiento del también legendario cine Chamarú, decidió vendérselo, a un español conocido como Bernardo Muñoz, el “viejo del cine” como le decía la gente. Este ciudadano, emprendedor, venido desde Caracas, se instaló con su familia y continuó con el funcionamiento del centro de recreación y esparcimiento familiar, ofreciendo los mejores filmes del cine internacional y nacional. Don Bernardo Muñoz, le tocó enfrentar sus inicios, enemistado con el padre Delfín Ovalles, promotor del cine Chamarú, quien hacía villas y castillos y en sus sermones atacaba fuertemente la prestación del servicio que se brindaba en el cine “Miranda”, hasta que en 1970, reconoció públicamente que en nuestro terruño había espacio para los dos cines activos y le rogaba al sr. Muñoz que no se fuera de Timotes para que continuara trabajando abnegadamente. Así fue, la constancia y el respeto por sus clientes que acudían a las dos funciones ofrecidas, una a las 5: 30 p.m. y otra a las 8:30 p.m., hicieron que aquel cine Miranda se mantuviera como el número uno de Timotes. A pesar de que sus espacios de galería, la conformaban bancas alineadas en paralelo, de madera y metal pintadas en color marrón, la gente y más concretamente los caballeros, jóvenes y niños, se sentaban a disfrutar de cada función, degustando barquillas, cotufas y escupiendo chimó en el piso; igualmente existía, un espacio preferencial, conformado con sillas de lona, también marrones, perfectamente acomodadas, donde acudían las damas con sus esposos o parejas, a disfrutar de lo mejor del arte cinematográfico mundial. El cine “Miranda” tenía la exclusividad de ofrecer los mejores títulos por el convenio con la famosa cadena de cines Cinelandia que funcionaba a nivel nacional, y más específicamente, se proveía del Cinelandia Valera, desde donde llegaban las cintas para deleitar los gustos mas exigentes de los cinéfilos timotenses.

El espacio que ocupó el cine “Miranda”, era amplió, donde se podían albergar entre trescientas y quinientas personas, distribuidas cómodamente entre la galería y la preferencia, al frente donde se proyectaba, tenía un pequeño escenario, y al fondo, las salas de proyección, donde funcionaban las máquinas de proyectar, manipuladas por un operador de cine, diestro en la materia. Al lado derecho, estaban los baños y la casa de habitación de los Muñoz, y en la entrada, a la izquierda había una especie de vestíbulo o antesala, donde funcionaba la exquisita heladería, atendida por Victoria Moreno o Fanny Rivera, que ofrecía a precios accesibles, los más variados sabores de los famosos helados “Los Tres Continentes” de Valera, desde donde traían, semanalmente, dichos productos. Allí mismo, en las paredes altas, estaban las carteleras donde se exhibían los afiches de las películas a proyectar, ordenadas de lunes a domingo. Los usuarios llegábamos y detallábamos los títulos, si era en blanco y negro o a colores, algunas fotografías de las acciones principales, los nombres de los protagonistas y su clasificación porque cuando se trataba de censura “D” solo asistían los caballeros mayores de edad. También funcionaban maquinas traga-níquel, donde unos cuantos se entretenían jugando.

A las funciones de las cinco de la tarde, por lo general asistían, niños y gente de los campos, quienes acudían a deleitarse con películas mexicanas, chinas, norteamericanas y demás. El inolvidable comerciante Magdaleno Quintero era fijo todos los días, en la función de las cinco, de allí el famoso dicho de mi pueblo: “más fijo que Magaleno al cine”. A la función nocturna, asistían los habitantes de Timotes y era común que niños y adolescentes, suplicaramos en la cola un real, medio o una locha, para completar la entrada y poder pasar a la función. La entrada costaba tres reales para galería y dos bolívares para preferencia, esto en la década del setenta, es posible que veinte años antes haya sido más barata. En tiempos de semana santa se ofrecían cuatro funciones: una a las tres de la tarde y otra a las diez y media de la noche, así nuestra gente y sobretodo las matronas y señoras, podían asistir al cine y disfrutar la pasión y muerte de Jesucristo, en sus versiones más famosas de la época, entre ellas la del laureado cineasta italiano Franco Zefirelli. La gente lloraba desconsoladamente y las damas salían hinchadas de tantas lágrimas mientras, Don Bernardo, lograba hacer algo más de reales con las funciones adicionales de semana santa y sus películas religiosas, desde el lunes santo al domingo de resurrección.

Los primeros idilios de muchos paisanos, adolescentes o jóvenes, tenían como escenario ideal y sublime al cine “Miranda” y era un gesto de caballerosidad o buena intención, “invitar delicadamente la dama al cine” más exclusivamente, a la función de las ocho, corriendo con el gasto de las entradas y brindando barquillas y chucherías, por supuesto, que las parejitas solo podían tomarse de las manos y algún besito tierno en la mejilla, en el gesto de agradecimiento o enamoramiento de la dama, porque cuando se iba más allá de los límites permitidos, algún curioso que siempre estaba pendiente silbaba: “juuuiiiiiiiii juuuuiiiiooooo” y generaba una reacción de silbidos que obligaba, la repentina y obligada aparición del dueño, quien con autoridad encendía las luces, todos miraban a la preferencia donde estaban las parejitas y se escuchaba claramente: “si siguen silbando, una patada el culo y fuera, ehhh” y calmaba la situación que también se repetía cuando se quemaba una lámpara o al momento del cambio de rollo que producía una pausa de varios minutos mientras se reponía la misma y se efectuaban los ajustes técnicos de enfoque y sonido. Nuestra gente silbaba, con fuerza pero respetaban al sr. Muñoz que siempre aparecía imponente a calmar e imponer autoridad con su célebre frase: “sino se callan, una patada el culo y fuera, ehhh!”.

El cine “Miranda” es parte de aquella historia popular y funcionó hasta la década de los ochenta, cuando su dueño, ya limitado por cuestiones de salud y ante la aparición de películas en CD y vídeos caseros, optó por cerrar las puertas y darle paso al progreso, en su lugar se levantó el centro comercial “Miranda” de Ángel Muñoz y familia, uno de sus descendientes. Del cine “Miranda”, guardamos nuestros mejores recuerdos, porque fue allí donde conocimos a diversidad de actores y actrices como: Tin Tan, Cantinflas, Charles Bronson, Telly Zavala, Bruce Lee, Jackie Chan, Pedro Infante, Al Pacino, Vicente Fernández, María Félix, Brigitte Bardot, Sofía Loren y demás. En el mismo orden, el inolvidable recuerdo de las películas más famosas de la época de los años sesenta, setenta y ochenta como: Los Doce del Patíbulo, El Planeta de los Simios, El Conde de Montecristo, Alcatraz, La Laguna Azul, El Triángulo de las Bermudas, Nacida Inocente, México Insurgente, La Sociedad de los Poetas Muertos, El Padrino I y II de Francis Coppola, Doña Bárbara, El último Tango en Paris de Bertolucci, Las Brujas de Salem, Retén de Catia, Santos y Blue Demon, El Exorcista, Apocalipsis Ahora, Allien, El Octavo Pasajero, La Guerra de las galaxias, Frankenstein, Expreso de medianoche, King Kong y las extraordinarias sagas del Conde Drácula y los vampiros, Espadachines, karatecas y Kun Fu, Indiana Jones y sus aventuras, Viruta y Capulina, Bud Spencer y sus aventuras, Tiburón y tantos pero tantos pero tantos títulos más que nos convirtieron en amantes del buen cine y que al final de cada función, en el obligado recorrido, desde cine Miranda a la casa, comentábamos, en voz alta, pasajes de la película, haciéndola perdurable en ese ejercicio intelectual de revivir los principales momentos del filme, porque además, estábamos obligados a contarle la historia resumida a mamá y familiares para convencerlos que habíamos asistido a la función. Del cine “Miranda” nuestros mejores recuerdos y elogios al trabajo disciplinado de su dueño que supo mantener, durante años, este centro de esparcimiento que pertenece a la historia recreativa del Timotes culto y cinéfilo.

Jesús María «Chuma» Espinoza Marín · Desde mi casa a la plaza