12. Los Cementerios de Timotes y Curiosidades en el
2.306 palabras · 12 min de lectura
CEMENTERIO
Cementerios de Timotes
La construcción y funcionamiento de los cementerios, fue institucionalizada en nuestro territorio a partir de la llegada del español, por lo cual, tanto la corona española como la iglesia católica, establecieron, consecutivamente, diversas disposiciones o normativas, donde destaca la Real Cédula del 18 de julio de 1539, en tiempos de Carlos I de España, donde se encargaba a los prelados de la iglesia “permitir los entierros de los naturales y vecinos de las iglesias en esos mismos recintos”, por lo que podemos deducir que los primeros entierros, se realizaron en sus alrededores y en los propios espacios de la iglesia Santa Lucía, la cual data de los años 1600. Las crónicas registran informaciones de túmultos, en los sitios cercanos a la iglesia y entierros en el interior de la misma.
Es muy posible que los restos mortales del Visitador español Juan Modesto de Meller, quien falleció, en esta jurisdicción de Timotes, el 30 de octubre de 1655, justo cuando cumplía con el incomprensible proceso de “mudanza de los indios de Mocao al pueblo de La Sal”, según reseñan Cándida Duque y María Villafañe, en su libro: Timotes a través de su Registro Parroquial (2003), luego de la autopsia practicada por el doctor Francisco Pérez Zambrano, hayan sido enterrados, con toda la solemnidad y los protocolos de rigor, en la naciente iglesia de Santa Lucía. También es importante destacar que los mas pobres eran enterrados a la orilla de los caminos, por no poder cancelar los derechos de sepultura, siempre en las afueras del pueblo, aunque las autoridades competentes lo prohibieron amonestando a los feligreses que incurrieran en tal desacato.
Tocó al rey Felipe II, a través de las Ordenanzas Filipenses del 12 de julio de 1564, reglamentar, con amplitud y claridad, estos aspectos para el buen gobierno de las Indias, estableciendo en el Titulo X: “De los Privilegios y de las Franquicias que van a las iglesias y sus cementerios”, todo lo concerniente a la disposición de cementerios, su ubicación y funcionamiento.
Mas tarde, las autoridades reales autorizaron a los religiosos “bendecir un sitio en el campo para enterrar a los indios cristianos” que fallecían en lugares distantes de la iglesia parroquial que no pudieran ser enterrados en sus instalaciones. Aunque, tiempo después, las autoridades reales, establecieron la real cédula del 27 de marzo de 1689, donde ordenaban la “construcción de los cementerios fuera del poblado para el decoro y decencia de la salud pública”, esto según lo refirió el Obispo Antonio Ramón Silva en sus “Documentos para la Historia de la Diócesis de Mérida” (1908). Por consiguiente, la construcción del primer cementerio de Timotes, contando con aportes de las rentas municipales y contribuciones de los vecinos, debidamente autorizados por el Real Intendente de Caracas, en febrero de 1828, se concretó entre los años 1828 – 1830, haciéndose realidad la instrucción dada por el Obispo de Mérida Rafael Lazo de La Vega, quien en su Visita Pastoral al pueblo de Timotes, fechada el 18 de octubre de 1824, ordenaba estrictamente al cura de servicio de la parroquia, de nombre Francisco Calles: “la construcción del cementerio cerca de la iglesia antigua”, según consta en el Libro de Gobierno Parroquial 1802 – 1844, folio 55. Dicho cementerio se construyó, a pocos metros de la iglesia, justo a su izquierda y al pie de la montaña de Chicuá, la que denominamos la Loma, y se conoció como el cementerio de Zaraza, el que tenía su entrada principal por la actual calle Sucre con avenida Miranda, a la altura de la casa de habitación de Don Miguel “Chemiguel” Santiago y destacaba por su puerta monumental, con cornisa y alquitrán, donde se leía en latín, la frase: “Lautini Cristi”. Incluía una especie de altozano, desde donde se divisaba todo el pueblo; paredes perimetrales de tapias; y la entrada inmediata techada, al igual que dos pasillos también techados: uno hacia los cuarteles de la izquierda, donde destacaban las tumbas con sus cruces de maderas y algunos panteones con bóvedas imponentes; y otro pasillo hacia los cuarteles de la derecha, donde se precisaba, un pronunciado declive o desnivel, con espacios reservados exclusivamente a los suicidas y desamparados, sin cruces, lápidas ni trabajos relevantes. Cuenta Don Eduardo Villarreal Araujo que al fondo de la pared Oeste, casi al pie de la loma, destacaba una descuidada tumba colectiva que se conoció como El Carnero, donde muchos sepultureros depositaban, desordenadamente, los restos de personas que no tenían cruces que los identificara, restos que eran lanzados sin contemplación luego de profanar las tumbas, ante la demanda de espacios para los enterramientos, en los años 40 o 50 del siglo pasado. Dicho cementerio sufrió, en el año 1913, los embates de las fuertes lluvias que ocasionaron el desbordamiento de la quebrada Ño Ana, cuyas aguas furiosas corrieron libremente por el camino real, desplazándose por los espacios en mención, afectando las tumbas, arrastrando restos óseos y afectando el presbiterio de la iglesia, y funcionó durante mas de cien años hasta que colapsó y la municipalidad mirandina, construyó el cementerio nuevo conocido como cementerio municipal El Resguardo, puesto en servicio allá por el año 1936, según nos confirma el mismo Eduardo Villarreal en su libro: “Ecos del Mucurujún” (2008, pág. 178).
Sin embargo, es muy importante resaltar, que a pesar de su inauguración en 1936, por las autoridades municipales, presididas por José Antonio Puentes, presidente del Concejo Municipal del distrito Miranda, los espacios del cementerio municipal, les tocó esperar que nuestros habitantes, comenzaran a utilizarlo, progresivamente, como última morada de sus familiares difuntos. Es cierto, que el primer enterramiento, data de 1939 hasta que a finales de los años cincuenta, la municipalidad presidida por Don Amador Rivas, y a solicitud del concejal Leopoldo Araujo, refiriéndose al cementerio viejo o campo santo de Zaraza, propuso se lanzara “un aviso oficial poniendo en cuenta que la municipalidad tenía que disponer de ese terreno, por lo tanto, daba prorroga de sesenta días para los que tengan familiares en dicho cementerio, procedieran a sacar sus restos”, resultando que dicha proposición fue aprobada, de acuerdo a lo registrado en el acta de sesión N° 24, de fecha 22 de junio de 1959. Esta medida era para contribuir a la ampliación del pueblo y levantar en esos espacios, lo que denominamos barrio Monseñor “José Rafael Pulido Méndez” y posteriormente, el hospital Rafael Rangel de Timotes, allá por los años 1964 – 1969, durante el gobierno nacional de Raúl Leoni. Fue así como lentamente, se dio por concluida, la solemne y delicada exhumación de los restos de nuestros coterráneos, y su traslado formal al cementerio nuevo de El Resguardo, el cual comenzó a cumplir con su razón de ser. También destaca que en el año 1958, en la sesión N° 10, de fecha 21 de marzo de 1958, se presentó ante el Concejo Municipal, el informe del estado en que se encontraba el hospital viejo de la población, aprobando, todos los concejales de aquella época “conceder el terreno del cementerio ya clausurado para la construcción del nuevo hospital” y en 1959 se presentó, ante cámara municipal, la Ordenanza de Cementerio para su debida discusión. En el mismo orden, tocó a la corporación edilicia, enfrentar la demanda de Florencio Uzcátegui que reclamaba como suyos, los tapiales del cementerio viejo. Dicha demanda prescribió, al vencerse el período de gobierno en 1964 y desistir el demandante. A lo largo de los años, aumentaron las estadísticas por defunciones anuales y los espacios del cementerio también colapsaron, los cuales están totalmente copados, percibiéndose un desorden o caos urbanístico total, por lo que se hace urgente y necesario, después de medio siglo de servicios, la construcción del tercer cementerio municipal.
Curiosidades en el Cementerio
Cementerio, necrópolis o campo santo, con sus innumerables acontecimientos y muchas curiosidades, representa uno de los espacios de mayor significación en el terruño. El antiguo, ocupó la parte Sur-Oeste de Timotes, justo donde se encuentran el barrio Monseñor Pulido, el hospital y el estadio, se le conoció como cementerio de Zaraza o cementerio viejo y es inolvidable por sus tumbas antiguas, imágenes de santos, decenas de cruces, criptas y bóvedas con lápidas, donde resaltaban nombres, apellidos y fechas precisas de la desaparición física de las personas. Además de ciertas alegorías a la ánimas benditas e inolvidables, porque la memoria colectiva aún menciona, las andanzas de Juan Pedro “Lipe”, quien se acostaba en las tumbas y se metía en sitios no comunes para asustar a los visitantes y al decir de Don Eduardo Villarreal de allí extraía, el popular “Ventarrón”, sendas osamentas para venderlas a estudiantes de medicina y así suplirse en los momentos de desventura. Este cementerio, se fundó en la época colonial y duró hasta 1936, cuando se inauguró el cementerio del Resguardo, el cual aún cumple, su función de morada final de nuestros deudos. Cabe mencionar que hasta finales de los años cincuenta, el cementerio viejo albergó los restos de unos cuantos paisanos y fue específicamente en 1958, cuando el gobierno municipal, ordenó a los pobladores llevar los restos mortales o cenizas al nuevo cementerio, para que en este espacio, se erigieran proyectos de interés social, aunque no es de extrañar que muchos vecinos se han encontrado con restos oseos, al momento de erigir construcciones o mejoras en viviendas. Pero es nuestro interés, dejar en estas páginas, algunas curiosidades o vivencias que tienen como escenario el cementerio del Resguardo.
Cuentan que cuando fueron a enterrar al finao Utimio, allá por los años sesenta, la urna imponente, no entraba en el panteón. Los albañiles responsables, maniobraban pero era más que imposible. Es allí cuando el dolor se hace más intenso entre familiares porque aún hasta en ese difícil momento, se presentan obstáculos. Mientras muchos cuchicheaban al compás de las oraciones, alguien dijo en voz alta: “hay que ponerle música, al difunto le gustaban los tangos… por eso no entra”. Parecía una exageración pero de inmediato, corrieron varios hombres, entre lágrimas y pesadumbre, a buscar un toca-disco y al cabo de un rato sonaba, más triste que de costumbre, uno de los éxitos de Carlos Gardel. Concluida la canción, intentaron nuevamente meter la pesada urna y ésta, inexplicablemente y para asombro de todos, entró sin problemas y el comentario se hace más fuerte entre los asistentes.
Así mismo, se recuerda como curiosidad que al entierro del finao Ismael, llevaron un par de gallos, y cuando las exequias fúnebres estaban consumadas, echaron senda pelea en la tumba, porque dizque al difunto le gustaba mucho las partidas de gallos, con la gran diferencia que nadie gritaba ni ajuchaba ni apostaba dinero a su gallo favorito, por el contrario, la tristeza se hacía más elocuente y las lágrimas se multiplicaban; También se recuerda, un entierro donde desenfundaron diversas armas y comenzaron a disparar al aire, dizque en homenaje al difunto, mientras buen número de acompañantes y familiares, huían despavoridos para evitar una desgracia. Por cierto, una dama cayó en un hueco y se fracturó el tobillo; Una tarde, inolvidablemente timotera, justo cuando la pesadumbre se hacía más imponente y los familiares del muerto habían cumplido con llevarlo hasta su última morada, se prendió la fiesta en las afueras del cementerio porque eso dizque “alegraba al finao” y tenían que despedirlo con alegría. Hubo mucha música colombiana, gritos y lágrimas, vivas al difunto e incluso disparos, por cierto se requirió la intervención de las autoridades para restablecer el orden público.
En honor a otros muertos, sus amigos le llevaron serenatas y hasta se atrevieron a “picarle” una torta, en su fecha de cumpleaños, otros dejaron latas de cerveza o botellas de licor en las tumbas y las enamoradas cartas de amor o despecho, expresando sus sentimientos, suplicando milagros, ofreciendo testimonios para librarse de culpas o reclamando situaciones al difunto. Como curiosidad también destacó un poema que mandó a grabar, en lápida, el profesor Jesús María “Chui” Rodríguez Márquina, titulado “La Protesta de un Muerto” donde se podía leer, perfectamente, la situación discriminatoria a que son sometidos muchos muertos, olvidados en el campo santo que ni siquiera una crucecita exhiben para que caigan sobre ellos algunas de las tantas oraciones pronunciadas. Pero lo que más llama la atención, entre las curiosidades, es la actitud irrespetuosa de muchos jóvenes, adolescentes que se atrevieron a ejecutar rituales satánicos en su interior, sacrificando gatos y protagonizando orgías, encima de las tumbas; mientras otros fueron sorprendidos, a plena luz del día, en pleno apogeo o sosteniendo relaciones sexuales para sorpresa de las beatas y castas que visitan sus deudos. Por cierto cuentan que, en una de esas, una jovencita no consiguió sus prendas íntimas o “pantaletas”, y a pesar de la insistencia en la búsqueda, le achacaba tan misteriosa desaparición al muerto más cercano que de seguro: “sacó su mano y quiso guardarla en su regazo”.
Inolvidables discursos, durante algunas exequias fúnebres que ofrecía don Hilarión, curiosidad es que todos decían lo mismo, la única variante era el nombre y apellido del difunto, damas y caballeros sin distingo, recibían el mismo tributo; Igualmente recordamos, los insultos que propinara una dama a un reconocido político cuando leyó el acuerdo de duelo, en nombre del partido acción democrática, porque al decir nunca lo apoyaron durante la enfermedad del difunto y esa lectura era pura hipocresía. Cosas de mi pueblo. De otros relatos hay que preguntarle al ecónomo del cementerio, quien sonriente da testimonio del comportamiento de Chico, en su actitud mendiga y ambulante, sin rumbo, consiguió en una de las tumbas una botella de miche que alguien había dejado como ofrenda al desaparecido y, sin ton ni son, se la tomó y siempre andaba pendiente de la nueva ofrenda, mientras el otorgante juraba y perjuraba que era el ánima o difunto quien la saboreaba. Y cuántas veces lo han asustado: muchas, que seguro ya ni le para porque aprendió a convivir con nuestros deudos!