14. El Policía de Campo
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Durante mucho tiempo, cumplió sus funciones, el famoso policía de campo. Una figura pública, bien representativa que establecieron los gobiernos regionales, durante la época gomecista y las décadas posteriores del siglo pasado, con el objetivo de “representar” al gobernador de turno, mantener el orden en la comunidad y ser instrumento para canalizar algunas obras públicas y sociales a favor de sus comunidades, a pesar que nunca se concretaran. Podemos señalar que eran funcionarios públicos, con carácter Ad Honorem (al honor), revestidos de cierto poder y encargados, exclusivamente, de imponer y mantener el orden en los distintos caseríos andinos, sin descuidar sus labores cotidianas y su papel de jefes de familia. Bastaba que ganara el poder algún conocido o un partido político tradicional, para que sus adeptos optaran a desempeñar ese papel y cumplir con ser la figura del gobernador en ese espacio de la geografía andina. Claro, era requisito indispensable que fuera del grupo político de turno y que gozara de aprecio y respeto entre sus paisanos, y estuviera listo siempre para venir en defensa del gobernante, en situaciones dificiles por convulsiones politicas internas. Dicen las crónicas que se venía con la peonada, a caballo y con machetes o chopos, a pelear por la causa partidista. De allí que sea inolvidable en nuestra historia: “la llegada de don Rafaelón Rivera, quien había sido llamado y venía, a pie, desde el caserío Tafalléz “capitaneando un grupo de campesinos tafalleceros, armados de garrotes y machetes” dispuestos a defender, a sangre y fuego, el régimen gobernante en el año 1946, según relatara Don Eduardo Villarreal Araujo, en torno a la Revuelta del 46.
El policía de campo, marcó toda una época, porque sirvió de equilibrio en las comunidades y era quien imponía la ley, convirtiéndose en pequeño caudillo que hacia de las suyas en la comunidad y aplicaba aquella máxima: “se acata pero no se cumple”. Muchas veces obedecía a un cacique que lo apadrinaba. En ocasiones los hubo autoritarios que arremetían e imponían sus puntos de vista a sangre y fuego, sobre aquellos que diferían de su posición político partidista; pero también los hubo pacifistas que toleraban y aplicaban la justicia, a su forma de entenderla, sin atropellar a sus familiares, amigos o transeúntes. Eran verdaderos ecólogos porque se convertían en celadores natos de quebradas y nacientes de agua, evitando el corte de árboles y la pesca indiscriminada de truchas, garantizando respeto y tranquilidad absoluta en su comunidad. Cuando algún ciudadano de su ámbito, se veía envuelto en algún delito o escándalo, recibía instrucciones del prefecto del pueblo o del presidente del Concejo Municipal de aquella época, para proceder a visitarlo, ponerlo en conocimiento de la falta y traerlo ante las autoridades, así fuera amarrado, de allí que esas acciones, a muchos, le generó enemistades y posiciones irreconciliables entre familias o personas de los caseríos, dispersos entre las montañas andinas.
El policía de campo, era punta de lanza de los gobiernos de turno, en su casa de habitación, se celebraban: reuniones político comunitarias, se recibía al gobernante y a las autoridades religiosas en sus visitas pastorales, se planificaba y se tomaban decisiones colectivas, estableciéndo cierta fama a su favor y garantizando la sana paz entre los ciudadanos, gracias al liderazgo ejercido. Inicialmente, se les permitía cargar un puñal al cinto, posteriormente, si poseía armamento, por lo general un chopo, una escopeta de pitón o un revolver, los utilizaba con conocimiento y consentimiento de sus mentores, nunca los gobiernos los dotaron legalmente de tales armas, menos de uniformes y su estipendio era muy irrisorio, de año en año, cobraban algo que el gobernante de turno le mandaba para “suplir sus necesidades”, aunque les bastó con ser reconocido como el policía de campo.
Es importante señalar en esta nota, una de las tantas anécdotas, surgidas de infinidad de vivencias, donde se vió envuelto el policía de campo. En palabras del escritor y poeta Don Eduardo Villarreal Araujo:
“sucedió una vez que Tolentino Gómez, recién nombrado policía de campo en La Vega de Timotes, cumpliéndo su rol de vigilante, observó que Don Fermin Valero, padre de Monseñor José Sotero Valero, estaba “pesando cochinos” en plena vía pública, sin permisos. Aquel dió parte al jefe civil en Timotes: Coronel Miguel Corredor, a lo que el funcionario accedió mandar a elaborar un oficio de citación, donde se obligaba a comparecer, al denunciado, ante la autoridad. Sucedió que cuando Tolentino, trajo el oficio y lo entregó, pués nadie sabía leer, por lo que ameritó buscar un muchacho en La Joya, jurisdicción vecina, para que diera lectura pública del acto oficial, en el cual se señalaba tajantemente, luego de los saludos de rigor, que Don Fermín Valero, debía presentarse, de inmediato, ante la autoridad para aclarar tal situación. Cuando Don Fermín escuchó el congtenido de la cita, reaccionó con violencia y agarró un machete y se le fue encima al policía mencionado, maniobraron y se safó, este corrió a salvarse, la gente intervino y Don Fermín, resolvió buscarlo, amarrarlo y llevarselo como prisionero al mismísimo policía de campo, sin oposición ni protesto, a la par que agarró una bolsa con chicharrones fritos, morcilla y chinchurrias y se fueron caminando hasta Timotes. Pasado el tiempo, entró a la casa de gobierno, se presentó y solicitó la presencia de Don Miguel, le explicó detalladamente la situación vivida, le entregó al “prisionero” que traía amarrado y le obsequió, como gesto de amistad, la bolsa de chicharrones, que desprendía un olor muy sabroso, Don Miguel no resistió la tentación, la recibió y le dijo que no se preocupara por el mal entendido y reprendió al policía de campo, ordenándole regresar a su comunidad, sin ningúna represalía para con Don Fermín”.
El policía de campo es parte de nuestra historia local y como tal, le recordamos placenteramente en esta nota que cierra alegando que los fines de señana o durante las fiestas de guardar del calendario religioso, los mismos venían hasta el pueblo y ayudaban a vigilar, convirtiéndose en apoyo auxiliar para los efectivos policiales de uniforme, contribuyendo a evitar riñas colectivas y a actuar en contra de borrachitos o quienes alteraban el orden público en el pueblo. De las páginas de la historiografía nacional, recordamos que cuando se cuestionaba algún funcionario que ocupaba un cargo, sin mérito alguno y con facilidad, muchos escribieron: “ese ni siquiera ha sido policía de campo”.