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Andrés Eloy Blanco en Timotes · 6 de 9

El Timotes de Andrés Eloy Blanco

Jesús María Espinoza Marín · unos 6 min de lectura

«El paisaje agobia de belleza al espíritu»Pedro Pablo Paredes

El Timotes del Poeta Andrés Eloy Blanco, es el Timotes del confinamiento de principios de la tercera década del siglo XX, vale decir, de los años 1931 y 1932, años finales de la dictadura gomecista. Es el Timotes calificado como pueblito del páramo, pero con el título de Ciudad desde 1881, pequeño en extensión pero grandioso en la nobleza de su gente laboriosa, culta y siempre apegada a valores espirituales. Es el Timotes con casonas coloniales, paredes de tapias y techos de teja criolla, algunas desoladas y en ruinas, con grandes ventanales y ánimas en sus aposentos gravitando los espacios, con jardines internos donde crecían diversidad de flores y árboles frutales como la granada y el membrillo, donde los azulejos cantaban y saltaban entre las zarzas. Es el Timotes del silencio extremo, donde parecía que nunca pasaba nada y se aburrían los funcionarios públicos, donde solo el borracho perturbaba la quietud con sus palabras, sus ocurrencias u obscenidades lanzadas a los cuatro vientos y en voz alta. Un Timotes con sus calles empedradas, con una plaza de historias, en cuyos espacios crecían pensamientos y dalias. Un pueblo en la montaña con candiles como lágrimas, en noches tranquilas, donde los jefes civiles ablandaban y moldeaban la conducta del paisano a punta de plan de machete. Un lugar de mujeres bellas como las acacias, de costumbres muy coloniales, con femenil estilo, buen gusto para vestir, atractivas y con gracia única.

Timotes y su valle en una fotografía antigua.

Una calle del pueblo con un automóvil antiguo.

Un Paraíso en Los Andes, lugar de guerreros, de compadres y caudillos que escuchan la serenata permanente del Motatán cuando pasa. Un lugar de posadas diversas, incluyendo potreros para las bestias, con una peonada muy noble, emprendedora, responsable, respetuosa que saludaban por igual al viajero cuando pasaba. La iglesia lo identifica con su torre recién levantada, su calle real, hoy Bolívar, le consagra porque justo por todo el centro del trazado pavimento, corría un cequión con el vital líquido de dónde todos tomaban, incluso hasta los animales, para saciar la sed y para cumplir labores domésticas en cada aposento. Es el bello paraje de Monseñor Buenaventura Vivas, llevando la palabra cristiana mientras alegres repican las campanas de la iglesia, su obra cumbre. Lugar donde crece la espiga para entregarse dorada, mientras en la escuela federal se forma la muchachada, con bodegueros revisando sus víveres y misceláneas a la par de otros tantos sentados en sus silletas para tomar el sol de la mañana, arrieros con sus bestias cargando y descargando provisiones, viudas llevando sus flores al campo santo entre oraciones y lágrimas mientras las beatas se aferraban a San Antonio de Padua. El Timotes de fiestas religiosas como la Fiesta del Carmen, de Las Mercedes, de pólvora y cantatas, de veladas culturales. De personajes como El Viejazo, llegando a las Pulperías con su frase: «llegó el Viejazo, señores», para contar sus hazañas mientras el buen «hinojao» lo traían de la montaña, donde lo sacaban clandestino. El Timotes del imponente paisaje, donde destaca el verde esmeralda que contrasta con los ropajes floreados y blancos de la gente campesina. Un Timotes de personas valiosas, poetas, maestros, locos, méndigos, niños y adolescentes que aunque comenzaban a lucir su bigote vestían pantalón corto y les llamaban «polacos». La inmensa paz del poblado, se percibía en un instante.

A este Timotes llegó en noviembre de 1931, Andrés Eloy Blanco, siendo muy joven, dispuesto a cumplir con el confinamiento ordenado por el Dictador Juan Vicente Gómez. Aquel hombre de aspecto sufrido y enfermizo, «tendría entre treinta o treinta y cinco años». Casi nadie en aquella sociedad rural, se percató de su situación política, porque llegó a Timotes «como un extraño cualquiera buscando cobijo en alguna Posada» u Hotel pueblerino. «Algún vecino le recomendó el Hotel Méndez que había sido propiedad del General Don Evaristo Méndez, para entonces administrado por la viuda Doña María del Carmen de Méndez». Dicen que llegó con sus familiares: su mamá y dos hermanas, que de vez en cuando viajaban hasta Valera a traer frutas y alimentos para el joven confinado. En ese lugar se alojó durante corto tiempo, adaptándose al silencio y melancolía del pueblo.

Retrato de época: dos mujeres y un hombre.

La iglesia y las casas vecinas, en una fotografía antigua.

Por razones económicas, cambió de residencia, «ubicándose en la vieja pensión «Miranda» de Don Miguel La Riva», es el antiguo Hotel Los Andes». Al paso de los días, se integró tanto a los habitantes del hotel como a la sociedad timotense, a sus costumbres y tradiciones, conociendo o entendiendo la idiosincrasia de la época. Por cierto se relacionó con algunos hombres claves en las luchas políticas andinas.

En un principio, tal como lo evoca Don Pedro Pablo Paredes y como lo confirman algunos sobrevivientes, Andrés Eloy Blanco se limitó a su cuarto en el Hotel Méndez, siendo servido por un niño de nombre Ramón La Cruz. También aparecía en las calles y plaza central, observaba y regresaba rápidamente. Casi nadie se atrevía a tratarlo porque su contrariedad al régimen había sido bien publicada. Era peligroso y hasta comprometedor tratarlo. Era bien vigilado por las autoridades, que por lo general, eran personas de la Ciudad de Mérida.

Cuenta la tradición que en ocasiones cuando se enteraban del paso de alguna tropa o «La Benemérita» como le decían a los esbirros Gomecistas, nuestro personaje era advertido y se ocultaba en una casa para no ser molestado. Esta casa estuvo ubicada algo más arriba, justo al frente de la otrora Escuela de Niñas «Dorlisa Guerra Campo Elías». Dicha casa de depósito era propiedad de Don Samuel Carrillo, padre de Pedro María Carrillo, uno de los principales líderes políticos Timotenses, quien influyó para que se la alquilaran al poeta. En esa casa ubicada «media cuadra de la plaza central, Calle Real abajo» continuó su confinamiento, por tal se habla de que la casa estuvo habitada por forasteros, nada más que por la familia Blanco-Meaño del oriente del país.

Es el Timotes de 1932, por el mes de julio, cuando abandonó este lugar «donde el policía desmoronó su pan de bizcochuelo». Dicen que «Pedro María Carrillo lo embarcó en su carro para Valera, donde continuó su confinamiento». A ese hombre, lleno de ideas y sufrimiento, repleto de ternura en sus metáforas, nuestro terruño le prestó poca atención, resulta que después fue uno de los grandes fundadores de la democracia. Nada menos que Andrés Eloy Blanco, a quien la Dictadura le fijó a Timotes por cárcel. Muchos paisanos lo vieron pero tuvieron escasa comunicación con él. Ese fue el Timotes que recorrió Andrés Eloy Blanco, al que regresó transcurridos catorce años y nueve meses después, en marzo de 1946, para reconocer amistades, recordar momentos pasados y recorrer nuevamente las tierras que le oyeron, en el mismo escenario descrito, desde donde sentenció Don Pedro Pablo Paredes, otro grande las letras pero de aquí, criollito como el frailejón timotense: «allí -El Poeta- poco a poco, fue adelantando su obra».

Casas de teja y un poste de luz en una calle del Timotes de antaño.

Una mujer camina por una calle del pueblo; en primer plano, unas cargas.

(Del libro inédito: «El Legado de Los Taitas» de Jesús María Espinoza Marín)

Jesús María Espinoza Marín
Cronista Oficial del Municipio Miranda
Timotes, 21 de noviembre de 2025

Gráficas del autor, del Sr. Miguel Carrillo y cortesía de las Redes Sociales (RRSS)